Tercer día: lo sentimental

Varios Cristos Crucificados pisan las calles de la ciudad el Martes Santo, aunque la verdad sentimental lo niega. Mucho tiene que ver en ello la familia, la nostalgia y la historia íntima y personal. Porque una cofradía no es solamente una imagen de palo que se saca a la calle rodeada por gente disfrazada, sino también un nexo de unión con tu propia sangre. Por ese motivo no hay para mí más Crucificado el Martes que el Cristo de las Misericordias de la Hermandad de Santa Cruz.

No negaré la valía de la impresionante talla de Juan de Mesa que la Hermandad de los Estudiantes pone en la calle, ni el calor popular que acompaña a los de las hermandades del Cerro del Águila o de San Benito, ni la intensidad espiritual del Cristo de las Almas; pero el caminar del paso de Cristo de Santa Cruz va acompañado de aquellos nazarenos que ya no están. En bocinas, maniguetas, últimas parejas de luz no veo a quienes hoy caminan, sino a quien hace ya más de veinte años dejó de pisar el adoquinado del recorrido para discurrir por los pavimentos del recuerdo. Cada instante del trayecto se asocia a un momento de mi vida, a una palabra de mi padre que cada Martes Santo renace, a eso de las siete de la tarde y vive en la Alcazaba, en el Postigo, en el lateral de la Catedral.

Al entrar en la iglesia, como cada año, un nazareno de baja estatura a quien nadie puede ver se quitará el antifaz para mostrar su rostro desencajado por el esfuerzo pero iluminado por una sonrisa de satisfacción. Casi ha completado ya el rito anual, aunque faltan algunos detalles: el beso a su hermano -a quien nadie puede tampoco ver- cerca del altar, una caricia al hijo que llega algo después, esperar la entrada de los pasos, coger algunos claveles del Cristo y de la Virgen, caminar en silencio de vuelta a casa.

Nadie disfruta de estos momentos. Nadie los ve, pero allí están los dos hermanos que cada año se reencuentran al final de la calle Mateos Gago. Yo tengo la suerte de asistir a esta ceremonia íntima porque fui parte de ella y recibí el abrazo callado y vestido de negro caminé en el atardecer sevillano del Martes Santo. Por eso sé dónde mirar para ver. Conozco las esquinas en las que siguen viviendo, aunque haya quien piense que no son sino imágenes ilusorias de la memoria.

Anoche, alrededor de la una de la mañana, cuando se abrió la puerta de la parroquia para recibir a la cofradía, dos breves siluetas de ruán negro estaban sentadas en los escalones que dan acceso al altar. Los miré y me miraron, sentí la mano de mi padre en mi cara al quitarme el antifaz, como si no hubiesen pasado los años. Nadie más lo vio. Yo sí, porque estuve allí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s