Brujería

Ayer estuvimos en el campo haciendo rutas de orientación por un camino que la seño conocía muy bien. Nos había contado que al final del sendero había una casita toda toda de chocolate y nos reímos mucho, porque conocemos el cuento de la bruja que se quiere comer a los dos niños y no estábamos dispuestos a creerla. Pero mientras nos hacía la broma me fijé en sus ojos brillantes y sentí un repeluz en la espalda al oir su voz sonando de color negro. Pese a todo, reí como los demás y estuve cantando canciones que asustan al mismo miedo, despiertan a los ángeles de la guarda y les avisan de que a lo mejor necesitamos su ayuda.

Después de mucho caminar, por fin llegamos a una casa que no era de chocolate, sino de madera oscura. Allí estuvimos jugando hasta que anocheció y fue hora de volver al autobús. Lo pasé muy bien trepando a los árboles mientras mi amigo y yo gritábamos consignas secretas. Ha sido un día tan perfecto que hasta la seño parecía contenta, aunque vistiese de negro y llevase el pelo rizado y sucio. De vuelta a casa, Pablo y yo juramos enfrentarnos a los niños mayores cuando hablen mal de la maestra y digan cosas feas, como que se ha convertido en bruja porque el marido la ha abandonado o porque se le ha muerto un hijo.

Como somos inseparables, esta mañana he esperado a Pablo para ir juntos al colegio; pero no ha llegado. Después, ya en el aula, la seño nos ha ido nombrando y preguntando qué nos gustó más de la excursión. Me ha parecido raro que saltase a Pablo, que es el tercero, porque se llama Álvarez de apellido, y también que nadie se lo recuerde: siempre que alguien falta se levantan un montón de voces diciendo que no está, que por qué no está, que si sabe alguien dónde está el que falta. También ha sido muy extraña la manera en que me han mirado los otros niños al contar lo bien que lo pasamos Pablo y yo cuando subimos a un árbol para ver un nido de pájaros. Algunos, incluso, se han reído mientras se llevaban el dedo índice a la sien.

Pero lo verdaderamente terrorífico es lo que me ha pasado después. La seño me ha llamado a su mesa y con mucho misterio ha sacado una foto en la que mi amigo y yo estamos persiguiéndonos. Mientras me la enseñaba me ha dicho que nadie se acuerda ya de Pablo, pero que ella sabe que mi amigo del alma regresó por la noche a la casita del bosque y que si sigo hablando de él a lo mejor yo también acabo allí. He aguantado una lágrima y me he vuelto al pupitre. La seño me mira todo el rato y yo me callo y trabajo, porque no quiero pasar toda mi vida en esa casita de madera oscura que hay al final del camino.

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