Una vida con Vargas Llosa

Creo que fue en los días inmediatos a la Navidad de 1980 cuando el cura Blas -enjuto, barbudo, inteligente, tenso y denso como pocos- me prestó un par de libros: Los jefes y Los cachorros, ambos de Mario Vargas Llosa. Durante esas vacaciones de invierno, el mundo peruano de miraflorinos, los colegios brutales, Pichula Cuéllar y el perro Judas llenaron mis noches. Tenía dieciséis años y de pronto me dio por crecer.

Poco después, quizás demasiado pronto, logré hacerme con un ejemplar de La ciudad y los perros. Lo había localizado en la biblioteca municipal y estaba impoluto. El mundo recién descubierto se amplió, se multiplicó en violencia y verdad con las circunstancias que rodeaban la muerte de Ricardo Arana, El Esclavo, con la brutalidad de El Jaguar y El Boa, el pragmatismo de El Poeta y la injusticia institucional que viene unida al personaje del Teniente Gamboa.

Definitivamente, ese autor peruano del que no había oído hablar hasta mis dieciséis años me había ganado para su causa. Durante ese verano del 81 y los años siguientes devoré novelas, descubrí autores, vencí algunas de mis limitaciones lectoras y fracasé en otras maniobras de acercamiento. No pude con todo, lo reconozco, porque creo que me precipité al intentar leer algunas obras y eso lo he pagado después. El Vargas Llosa de La casa verde o Conversaciones en La Catedral, por ejemplo, me venció en mi adolescencia y no he vuelto a encontrar la ocasión de enfrentarme a él. Sin embargo, alternando con los fracasos, otras obras del autor me hacían seguir en la carrera: Pantaleón, La tía Julia… Fui creciendo, me hice adulto y filólogo. ¡Qué cosas tiene la vida!

En el camino perdí el gusto por el autor peruano. Leía sus novelas año tras año, pero ya no temblaba con cada página. Era más una costumbre periódica que me llevaba de Palomino Molero a Lituma, de la madrastra a don Rigoberto. Sus novelas seguían siendo puro Vargas y, a veces, Varguitas, al nivel del mejor Varguitas, pero era el lector quien había cambiado o, quizás, había sido deslumbrado por fuegos de artificio, no sé.

En el otoño del año 2000, visto que el mundo no había acabado tras la madrugada del 31 de diciembre de 1999, me hice con la por entonces última obra del peruano. En La fiesta del chivo me encontré con el gran Vargas Llosa de mi juventud: lenguaje y contenido. Literalmente me bebí la novela. El lector, ya adulto, se reencontraba con uno de los autores que le habían enseñado a leer de otra manera.

Después han venido otros relatos -Gauguin y Flora Tristán, los amores de la niña mala- con críticas no muy favorables, pero interesantes para mí. Ahora, le han dado el premio Nobel. Se ha hecho justicia, aunque haya quienes piensen que la persona Vargas Llosa no lo merece, aunque haya quienes no sepan distinguir entre el escritor y el hombre real.


Anuncios

Un comentario en “Una vida con Vargas Llosa

  1. ¿Se puede separar al autor de su obra? ¿El libro, el poema, la frase, son únicamente frutos de la imaginación o hijos de la experiencia? ¿Pérez-Reverte, con sus declaraciones sobre Moratinos y sobre otros temas de la actualidad más palpitante, debería ser arrojado a la hoguera junto con sus libros, alguno de ellos excelente?
    Luces y sombras en la vida que vadea nuestro vacío. Así es la condición humana y aún más la literaria.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s