Campos de labor

En la llanura cubierta de cereal, un montículo coronado por un león recuerda una derrota. Muy cerca, el vivac del Emperador: una estatua y un breve jardín. La suavidad del verano retrasa en los campos el amarillo de las espigas y los atardeceres de junio son allí verdes y solitarios.

Aún huele a pólvora y todavía resuenan los pasos de la Vieja Guardia sobre el lodo. Ney se equivoca, se está equivocando. No cuenta con los dragones escoceses emboscados, los flancos caen y el último galopar de húsares y granaderos se estrella contra la realidad.

Todo se perdió en la llanura belga de Waterloo, y anochece.

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