Soluciones simples

Nunca me he sentido capacitado para gestionar como se debe el funcionamiento y la organización doméstica. Esa es la razón por la que a lo largo de los años he recurrido a todo tipo de estrategias, subterfugios y demás argucias del intelecto perezoso que, en la mayoría de las ocasiones, no han hecho más que retrasar la inevitabilidad de una sesión sabatina de plancha o causar el sufrimiento innecesario de unos intestinos ya de por sí delicados. Mi actitud -y por qué no decirlo, aptitud también- me determinó hace ya algún tiempo a buscar soluciones drásticas a una situación personal comprometedora. Sumergido como estaba en un mar de papeles, fui a dar con las instrucciones aportadas por Paracelso y creé un ridículo homúnculo de no más de treinta centímetros. El pobre se esforzaba cuanto podía, pero su escaso tamaño y lo limitado de su pensamiento racional entorpecía la productividad. Demostrado el fracaso de este primer intento, me lancé de cabeza a la senda que en su día marcó el rabino Löw. El golem que fabriqué con arcilla me quedó muy bonito y de buen tamaño. Era obediente y capaz, pero aburrido y bastante estúpido. No tenía ni una pizca de conversación y entre mis necesidades no solamente se cuenta la fuerza de trabajo, sino también ese plus añadido que da la compañía y el enriquecimiento mutuo que nace del contacto humano. Lo rompí en mil pedazos un día en que se negó, quizás por desconocimiento de la materia, a continuar las impresiones que le había manifestado sobre la derrota napoleónica y su responsabilidad en el retraso que la idea de igualdad había sufrido en Europa Central. Con la arcilla de su cuerpo fabriqué ceniceros y algún jarrón con que decorar la sobriedad del salón-comedor. Aunque no venga al hilo de la historia, quiero dejar constancia de que algo del desdichado golem sigue conmigo, pues su cabeza, salvada milagrosamente del ataque de justa ira, forma un hermoso conjunto decorativo sobre la repisa de la chimenea. Con los años he aprendido a apreciarla en lo que vale, así como a aceptar la capacidad que atesora de atraer la atención de las visitas con ese movimiento tan natural de ojos y párpados que ha conservado. Tras el fallido intento del golem barajé la posibilidad de emular al mismo Dios y dotar de vida la carne muerta, aunque deseché pronto la idea por no poner perdido el garaje donde entretengo mis veleidades de bricolagista. También, si he de ser sincero, contribuyó a la desestimación de la medida una cuestión de pura pereza. De haberlo creado me hubiese visto enfrascado en un penoso proceso educativo sin garantías de éxito final y los tiempos que corren no están como para dilapidar energías en actuaciones que se saben condenadas al fracaso.

No hace mucho he encontrado el camino definitivo para la solución de mis problemas domésticos. He esclavizado a un inmigrante perfectamente ilegal. Hace el trabajo que se le encomienda sin queja, conversa, está dotado de un hermoso cuerpo que gusta observar en las frías noches invernales y ante los vecinos queda de lo más chic. Le he llamado Stico, como en la película de Jaime de Armiñán. Tiene, también, un muy relevante don de lenguas y creo que un doctorado.

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