Prohibiciones o los límites de la paciencia

Primero prohibieron fumar en lugares públicos y comprendió la medida, ya que nadie tenía por qué compartir su gusto por las volutas de humo y sus cautivadoras caricias.

Se refugió en la casa.

Las repetidas campañas institucionales que hablaban de los peligros del sedentarismo hicieron, no obstante, que naciera en su interior un lacerente sentimiento de culpabilidad cada vez que el anochecer le sorprendía después de toda una tarde arrojado en el sofá de su casa.

Se echó a la calle.

Ahora que por fin ha encontrado una actividad que le obliga a moverse y también a olvidarse de la necesidad del pitillo se encuentra con la novedad de que multarán a quienes se atrevan a alimentar animales en la vía pública.

“¿Qué será lo próximo?”, se pregunta mientras acaricia la cabeza del niño pobre al que cada tarde lleva una palmera de chocolate a la puerta del supermercado.

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