Quinto día: frivolidad

Jueves Santo. Nuevos contrastes. Mientras se conmemora la inmediata muerte de Cristo, Sevilla saca sus mejores galas.

Desde muy tempranas horas, las calles se pueblan de tradición en forma de mantillas negras.

Cada año me parece que son menos las mujeres que se atreven a luchar contra el paso del tiempo, el calor, la incomodidad, los tacones y el adoquinado. Pero ahí están, a pie de procesión, en grupos o en parejas. Mantillas negras, vestidos negros de Fin de Año reconvertidos, broches que deslumbran en el sol de la tarde.

Si se atiende un poco a la indumentaria, podrá apreciarse que, aunque la mantilla disminuye, se acrecienta el vestuario con sutiles toques cofrades. Entre estas sutilidades se lleva la palma la combinación de los colores negro y morado cuaresmal.

Aunque a veces, bien es verdad, no se acierta plenamente en el tono, lo que produce en el ojo atento una sensación de oportunidad perdida o de perfección imposible.

Junto al morado y el negro, renace en la media tarde con fuerza la más clásica entre las clásicas antítesis de color: negro y blanco, noche y día, tristeza y alegría.

Por supuesto no todo queda apostado en los tejidos, sus formas y colores. El complemento es esencial: gargantillas textiles y perlas de pureza inmaculada cobran protagonismo en el Jueves Santo.

La moda masculina, sin embargo, se mantiene más cerca del canon establecido por la tradición del siglo XX. Trajes de color marengo o azul oscuro y corbatas sin excesivas estridencias.

Apenas unos detalles indican que las estampas no están sacadas de algún reportaje de los años cincuenta: las gafas de sol, aun en lugares en sombra, o los auriculares que penden alrededor del cuello, como si de una joya sintética se tratase. Pero existe un mínimo detalle más que nos trae a la modernidad y que solamente el ojo avezado advertirá. Me estoy refiriendo al nudo de la corbata, habitualmente mal construido, descentrado y algo suelto, como es lógico en personas que ya no tienen la costumbre diaria de su anudamiento.

Pese al clasicismo imperante en el vestuario masculino, es posible encontrar pequeñas islas de innovación, aunque siempre en torno a los colores oscuros.

Alguna chaqueta con solapas de diferente tonalidad y forma puede ser suficiente para significarse sin llegar a romper la armonía oscura de la jornada.

Así es Sevilla hasta que la tarde se hace noche en las calles de la ciudad. Una marejada cálida y sonora acompaña a la centuria macarena para romper con el clasicismo intemporal.

Las medias sonrosadas y las caligae de los armaos abren definitivamente la puerta a la libertad en el vestir. Cada cual se muestra como puede y quiere para componer un collage de forros polares, ropa deportiva, abrigos de buen corte y algún visón apolillado por el poco uso. Ya es madrugada y en ella casi todo tiene sentido.

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2 comentarios en “Quinto día: frivolidad

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