Hombre de acción

Después de tanto tiempo, aún le duele la mano que aquel tigre le arrancó de cuajo en Bangladesh. Un absurdo garfio la sustituye y le recuerda la suciedad del consultorio donde alguien que se hacía llamar médico, entre palabras incomprensibles, salvó su vida. La cuenca vacía del ojo perdido en el asalto al baluarte de Port Royal se oculta tras un parche negro. La mejilla derecha presenta una brutal cicatriz en forma de media luna, consecuencia de una refriega a los pies de la muralla que protege Jartum, en Sudán. Cada mañana, al levantarse, el hombre contempla en el espejo del baño la ruina en que el tiempo y la vida de acción han convertido su cuerpo. No puede evitar ensimismarse y perder el sentido de la realidad hasta el momento en que la voz chispeante de la esposa lo ata con un lazo para devolverlo a la mañana: “En la radio avisan que hay retenciones en la circunvalación. Si no te das prisa, llegarás tarde a la oficina”.

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