París siempre es una fiesta

De Memorias de días extraños,
de Jean-Cristophe de La Villebaune,
gentilhombre.

Sus miradas se habían cruzado innumerables veces, aunque siempre con idéntico resultado. En los jardines, en la sala de música, entre las bestias que aguardaban en las caballerizas el tiempo del galope libre, la indiferencia azul de la hermosa mujer hería con crueldad el corazón palpitante del muchacho. Tal sufrimiento silencioso encontró su final una nubosa mañana de febrero. Entre el gentío arremolinado en la Plaza de la Revolución -hoy de la Concordia-, el oído atento podía aislar del bullicio el silbido de la cuchilla que corta el aire y las esperanzas de una clase condenada al olvido. Allí, entre cuerpos entusiasmados por el delirio sangriento, el mozo de cuadras alcanzó a ver el casi imperceptible guiño pícaro que le dirigió su bien amada marquesa antes de que la cabeza aterrizase en el cesto. El amor, potencia cósmica que no entiende de clases sociales, había encontrado una vez más el camino que comunica dos almas condenadas a encontrarse.

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