Desarmado

Se me quedó mirando, con el cuerpo contraído y la cabeza hundida entre los hombros. El tiempo -gato escaldado- hizo un paréntesis de incertidumbre que llegó a su fin con tres palabras pronunciadas como tres aldabonazos que rompiesen el himen virginal de la mañana.

Preferiría no hacerlo.

Al sentarse, volvió a sumergirse en un mar de papeles que amenazaban con desbordar los límites de la mesa.

Me retiré porque intuía que aquel no era un buen día para batallar.

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