Divina tragedia

Casi no me conociste y, sin embargo, estás ahí, quieta y expectante. Al borde del precipicio del desaliento intentas adivinar en los gritos y en los fogonazos que laceran los cuerpos pecadores si mi llegada está cercana. Me esperas, sí, pero no sé si es amor, inercia u obligación lo que te mantiene en pie por tan largo tiempo. Esa es la miseria en que vive quien te ha creado. Te he construido y te he adjudicado un papel en esta farsa, pero olvidé esculpir también tus sentimientos y ahora, ya viejo, la incertidumbre me destroza. Pronto llegaré a la puerta del cielo y sé que allí encontraré tu mano, tu cuerpo, tu dulce mirada, tu compasión y tu virtud. Sin embargo, mi dulce Beatrice, cambiaría todo eso, el mismísimo paraíso que me he prometido cambiaría, por el recuerdo vago de una mirada de amor.

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