En las calles de Lisboa

  1. Juan Preciado fue a Comala para buscar a su padre, un tal Pedro Páramo; yo llegué a Lisboa para encontrarme con un poeta, un tal Fernando Pessoa. A las primeras de cambio creí encontrarlo -atildado, perfecto- en la calle que sube hasta el café de sus tardes eternas. Sin embargo no era más que una copia modernizada, una atracción turística más de la ciudad que fue su escenario principal. Manda el comercio, y sólo el comercio.
  2. Por eso, “A brasileira” lo tiene todo, aunque ya nada tiene. Tiene el reloj y las lámparas, los espejos, las mesas, incluso algún camarero parece recordar a aquellos que servían el café fuerte a don Fernando. Pero le sobra mucho: el bullicio, la fila de personas que aguarda disciplinadamente el turno de mesa o el momento de la fotografía junto a la escultura del poeta. ¿Cuántos de los que allí se sientan sabrán que el poeta no es más que un fingidor? ¿Cuántos habrán tenido entre sus manos el Libro del desasosiego?
  3. Llegué a Lisboa para encontrame con un poeta y en seguida me di cuenta de que lo había dejado en casa, durmiendo entre mis libros, muy lejos de esta ciudad que es mucho más que el escenario vital de un escritor mentiroso.
    Como tantos otros lugares turísticos, Lisboa es ciudad de unos y otros; de gentes extrañas que juagamos a apropiarnos en unas horas de siglos de historia y de cultura y de alma, mientras quienes allí viven observan y callan y beben y sirven.
  4. La prisa de los viajeros y su ansia por ver más impide, a menudo, contemplar la realidad de una ciudad que sufre de verdad y que ha convertido el dolor de quienes la habitan en atractivo turístico. Muchos viajan a Lisboa para contagiarse por unos días de decadencia, de paredes desconchadas, de oficios olvidados y de un romanticismo distante nacido de la miseria.
  5. Es lo reconfortante de la capital portuguesa, que en ella la pobreza no molesta. La dignidad del lisboeta impide que el viajero se sienta señalado. Siguen con sus vidas sin reparar, aparentemente, en la mirada del turista, conversan, ríen, dejan que el tiempo pase sobre ellos sin inmutarse y sin rebelarse.
  6. Mientras tanto, quienes venimos de fuera paseamos, miramos hacia lo alto, al azulejo, al mirador, al monumento; a veces, también a las personas. Algunos llegamos a la ciudad bien pertrechados para jugar una partida en la que adoptamos el rol de documentalistas de la realidad, sentados ante una taza de café, empuñando la cámara fotográfica y con una sonrisa por máscara.
  7. Pero no sé si seremos capaces de aprender la lección. No sé si después de un tiempo el mensaje de sacrificio y dignidad que las gentes de Lisboa envían cada día habrá calado lo sufiente en nuestras retinas. Es posible que al final tan sólo recordemos ese café en “A brasileira”, aquella fachada arruinada por el viento atlántico o el increíble claustro del Monasterio de los Jerónimos. Quizás solamente nos quedemos con parte de la verdad
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2 comentarios en “En las calles de Lisboa

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