La tarde en San Bernardo

Hay lugares con los que no existe ninguna vinculación efectiva y, sin embargo, se encuentran firmemente asentados en la memoria profunda. Las relaciones con ese espacio de quienes nos han sido cercanos acaban por contaminarnos, hasta el punto de convertirlos en propios. Se diría que los miramos con ojos prestados, aunque no por ello los sentimos menos nuestros.

Nunca viví en el barrio sevillano de San Bernardo. Creo que puedo contar con los dedos de la mano las veces que he pisado sus calles estrechas y oído el retumbar de mis pasos enganchándose en las paredes de cal y albero. No obstante, es un barrio que siento como propio y me llama con voz poderosa desde mi pasado familiar. Del San Bernardo de la memoria queda la planta urbana, la reducidísima cuadrícula de calles, alguna casa con balcones que revientan en sus flores, resistiendo año tras año la transformación del entorno. Sigue viva en él, claro está, la iglesia enorme que ocupa su mismo centro y la anciana Fábrica de Artillería, cuyas chimeneas y cúpulas compiten en el cielo con la torre del campanario, alternando el protagonismo los poderes militar y eclesiástico, lo humano y lo divino, la carne y el espíritu en absurdo equilibrio. El resto de lo que allí puede encontrarse hoy no es más que imitación artificial de lo que un día fue, una especie de parque temático del tipismo que permite a gentes de posibles darse un baño populista. Esa es la impresión que me dejó el barrio después de una incursión reciente.

Hacía años que no me adentraba en las fauces del lugar y, aunque sabía de su remozado brutal, mantenía la secreta esperanza de que algo o alguien quedase del barrio de mis recuerdos. Pero nada es como fue.

Es probable que me digan que ahora es mucho mejor, más limpio, sin amenaza de ruina, sin abandono, con fachadas relucientes y adoquinado uniforme. Pero encontré menos vida, pese a que más gentes vivan en espléndidos y funcionales apartamentos, en áticos rebosantes de macetas a los que se accede a través de puertas cerradas a cal y canto, señaladas por modernos videoporteros como emblema de los nuevos tiempos. Hay más gente, sí, pero no es ya la gente del barrio. La ciudad ha recuperado el lugar, sí, pero el de hoy solamente tiene un parecido superficial con el barrio popular de mi pasado. Los habitantes del San Bernardo de mi memoria ya no viven allí, en el arrabal, sino en lugares lejanos, en Torreblanca, en el Cerro del Águila, en Pino Montano, en Los pájaros. Se han visto obligados a cambiar la cal y el albero por el cemento y el hierro oxidado; la cercanía al suelo de sus casas de dos plantas por las colmenas de ladrillo visto donde sueñan, en su lejanía, que vivieron un día a orillas de la muralla almohade, que el silbido de los ferrocarriles los arrullaba en las noches de verano.

Tan sólo las chimeneas de la Fábrica – Porta Coeli, Puerta del Cielo, reza el letrero que da nombre a una calle-, las paredes desconchadas que la circundan y los ventanales agrietados mantienen vivo mi recuerdo. Allí ya no me queda nada. Me han robado todo un barrio y con él, el deseo de pisar sus calles, hoy tan limpias, tan ordenadas, tan falsas.


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2 comentarios en “La tarde en San Bernardo

  1. Qué buen artículo y qué maravilla de fotos…te entiendo, yo jamás viví en Sevilla y mira mi nick, mis cuentas electrónicas llevan trianera de cabecera, y muchas cosas más.

    Es un vínculo afectivo qué jamás voy a comprender, quizás tenga un día una casita en Sevilla, no sería humano no tenerla a esta altura de la película.

    Un saludo desde la Costa de la Luz.

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