Cuarto día: niños

Se quiera o no, los niños son un elemento principal de la Semana Santa. En las primeras horas de la tarde dominan las calles, tanto en los márgenes de las hileras de nazarenos como formando parte de las comitiva. A muchos se les ve preocupados, quizás por la responsabilidad de saberse objeto de tantas miradas.

Y no es para menos. El niño portador de caramelos es un auténtico imán que atrae manos de aquí y de allá. Él se siente importante, importantísimo, por unas horas y reparte ilusión dulce y alegría en unos cortejos que, sin embargo, acompañan a la muerte tallada. Un contraste más en un mar de contrastes.

La cesta es el arma fundamental que portan los pequeños guerreros de la sinrazón sevillana. Se empeñan en negar la exclusividad religiosa de una fiesta en la que el protagonismo es compartido entre la muerte y la vida, el antifaz y la cesta de caramelos, el cirio y la varita, la seriedad mortuoria y la explosión vital de los tramos en que se agolpan los más pequeños.

La importancia de los niños es tan grande que en su día dieron el salto a la madera para así formar parte eterna de las cofradías y seguir siendo niños para siempre. Escondidos entre canastillas, volutas de madera dorada o bordados imposibles, quien se mantenga atento encontrará criaturas con caras de ángeles que se negaron a crecer para no convertirse en adultos que piensan que una cesta de caramelos no es un arma capaz de transformar el mundo.

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