Náufrago en el mar de las citas

Le gustaba hacer paisaje, así que buscó una situación de espectacular contraluz para anunciar su vuelta, al tiempo que mantenía entre sus dedos, bien afirmada, la pipa de caña que solía emplear para las ocasiones en que la determinación y confianza se convertían en el núcleo de su propuesta. Después se fue, y no hubo nada más, acaso una imperceptible estela dejada en la retina por la celeridad de su huida. Pasó el tiempo y regresó, tarde, pero llegó. Siempre buscando el contraluz que lo siluetease, miró en derredor y con el fulgor de su mirada la victoria incuestionable se produjo. Mientras contemplaba cómo los cadáveres de los enemigos desfilaban en hilera ante su puerta comprendió que, sin duda, los límites de su lenguaje eran también las fronteras de su pensamiento. Esa noche descansó feliz. Quienes lo observaban, sin embargo, sólo pensaban en la majadería de aquel que había convertido su existencia en una sucesión de refranes, citas e ideas ajenas.

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