El cuento más corto del mundo… Y el más inquietante

Entre otras virtudes y defectos, la extensión de Internet en el terreno de la literatura ha traído consigo el desarrollo de los microcuentos. Son miles las páginas que pueden encontrarse dedicadas a este género que encierra en unas pocas palabras los elementos esenciales de todo texto narrativo: narrador, suceso, personaje, espacio y tiempo. Supongo que el éxito del género se debe a las urgencias de la vida actual y al deseo de condensar en el mínimo espacio algo que durante siglos los seres humanos hemos volcado a lo largo de páginas y más páginas. Ahora parece que Baltasar Gracián hubiese renacido para imponer como norma general su lema:

Lo bueno, si breve, dos veces bueno; lo malo, si poco, no tan malo.

La frasecilla del autor barroco es, sobre todo en su segunda parte, un auténtico desideratum para el lector actual, obligado por las circunstancias y la industria editorial a engullir mostrencos de cientos de páginas insustanciales y repetitivas. Por eso nos lanzamos, creo yo, sobre la ficción breve, brevísima, en busca del flechazo que nos atraviese o de la cuestión palpitante que nos martillee las meninges durante un tiempo.

A poco que se bucee entre microrrelatos, el lector encontrará una afirmación repetida: el cuento más corto en español es de Augusto Monterroso y tiene siete palabras:

Cuando amaneció, el dinosaurio todavía estaba allí.

Sin embargo, no debemos dejarnos engañar. Hay uno de menor tamaño. En sus Crímenes ejemplares, Max Aub nos dejó una miniatura cruel y violenta, de rancio salvajismo ibérico, racial y demoledora:

Lo maté porque era de Vinaroz.

Seis palabras que contienen todos los elementos literarios necesarios; un relato que hacce desconfiar de las razones que llevan a actuar de determinada manera; una aviso para nunca pisar Vinaroz y huir de esa manera de un posible destino escrito, como nuevos Edipos que intentan evitar lo inevitable. Es inquietante, no me lo negarán.

Pero si de inquietud hablamos, el minicuento de Thomas Bailey Aldrich se lleva la palma:

Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

Es mucho más largo que los dos precedentes y por eso permite que el lector profundice en la mente del personaje gracias a la intervención del narrador omnisciente. La yuxtaposición de oraciones impresiona y hace volar la imaginación del receptor… “Golpean a la puerta”. La misma idea podría haberla expresado un “escritor a sueldo” en un thriller apocalíptico de novecientas páginas y gran profusión de explosiones nucleares, sexo explícito, luchas que no llevan a ningún sitio, largas descripciones de lugares y objetos engañosos, además de todo tipo de fuegos de artificio sin justificación. El resultado, una novela que puede ser buena, y entonces disfrutamos de su lectura, o un auténtico horror, en cuyo caso padecemos durante horas si nos empeñamos en llegar al final porque hemos sido atrapado en las trampas de su autor. Con la minificción, en cambio, no se corren esos riesgos. El proceso de lectura es casi instantáneo, como un flash fotográfico, que queda residente en la retina si el escritor ha estado acertado, o desaparece de la memoria si se trata de un experimento fracasado.


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s