Me gusta esta España

No sé si seremos muchos o pocos, pero no me cabe la menor duda de que habrá quienes compartan conmigo el placer de sentirse parte de esta nueva España.
No hay en ella uniformes, por mucho que desde los medios de comunicación se nos incite a una especie de pensamiento único en torno a una “Roja” con la que llevan martilleando más de un mes. A mi me gusta más una España sin vestimenta única o, mejor, con diversas indumentarias; me gusta una España en la que conviven gentes que en la tardes de fútbol grande salen a la calle luciendo zamarras celestes, albicelestes, canarinhas, a franjas rojas y blancas, tricolores o, incluso, esa otra “Roja” muy anterior en su denominación a la que ahora dicen que nos identifica en una especie de unidad de destino en lo universal reloaded.
Estos días de Mundial disfruto tomando café en un bar sobre cuya barra penden tres banderas que representan las tres nacionalidades de origen de sus empleados, porque quiero creer que vivo en un país en el que cabemos todos sin que haya que perder completamente la referencia de los orígenes personales. Es esa una España más rica y hermosa, menos previsible.
En este país de todos, las tardes de fútbol grande son más divertidas, se celebran más goles sin tener que esperar a que suene la flauta de otros marcelinos y zarras.
Esta España de la que hablo es la de mi entorno, un país feliz estos días gracias al deporte. Casi todo mi mundo ha celebrado algo, aunque la suprema expresión del gozo se manifiesta en los brasileños, argentinos, uruguayos, paraguayos y los españoles que nacimos aquí por estar ya en cuartos de final de la competición. Por desgracia para todos -pero es que todos no cabemos-, algunas de las piezas del rompecabezas de mi España han sufrido ya la decepción de la eliminación. ¡Qué lástima de portugueses, mexicanos y chilenos! ¡Ay, esa Corea del chino que regenta el bazar del barrio! Pero hay que ser positivos. No importa que algunos elementos se hayan quedado en el camino porque otros llegarán a donde deben, y en el éxito de uno -¡sólo puede quedar uno!- estará el del conjunto.
Sin embargo, sé que mi España no es un lugar completamente ideal. Hay también en ella muchos estúpidos de corta mirada y seco corazón que ven como una agresión en toda regla la alegría por un gol que consideran ajeno. Estas gentes limitadas en sus afectos sufren de terribles envidias en las tardes de fútbol, preguntan con descortesía el por qué de unas banderas que desconocen, se quejan a sus iguales de la invasión extranjera e insultan con la mirada a quienes, orgullosos, lucen camisetas que no cuadran con la imagen autárquica de una España que ya no existe.
Y es que el fútbol es, le pese a quien le pese, mucho más que un deporte. En estas tardes de verano se ha convertido para muchos de nosotros en una tabla a la que aferrarse en la marejada. Son tablas de grosores y maderas diferentes con las que algún día debiéramos construir una nave estable que surcase los siete mares.


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