El patio de la fuente

En el rincón, un jazmín. Junto a él, un limonero casi centenario suma el aroma primitivo de sus frutos a la gloria que emana de las diminutas flores. Es el patio de la fuente, donde jugábamos a perseguir avispas y romper las marciales hileras de hormigas. Paredes blancas, irregulares, hermosas por sus desconchones encalados, como mapas de una inocencia que parece diluirse en el calor de la tarde. Sombra. Es el patio de la fuente, donde las filigranas de las mecedoras -enea y madera, paños de encaje blanco- se mueven al compás del chisporroteo del agua. Es el patio de la fuente y, arropado por líneas de tinta, vuelvo a ser el niño que soñaba con descifrar el mensaje oculto en el canto de las chicharras.

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