Clarence

El bonachón de Clarence no sabe cómo asumir los fracasos repetidos y ahoga en un vaso su incapacidad. La última vez llegó un instante tarde; tan sólo lo que dista entre la contemplación del discurrir furioso del río y el salto hacia la nada. El pobre viejo del cabello blanco no comprende tampoco que alguien tenga la lengua tan afilada como para llamar “salto del ángel” al paso adelante del suicida: brazos abiertos, pies juntos y caída en picado hasta hundirse en la frustración.

Por eso, una vez más, moja sus labios en el licor mientras piensa en qué mentiroso pudo llegar a ser Frank Capra.

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