Sexto día: rigor

Si se atiende al significado religioso de las procesiones de Semana Santa, el rigor debiera ser una constante durante todos los días. No obstante, en Sevilla las cosas funcionan de manera diferente. Aquí, el Viernes Santo es el día especialmente marcado en el calendario para la severidad. Después de los excesos de una Madrugada que se ha prolongado hasta bien pasado el mediodía, las primeras horas de la tarde están dominadas por una relativa tranquilidad y, hasta cierto punto, soledad.

Las calles del centro de la ciudad suelen estar dominadas por turistas que deambulan sin objetivo claro en busca de una continuación de la noche anterior. Pero no encontrarán lo que desean, porque, por arte de magia, en apenas dos horas, la ciudad ha olvidado los gritos y emociones que acompañan a los últimos palios para concentrarse en sí misma y encaminarse hacia el fin de la fiesta.

Sorprendidos, es posible que en los alrededores de la Plaza Nueva los visitantes se den de bruces con un grupo de nazarenos de caminar lento que los observan, extrañados de la presencia de gente en la calle a esas horas tan tempranas.

Las pocas personas que por allí se encuentran se arremolinan en torno a los pasos para crear un simulacro de bulla y gentío. Pero no debemos dejarnos engañar, no es el tumulto bullicioso de las horas pasadas.

En cuanto pasen las imágenes, la breve masa se diluirá como un azucarillo dejando una sensación de tristeza y luto, de que algo importante ha pasado. Todo contribuye a crear esa sensación, desde las imponentes imágenes protagonistas de los pasos hasta las pequeñas figuras que adornan las bases de algunos varales.

La tarde avanza. Las calles comienzan lentamente a repoblarse por quienes se niegan a aceptar el principio del fin. La soledad deja de ser una sensación en el pavimento y se presenta enmarcada entre caoba, plata, bordados en oro, cristal y sudario blanco.

El rigor se atenúa. Pronto llegarán desde el otro lado del río un larguísimo cortejo que viaja envuelto en blanco y en negro, y que por no se sabe qué misterio se llenará al final de raso malva. Triana llegará a Sevilla por última vez en la media tarde del Viernes Santo con un Cristo crucificado y otro con la cruz a cuestas, con dos vírgenes bajo palio que asombrarán a quienes decidan darles el tiempo que se merecen.

Antes de que llegue el momento de Triana, los nazarenos de la Soledad de San Buenaventura discurren rigurosos y serios en sus perfectas filas. Mesura y contención, que dicen los puristas; esencia de la sevillanía, etiquetan quienes se dejan dominar por el tópico.

En las hileras de la Soledad se pueden advertir ya signos de que la tarde está rolando del rigor espiritual a la vitalidad olvidada por unas horas. El perfecto ritmo de paso de los nazarenos de San Buenaventura a veces se rompe en un tropel de niños cubiertos por antifaces negros.

Tras el paréntesis que abre el Cachorro de Triana y cierra la Virgen de la O, cuando la tarde haya muerto, la noche volverá a llenarse de severidad. Un muñidor advertirá a todo aquel que se cruce que tras él llega el entierro de Cristo. La Mortaja da fin en el centro de la ciudad a la jornada del Viernes Santo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s