Medidas desesperadas

El tramoyista sentía una debilidad inconfesada: amaba las palabras con pasión desmedida. Gustaba de paladearlas con lentitud casi lasciva, segmentarlas y tragarlas muy despacito, a pequeños tragos que le sabían a ambrosía. Como el mejor de los amantes, hecho un Píramo o un Leandro mismo, sería capaz de acometer cualquier acción descabellada por salvaguardar su tan especial relación: atravesar desnudo la Plaza Mayor, escalar descalzo la Peña de Francia, exponerse a la burla pública de los ignorantes o, quizás, cambiar por recios y cortantes aceros toledanos las hojas de las armas falsas que habrían de usarse en el último acto de Hamlet. No estaba dispuesto a que esa compañía de aficionados prostituyese ni una vez más de lo estrictamente necesario el verbo del divino William.

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