Cláusulas abusivas

El problema de los pactos con el Diablo reside en la significación profunda de los términos del contrato, que ha de quedar clarísima desde el principio. Por ejemplo, si se entrega el alma a cambio de la juventud, un clásico entre los clásicos, el firmante debe asumir que abandonará el mundo sensible mediante muerte violenta, accidente o similar, renunciando de manera tácita a la posibilidad de un deceso plácido y pleno en la vejez. De este modo, quien suscribe el pacto se garantiza en un alto porcentaje el sufrimiento propio, por no hablar del dolor inconsolable que a buen seguro provocará en los deudos. Esta consecuencia, sin duda no deseada por el peticionario, debe tenerse muy en cuenta, pues una cosa es el legítimo deseo de preservar la apostura juvenil y otra bien distinta joderle la vida a aquellos con quienes se cohabita y que, incluso, podrían haber llegado a amarle.

Claro que también es posible que el solicitante se haya visto engañado por la brillantez engañadora de la palabra “juventud” allí escrita, cuando en realidad su deseo estaba orientado hacia la simple inmortalidad. En esa hipotética situación, el peticionario anda ingenuamente descaminado, porque ya se sabe que nadie da duros a cuatro pesetas y que algo querrá ganar el Maligno con el negocio. Téngase esto último muy en cuenta en el caso de que se opte por un simple pacto de inmortalidad.

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