El día de Don Juan

¡Cuál gritan esos malditos!
¡Pero mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caros sus gritos!

Dos de noviembre, Día de Difuntos. Ya han cesado los gritos, petardos y risas que poblaron la noche de Halloween. El hereje, el invasor ha sido derrotado y emerge en la mañana radiante de flores y recuerdos la figura de Don Juan.

Es posible que esté pasado de moda. No corren ríos de sangre pintada por los rostros de los personajes, sino tan sólo palabras, un torrente de palabras que dibujan a un canalla redimido por el amor. Los héroes de Halloween no se redimen; ni Jason, que vive en los viernes y 13, ni Freddy con sus cuchillas ni el maestro de las motosierras que siembra el pánico en algún lugar de Texas alteran un ápice de su maldad hiperbólica. Son emblemas de la perversión y de la pesadilla recurrente. Don Juan es más nuestro, más hombre. Juega con las vidas ajenas hasta que la sombra de una mujer le enseña a vivir de otra manera y a morir para seguir viviendo en la memoria.

La cuestión comenzó con un reto de sinvergüenzas. La acción en Sevilla…

Don Juan.- La apuesta fue…

Don Luis.- Porque un día

dije que en España entera

no habría nadie que hiciera

lo que hiciera Luis Mejía.

Don Juan.- Y siendo contradictorio

al vuestro mi parecer,

yo os dije: «Nadie ha de hacer

lo que hará don Juan Tenorio».

Y tras el recordatorio, la relación de los malvados. Tal para cual. Don Juan toma la palabra en primer lugar para hacer repaso de su año. Sistemático, el personaje organiza su relación al hilo de los lugares visitados.

En Roma, a mi apuesta fiel,

fijé entre hostil y amatorio

en mi puerta este cartel:

«Aquí está don Juan Tenorio

para quien quiera algo de él».

De aquellos días la historia

a relataros renuncio;

remítome a la memoria

que dejé allí, y de mi gloria

podéis juzgar por mi anuncio.

Las romanas caprichosas,

las costumbres licenciosas,

yo gallardo y calavera,

quién a cuento redujera

mis empresas amorosas.

Después de Roma, Nápoles…

Nápoles, rico vergel

de amor, de placer emporio,

vio en mi segundo cartel:

«Aquí está don Juan Tenorio,

y no hay hombre para él.

Desde la princesa altiva

a la que pesca en ruin barca,

no hay hembra a quien no suscriba,

y cualquiera empresa abarca

si en oro o valor estriba.

Búsquenle los reñidores;

cérquenle los jugadores;

quien se precie, que le ataje;

a ver si hay quien le aventaje

en juego, en lid o en amores».

En primer lugar, el reto en forma de anuncio; en segundo lugar, la satisfacción mostrada por haber cumplido con la palabra empeñada.

Por dondequiera que fui,

la razón atropellé,

la virtud escarnecí,

a la justicia burlé

y a las mujeres vendí.

Yo a las cabañas bajé,

yo a los palacios subí,

yo los claustros escalé,

y en todas partes dejé

memoria amarga de mí.

Ni reconocí sagrado,

ni hubo razón ni lugar

por mi audacia respetado;

ni en distinguir me he parado

al clérigo del seglar.

A quien quise provoqué,

con quien quiso me batí,

y nunca consideré

que pudo matarme a mí

aquel a quien yo maté.

Las cartas están sobre la mesa. Don Luis iguala la apuesta y se hace necesario romper el equilibrio. Don Juan promete añadir a sus hazañas la conquista de una novicia que esté para profesar, sin saber aún que la nueva fechoría se convertirá en el camino de su salvación, pero también en una espiral de muerte. Ante Doña Inés, el gran canalla despliega su palabrería para rendirla, como tantas otras veces…

¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?

Esta aura que vaga llena

de los sencillos olores

de las campesinas flores

que brota esa orilla amena;

esa agua limpia y serena

que atraviesa sin temor

la barca del pescador

que espera cantando el día,

¿no es cierto, paloma mía,

que están respirando amor?

Esa armonía que el viento

recoge entre esos millares

de floridos olivares,

que agita con manso aliento,

ese dulcísimo acento

con que trina el ruiseñor

de sus copas morador

llamando al cercano día,

¿no es verdad, gacela mía,

que están respirando amor?

Doña Inés caerá rendida, pero también el propio Don Juan. Y pasarán los años y la muerte hará mella en las víctimas del villano: el Comendador, Don Gonzalo, la misma Doña Inés se transformarán en sombras espectrales y estatuas silentes de mármol que reclamarán al protagonista un último acto de arrepentimiento al pie de su sepultura… Habla la Sombra de Doña Inés:

Yo a Dios mi alma ofrecí

en precio de tu alma impura;

y Dios, al ver la ternura

con que te amaba mi afán,

me dijo: «Espera a don Juan

en tu misma sepultura.

Y pues quieres ser tan fiel

a un amor de Satanás,

con don Juan te salvarás,

o te perderás con él.

Por él vela; mas si cruel

te desprecia tu ternura,

y en su torpeza y locura

sigue con bárbaro afán,

llévese tu alma don Juan

de tu misma sepultura».

El amor, tan pisoteado por Don Juan a lo largo de su vida, es la llave que le abre las puertas del Paraíso, aunque no quiere aceptarlo sin más. El hombre perverso que ha retado a los vivos, invita también a sus muertos a un último encuentro. Tras él, la conversión. La muerte ha vencido al mal en las mismas puertas del cementerio.

Desde luego, no está de moda el Tenorio. Es incorrecto, sexista, perverso y ñoño a la vez, incoherente incluso. Pero es el segundo día de noviembre, los crisantemos sacuden la memoria, se ha apagado la algarabía de quienes huyen de la idea de la muerte disfrazándose de muerte misma. Es el día en que Don Juan, como cada año, se reencuentra con Doña Inés al pie de su sepultura.


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