Si vis pacem

La apariencia pacífica del hombre del pelo cano esconde un auténtico campo de batalla. Se enfrentan en él tirios, troyanos, güelfos, gibelinos, gentes de York y Lancaster. Las operaciones bélicas y sus protagonistas se confunden de tal manera que es fácil descubrir a un Arturo ya anciano capitaneando la última carga de los lanceros polacos. Mientras tan elevadas acciones crepitan en salvaje confusión, el rostro del hombre no manifiesta señal de la violencia soterrada. Aquellos que han adiestrado la mirada, sin embargo, pueden entrever en un rictus de sus labios, por ejemplo, la hermosura de las colinas de Balaklava en su trágica venganza, o la rabia contenida tras el fiasco de La Invencible en el leve temblor de su mano. Es necesario superar la mera apariencia para adivinar en la perla de sudor que decora su frente el sabor salado de los pechos que reciben en las Tullerías a un Bonaparte hundido. El hombre del pelo cano guarda celoso el secreto de sus mil combates, porque sabe que su bullir interior no sería comprendido. Sólo el que ha cabalgado hacia la derrota es capaz de degustar los diversos matices de estos frágiles espacios de paz que habitamos.

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