Cacería

Pese a que había recorrido varias veces el cotidiano sendero de la imaginación, el microcuentista no encontraba esa tarde una idea adecuada. Cansado de lugares comunes y perspectivas ingenuas, decidió dejarse llevar por las palabras. Las primeras resultaron luminosas y la sonrisa se instaló por un instante en el autor; las siguientes, en cambio, estaban vacías y olían a fosa séptica. Ante el fracaso de la sesión, cierre de libreta y paseo desnudo, sin estilógrafica ni papel, bajo la lluvia.

Al transitar junto a unos escaparates, advirtió en un rincón, confundido entre telas, bibelots y muebles expuestos, una pequeña figura de porcelana inquietantemente parecida a sí mismo. Escribía con la mirada enterrada en el papel mientras las ideas pajareaban en derredor, juguetonas y caprichosas. Unas eran blancas de inocencia; otras oscuras y con apariencia de maldad.El microcuentista volvió al hogar y se adentró de nuevo en los túneles del recuerdo, aunque sabía que nada encontraría en ellos, tan sólo una leve sombra esquiva, huidiza e inconsistente.

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