Al pan, pan; y al vino, gaseosa

“Intelijencia, dame
el nombre esacto de las cosas!
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.”

Juan Ramón Jiménez, Eternidades (1918)

 

Posiblemente sea una exageración, pero siempre he creído que el lenguaje modela la realidad. La historia -sobre todo la más reciente- aporta numerosos ejemplos de gobernantes que retuercen el idioma para aludir a realidades no del todo satisfactorias o para orientar la percepción del público en la dirección deseada. Recuerden, por ejemplo, la antológica pirueta que supuso el sintagma “democracia orgánica” en tiempos de Franco o el “OTAN, de entrada no”, juego de palabras sin igual empleado por el PSOE de los años ochenta. Más recientemente hemos asistido a la entronización de eufemismos como “daño colateral” e “incursiones aéreas” con los que se pretendía suavizar la cruel realidad de los bombardeos sobre Irak. Y no podrá negarse la brillantez lingüística de la expresión “desaceleración económica” en la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, así como la esperanza que aquellos “brotes verdes” hacían presagiar y que, al fin, quedaron en “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

Hace unos días parecía que la danza lingüística tocaba a su fin. El flamante presidente Mariano Rajoy anunciaba a bombo y platillo en el debate de investidura su apuesta por llamar “al pan, pan; y al vino, vino”. No obstante, escasas jornadas después el Gobierno se ha descolgado con un paquete de medidas entre las cuales se cuenta la subida del IRPF, al que se alude con la espléndida construcción “gravamen de solidaridad”. No sé si se habrá meditado mucho la expresión, pero hay que reconocer su brillantez. Por una parte oculta la realidad de una subida de impuestos, que suena a política socialdemócrata -¡Satanás!- y, además, el Partido Popular había negado que fuera algo planteable por el nuevo ejecutivo. Sin embargo lo más interesante reside en el juego de connotaciones que duermen bajo el sustantivo “solidaridad”: proyecto nacional, todos a una, compartir el sufrimiento, arrimar el hombre, mirar al prójimo, junto podemos, a por ellos. Y además es Navidad, cosa que no debe olvidarse. La única pega es que desde el principio el pan ha dejado de llamarse pan para denominarse “complemento nutricional rico en hidratos de carbono”, mientras que el vino ha pasado a ser un “fluido moderadamente alcohólico”. Cosas del lenguaje.

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2 comentarios en “Al pan, pan; y al vino, gaseosa

  1. Pues sí, querido sevillano José:
    “En todas partes se cuecen habas y en mi casa a calderadas”.
    También en Uruguay se nos pide “solidaridad social”- es decir “gravamen de solidaridad”. Tenemos un IRPF-o como le hayan querido nombrar porque también ha sufrido sus cambios de nombre- que se lleva una enormísima parte de nuestros ya menguados ingresos.
    Además están los que “retuercen” el lenguaje con motivos políticos. URUGUAYAS, y URUGUAYOS, por ejemplo- poniendo el femenino ANTES para que sea mas llamativo y simpático y no contentándose-ni admitiendo jamás- que el masculino tenga su clásico y antiguo valor genérico. ¡Recórcholis!-porque el SATANÁS, ya me lo usaste tú-.
    Y concluyo con otro dicho campesino: “Ya no da criollos el tiempo”

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