Aves

En algún lado había leído que la literatura no era más que un arte del engaño. Nunca creyó en tal afirmación, ni siquiera cuando las golondrinas del tiempo devoraban el alero del tejado o al oír el desagradable graznido de las gaviotas emponzoñando los atardeceres de aquella playa sucia de gentes y basura. Para él, la verdad de los versos que enjaulaban a estas aves estaba fuera de toda discusión, pese a que la experiencia directa lo negase. No obstante, los acontecimientos terminan por situar cada idea en su lugar correspondiente. Una bala perdida acabó con su vida en la página 142 de la novela que leía arropado por el piar de los pájaros del parque. En la página siguiente, los mismos malhechores causantes de su muerte tomaron el cuerpo y lo arrojaron en un vertedero. Las grullas, garcetas y cigüeñas que se alimentan de la basura tuvieron esa mañana un verdadero festín. Desconcertado e inerme, se dejó picotear mientras buscaba con afán en su memoria un verso, sólo uno, que mostrase la brutal condición de estas aves.

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