Un recorrido personal de lecturas: la cuestión judía

La lamentable situación que el pueblo de Israel ha vivido a lo largo de los siglos se me antoja que guarda una relación esencial con la literatura. Es posible que sin la existencia de ciertos textos y, sobre todo, de la interpretación que pueblos no hebreos han dado de dichos textos no estuviéramos a estas alturas hablando de una “cuestión judía”, como no lo hacemos de una “cuestión hitita” o una “cuestión dálmata”, pongo por caso. La lectura gentil del Nuevo Testamento ha logrado que pensemos en Cristo y sus apóstoles como víctimas de la perversidad de un pueblo cuyos más altos representantes son Anás, Caifás y Herodes, olvidando que las víctimas eran tan hebreas como los victimarios. Con grandes dosis de ironía, así lo pone de manifiesto David Safier en su novela Jesús me quiere, donde la protagonista se asombra del parecido existente entre el carpintero palestino que hace palpitar su corazón y el miembro más alto del grupo musical Bee Gees.

Durante la Edad Media, lo que fue una cuestión religiosa se había convertido ya en un problema socioeconómico. La literatura de la Europa cristiana nos da muestras de lo generalizado de los comportamientos antisemitas. Ahí está, por ejemplo, el episodio de Raquel y Vidas en el Poema de Mío Cid, en el que el autor se vale del tópico de la avaricia judía para demostrar al lector la inocencia del héroe castellano. Además de cumplir tal fin, la aparición en el poema de los judíos es aprovechada para alcanzar otros objetivos. Por una parte, consigue dotar de verosimilitud a un Rodrigo Díaz de Vivar en penosa situación económica después de ser desposeído de todos sus bienes a causa de la ira regia. Por otra parte, el fragmento funciona como contrapunto humorístico después de la intensidad emocional que ha supuesto el abandono de la casa de Vivar y, sobre todo, la violencia contenida de la entrada en Burgos. Por supuesto, se trata de un humorismo cruel, basado en el desprecio que los receptores potenciales del texto -todos ellos cristianos viejos- sentían hacia esa minoría culpable no sólo de la muerte del Hijo de Dios, sino también, y por encima de ello, de haber atesorado riquezas.

La actitud ante los hebreos apenas se ve alterada en tiempos posteriores y Shakespeare nos ha dejado una muy válida muestra en el protagonista de El mercader de Venecia. Shylock es presentado como cruel y vengativo, porque son ya muchos los siglos de sufrimiento de su raza bajo el yugo cristiano. Vista desde nuestros días, la libra de carne que desea cobrarse en el corazón del noble Antonio parece un precio muy asumible por una Europa que ha encerrado a toda una raza tras los muros que circundan los ghettos y que, pese a los edictos de expulsión dictados a lo largo y ancho de la geografía cristiana, aún no ha dado muestra cabal de su naturaleza antisemita.

Será desde la segunda mitad del siglo XIX cuando la literatura occidental muestre en toda su crudeza la forma del odio contra el judío en el mundo contemporáneo. El artículo de Emile Zola, Yo acuso, se antoja un texto esencial en este sentido al desvelar, entre otras razones, el antisemitismo subyacente en la acusación de espionaje contra el capitán Alfred Dreyfus.

Pero si hay una obra imprescindible para adentrarse en la comprensión del antisemitismo contemporáneo, esa es el libelo publicado en 1902 que lleva por título Los protocolos de los sabios de Sion. La intención última del texto es disculpar los pogromos sufridos por diferentes comunidades hebreas, presentándolos como respuesta justificada a una supuesta reunión de sabios judíos para establecer un plan de dominación universal apoyado en la masonería y el comunismo. Pese a quedar completamente demostrada su falsedad, el opúsculo ruso ha tenido una gran influencia en la historia de las ideas del siglo XX al convertirse en fundamento ideológico de obras tan perversas como Mi lucha, de Adolf Hitler, o El judío universal, del norteamericano Henry Ford. En el terreno de la literatura de ficción, recientemente ha sido publicada una novela indispensable sobre la materia. Me refiero a la obra de Umberto Eco, El cementerio de Praga, en la que el narrador italiano pretende reconstruir el proceso de gestación de los Protoclos y, por tanto, de una de las dimensiones del antisemitismo actual y sus mitos.

Consecuencia en buena parte del sentimiento de odio y recelo del que son testimonio los Protocolos y las obras derivadas fue el genocidio judío de mediados del siglo XX. Los seis millones de muertos, el masivo movimiento de población y el miedo generado tuvieron un peso tal que se hace lógico encontrar ríos de tinta que glosan, explican y analizan los hechos con diferentes intenciones y desde distintas perspectivas, ya que la literatura -en última instancia- no es más que un instrumento del que los seres humanos nos valemos para comprender nuestro mundo.

En algunos casos, la literatura se ha esforzado en comprender la barbarie de los acontecimientos desde el punto de vista de los protagonistas del drama. Así lo encontramos en Si esto es un hombre, del italiano Primo Levi, impresionante relato autobiográfico de un superviviente de Auschwitz. Desde una posición análoga, aunque ambientada en un espacio bien diferente, Philip Roth nos ofrece en su Conjura contra América un análisis profundo de las raíces del antisemitismo norteamericano y de los diferentes comportamientos del pueblo hebreo ante la persecución. La obra de Roth tiene como gran virtud, a mi modo de ver, el sostener la tesis de que el sentimiento antisemita no comienza con el auge y desarrollo del partido nazi alemán y, en consecuencia, finaliza con la destrucción del régimen de terror impuesto; sino que hunde sus raíces mucho más profundamente, de modo que ciertos acontecimientos históricos puntuales han servido, simplemente, como catalizadores de un odio latente desde hace ya más de dos mil años. “Muerto el perro, no se acabó la rabia”, podríamos concluir, parafraseando el dicho popular.

La misma línea de pensamiento lleva Vecinos, el ensayo de Jan T. Gross centrado en el pogromo padecido por la comunidad judía de Jedwabne durante la ocupación alemana de Polonia. Lo más estremecedor de aquellos acontecimientos es que no son achacables directamente a las tropas germanas de ocupación, sino que fueron los propios polacos cristianos los autores materiales del asesinato de mil quinientas personas.

Otras visiones del Holocausto dadas por la industria literaria son más sentimentales y, hasta cierto punto, simplificadas. Denuncian la barbarie, la penosa situación de los judíos centroeuropeos, la frialdad de los verdugos, sí; pero sin profundizar demasiado en razones, comportamientos y causas de tales actos. Esta forma de acercamiento es la habitual en la mayoría de las obras de ficción dirigidas al gran público, tanto al adulto –Capesius, el farmacéutico de Auschwitz, de Dieter Schelesak-, como al juvenil –El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, o el magnífico relato autobiográfico Cuando Hitler robó el conejo rosa, de Judith Kerr-. El origen común a estos relatos quizás podría localizarse en un texto clásico, el Diario de Anna Frank, capaz de presentar el horror desde el punto de vista de una adolescente y provocar la empatía del lector con las víctimas. Las novelas del Holocausto, las que responden a una finalidad que podríamos llamar industrial, son capaces de encoger el alma, por descontado, ya que su referente es de un impacto tremendo; sin embargo, en muchas ocasiones, el lector activo puede quedarse con la sensación de que hay aristas sin explorar o apenas apuntadas en la narración. Desde mi punto de vista, la principal virtud de estos productos comerciales radica en que pueden despertar en el receptor las ganas de saber más, funcionando así como una especie de puente que conduzca a relatos o estudios más auténticos.

Para finalizar, ha de apuntarse cómo la presencia literaria de la cuestión judía no se agota en el genocidio de los años cuarenta. En la segunda mitad del siglo XX han comenzado a aparecer textos que abordan el nacimiento del estado de Israel y del actual conflicto entre árabes e israelíes. Esta línea de acercamiento pienso que tiene un origen concreto en Éxodo, novela de León Uris publicada en 1958. La obra, que relata la migración hacia Palestina de un nutrido grupo de refugiados judíos en Chipre y la posterior fundación del estado sionista, obtuvo una gran difusión y éxito de ventas en un mundo occidental probablemente aquejado de un implacable complejo de culpa a causa del exterminio del pueblo judío y la actitud de las democracias liberales en el años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Han sido bastantes las obras que, desde entonces, han abordado la cuestión, a veces como núcleo central de la narración, en otras ocasiones como una presencia lateral o marco complementario de una trama de naturaleza bien diferente. Es bastante habitual, por ejemplo, que en el subgénero de espías figure el Mossad, la agencia isaraelí de inteligencia, como una de las fuerzas en conflicto. Pero más alla de la utilización lateral del conflicto sionista, debe destacarse la obra del israelí Amos Oz, una de las voces más autorizadas en la actualidad sobre la cuestión. Este autor nacido en Jerusalem en 1939 se nos presenta como enemigo acérrimo del sionismo excluyente y aborda el problema desde un plano muy personal en algunas de sus obras. Así sucede en su autobiografía Una historia de amor y oscuridad, en la novela Una pantera en el sótano y también en el breve relato La bicicleta de Sumji. En estas tres obras la cuestión judía no es el núcleo temático, sino parte de su experiencia personal, familiar y social; un elemento más que conforma la personalidad de un judío que, ante todo, es un hombre, y nada más que un hombre. Al leer los relatos de Oz no puede evitarse el recordar las palabras de Shylock:

“¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos haceis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?”

Amos Oz muestra en sus obras que después de tantos siglos de cuestión judía es posible que esta no exista. Es muy probable que la cuestión judía no haya sido más que una cuestión humana. Y si todo se reduce a un conflicto entre hombres, en ese caso podríamos resolverlo como hombres. El novelista se atreve, incluso, a proponer una agenda de trabajo futuro en La bicicleta de Sumji:

“Todo cambia. Mis amigos y conocidos, por ejemplo, cambian las cortinas del cuarto de estar como cambian de empleo, cambian de domicilio, cambian acciones ordinarias por bonos del Estado, o viceversa, y bicicletas por motos; truecan sellos, postales, monedas, los buenos días, ideas y opiniones; algunos intercambian también sonrisas.”

Porque vivir es cambiar, es dialogar, regatear, alcanzar acuerdos, llegar a tocar con las yemas de los dedos la paz.

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3 comentarios en “Un recorrido personal de lecturas: la cuestión judía

  1. Por acá conseguí en ediciones “DEBOLSILLO”-: “De repente en lo profundo del bosque”; “La historia comienza” y “El mismo mar”. No tuve ninguna suerte con “Una historia de amor y oscuridad”, pero como tengo un sobrino que estudia en Bs.As.-una plaza mucho más variada- y viaja todas las semanas, lo aprovecharé para que me lo compre apenas pueda.
    De todas maneras, ahora estoy “sumergida” -y muy feliz ,porque la buena literatura siempre brinda felicidad- en “Confesiones de un burgués” de Sándor Márai. ¿Te gusta? A mi me tiene fascinada.

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