Habitación sellada

Hubo que reventar la puerta con un ariete. Además de la sólida cerradura, el pomo estaba bien trabado con una silla. La habitación a la que daba acceso no tenía ventanas y sus paredes estaban reforzadas con hormigón. Era un auténtico búnquer, un refugio especialmente diseñado para que el propietario de la mansión pudiera guarecerse en caso de asalto.

En el justo centro se encontraba el cuerpo, maltratado con saña y con la cabeza limpiamente seccionada. Los ojos bien abiertos.

No había nada más en la dependencia, salvo un teléfono que pendía desmayado en la pared. La voz dialogante que surgía del auricular descolgado no dejaba la menor duda de que el asesino continuaba aún en la sala.

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