El saloncito azul

De Memorias de días extraños,
de Jean-Cristophe de la Villebaune,
gentilhombre.

Tras arrollar con ímpetu indomable al criado de puerta, la salvaje horda fue recibida por la marquesa de Lisette en la antesala del palacio. La sola presencia de su distinguido porte fue capaz de apagar los gritos reivindicativos y difuminar la desesperación que causara el asalto. Con el te y las pastas que esperaban en el gabinete de verano la turbamulta no pudo sino rendirse ante la elegancia en el trato, delicadeza y saber estar de la dueña de la mansión. Todavía hoy se oyen las voces que en amigable conversación intercambian cumplidos, comentarios sobre los estrenos teatrales de la temporada y tímidas referencias a esa chusma iletrada que cree poder acabar con el orden natural de las cosas. La marquesa, su figura silueteada, se adivina tras los visillos de la gran cristalera que da al jardín. Ella, como siempre, sigue reinando en el saloncito azul, rodeada de caballeros vestidos de marrón y gris oscuro que portan en sus pechos una escarapela tricolor.

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