Mentiras piadosas

Le gustaba mentir. Pensaba que así hacía un poco más feliz a su madre, que lo veía salir de la casa armado con su balón, sus botas de fútbol y la mirada de depredador del área heredada del padre. Cosas de la genética. En cuanto doblaba la esquina, sin embargo, dejaba de fingir determinación futbolística y aceleraba el caminar hasta el viejo túnel del ferrocarril. Allí se sentía seguro y libre; podía ser un salteador de caminos o el comandante de una nave espacial; podía surcar mares desconocidos o sufrir la angustia de quien se ve transformado en un ser despreciable. No había marcajes al hombre en las vías abandonadas, tan sólo líneas de texto que cada tarde conducían a un destino desconocido.

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