Las bromas de Dios

En ocasiones, Dios se conduce con gran sentido del humor; sin embargo, la jerarquía eclesiástica se esfuerza en ocultar esta faceta de un Creador más cercano así a lo humano. Sicco Polentone, en su muy conocida Vita di sant? Antonio, refiere cómo el santo de Padua imprecó a la multitud que asistía a las exequias de un hombre rico por no comprender el sentido auténtico del versículo de Lucas: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Al parecer, las duras palabras empleadas por el santo produjeron un efecto tal que se vio obligado a refrendarlas con una demostración material e incitó a los asistentes a abrir el pecho del difunto. En este punto, el hagiógrafo narra la estupefacción de los presentes por no encontrarse el corazón del fallecido en el lugar debido, sino en una caja fuerte donde se guardaban parte de los tesoros del difunto. Según Lucca della Floresta, cronista padovano de la primera mitad del siglo XIII, los acontecimientos siguieron un curso diferente. El comentarista se confiesa asistente al funeral en cuestión y, por tanto, culpable de dejarse llevar por la atracción del dinero. Confirma también la santa indignación de Antonio por el circo en que se había convertido la ceremonia fúnebre y cita textualmente la alocución y posterior petición de abrir el pecho de quien en vida no fue más que un hombre avaro y alejado de los preceptos divinos. No obstante, della Floresta escribe en su breve crónica que al practicarse la incisión en el pecho “un rojo músculo ocupaba el lado izquierdo del pecho, negándose de esa manera las certezas de Antonio”. Después de tantos milagros realizados, este pequeño fracaso supuso un punto de inflexión en la actividad evangelizadora del beato, que en adelante se conduciría con mucha más precaución a la hora de hacer ostentación del amparo divino. Pese a que Lucca della Floresta interpreta los acontecimientos en clave positiva y ve en ellos un signo más de la inmensa sabiduría de un Dios que cuida de que sus pastores no se descarríen, el texto del escritor padovano fue condenado al olvido de la biblioteca vaticana tras la canonización de Antonio de Padua en 1232. El sentido del humor no era considerado una virtud evangélica.

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