Cuatro ciudades

He vivido en varias ciudades sin abandonar nunca la misma.

La primera es lugar abierto de callejones, almacenes y río; ciudad que muere en el atardecer para renacer con las primeras luces del alba. Domina el esfuerzo y el trabajo, aunque en los vericuetos de su geografía se oyen risas y gritos de niños que persiguen un sueño con forma de balón.

La segunda explota en primavera con un bullicio constante de la mañana a la noche: mercado, capillas, tabernas, gentes que vienen y van, un dedo que apunta al cielo en el límite de hierro negro que parte la corriente del río.

En la tercera siempre es verano. Hay velas que cubren las calles y las preservan de un sol abrasador. Las estrechuras se encuentran y confunden, el sonido de los pasos acaricia con suavidad los oídos antes de ascender y perderse en el azul del cielo a través de la brecha de luz que hiere el tejido humano de la tierra. Aunque no parece que abunden los árboles, macetas, enredaderas, geranios y naranjos pugnan con la piedra y la cal. Hay tapias de conventos que ocultan altos cipreses, pasarelas de la gracia que se mecen al son de las campanas.

En la cuarta ciudad todo es exilio y lejanía. Se vive entre ecos y sombras de las ciudades hermanas, sin ser más que engaño o recuerdo o rabia. Espacios abiertos y vegetación sin sentido, tranquilidad engañosa, cómoda modernidad.

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