Cada tarde una aventura

Cada tarde una aventura. Había que atravesar el parque para llegar hasta la seguridad del comedor. Árboles y palomas, enormes edificios, un laberinto. Mi hermana, mi guía, siempre tenía prisa y las piernas más largas. Por cada paso suyo, dos de los míos. Y la maleta de cuadernos y la cartilla Palau que pesaba mucho más al atardecer que de mañana. Y la angustia porque siempre me quedaba atrás. Y las ganas de llegar por una vez antes que ella.

Una carrera y una risa; otra más, otra. Al final, lo inevitable: el laberinto que me devora, el llanto entre los setos. Oigo que gritan mi nombre, pero soy incapaz de establecer la procedencia de la voz. ¿Dónde está que no me ve? ¿Dónde estoy que sólo veo verde y piedra y cielo a mi alrededor? ¿Cómo he podido perder el rumbo en una ruta cotidiana?

El miedo me paraliza y me salva la vida. Al poco tiempo -una eternidad-, el encuentro. Descubro, asombrado, que el pavor no se ha instalado solamente en mí. Su rostro desencajado; las manos que tiemblan, heladas; rota la voz; el paso alterado.

Qué raras son estas aventuras de cada tarde, viajes cotidianos que siempre -gracias a Dios- terminan en Ítaca, ante un tazón de cacao.

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