Segundo día: agua

La lluvia durante la Semana Santa produce un efecto paradójico. Por un lado desluce los cortejos y arruina las ilusiones de muchos; sin embargo, y aunque no se deba decir muy alto, supone también un disparo de adrenalina cofrade, por llamarlo de alguna manera. Supongo que es consecuencia del tránsito por la frontera del caos lo que convierte la sorpresa de la lluvia durante el recorrido en instantes inolvidables en el recuerdo de quien lo vive.

Este Lunes Santo llovió y en el agua derramada del cielo la Hermandad del Polígono de San Pablo encontró su bautismo de calle: desconcierto, prisas, aplausos del poco público que asistía a un momento único.

Paraguas y nazarenos empapados se confunden, cada cual se cubre como puede en un intento de negar lo que es evidente. No obstante, algo extraño suele suceder en estas ocasiones. Cierto es que el cortejo se acelera, pero sin caer en carreras alocadas. Se guarda el mismo orden y la cofradía podría decirse que se agranda al sumarse el público al desfile y acompañar los pasos hasta el lugar de refugio.

En estas desbandadas bajo control casi todo sigue un patrón perfectamente diseñado por la tradición: el capote que protege al Cristo, las cuadrillas completas de costaleros que rodean el paso, las órdenes precisas y tranquilas del capataz, el caminar directo.

Pero la lluvia en una tarde de Semana Santa ofrece otra perspectiva: la soledad de quienes ni siquiera tuvieron la opción de iniciar su tránsito ciudadano. Cirios que se mantiene vírgenes, cruces abandonadas, objetos sin sentido.

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