Pequeñas traiciones

A todos nos resultó extraña su actitud en aquel día. Era siempre un hombre comedido, de voz tranquila y ademanes matemáticamente calculados, perseguidor de un ideal de vida pacífico y respetuoso. Recuerdo algunas conversaciones en las que casi siempre se situaba en la defensa de que vivir ya es bastante complicado como para aliñar la existencia con odios, palabras gruesas y polémicas estériles. Si habitásemos un mundo mejor, sin duda este hombre tranquilo discurriría envuelto en el anonimato por el camino de la santidad.

Estos rasgos que adornaban su carácter hacen difícil comprender la explosión de rabia que lo llevó a empuñar la pequeña hoz con que entretenía los tiempos de asueto. Su primera víctima fue un chaval, personajillo a todas luces sospechoso, que entre bromas y picardías había arrancado una breve rama de naranjo cuajadita de azahar. Lo terrible no es que lo degollara, sino que ocultase el cadáver en el pudridero de compost del que extraía el material orgánico para abonar las plantas. Al conocer la historia, la verdad, perdimos el gusto por la exquisita mermelada que las monjitas de un beaterio cercano fabricaban con nuestras naranjas. Bien es verdad que después hubo otras víctimas de su cólera desbocada, pero ninguna de ellas alteró tanto nuestras vidas como esa primera. Personalmente, creo que nunca podré perdonárselo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s