El pintor y la nieve

Cuando vimos la nieve sobre Toledo por primera vez en ese año, el área celeste ya estaba terminada y matemáticamente decidida la ubicación de quienes acompañarían a Orgaz en su último viaje. Sólo restaban algunos retoques y trabar las dos zonas del cuadro mediante el cruce de miradas entre los personajes. El maestro, sin embargo, dudaba. “No veo más que ropones negros y ausencia de caridad”, me decía. Mirando a través del ventanal del taller me ordenaba mezclar pigmentos, una y otra vez, que el aplicaba después con mano febril sin alcanzar el resultado deseado. “Ha de ser como la nieve, rota para el sudario y trasparente en el roquete del ecónomo. Negro y blanco, pureza y miseria, como la nieve sucia, pisoteada, en las callejas que rodean Santo Tomé”.

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