La ausencia, en imágenes

Tengo alojadas en mi cuenta de Flickr tres imágenes que intuyo están relacionadas. Las tres aluden, creo, a la falta de libertad; las tres tienen a la palabra como elemento unificador. Por lo demás, son muy diferentes y las tomé en respuesta a intenciones distintas. No son fotografías de las que me sienta especialmente orgulloso; sin embargo, llevan tiempo rondándome, me hablan y protestan porque no las he utilizado aún. Su tiempo, me dijo una, está pasando, se siente vieja y desaprovechada. “Lánzame”, me rogó, “de cualquier manera, no importa. O bórrame y olvídate de mí”.

Hoy quiero ser justo con ellas. Fueron tomadas para ilustrar este blog y en él deben figurar, aunque no tenga en este momento demasiado clara la vinculación entre las fotos ni la pertinencia de su publicación ni el sentido de esta entrada.

La primera de ellas la tomé para no olvidar la niñez, la calle y las inocentes diversiones que a menudo terminaban con la persecución de una paloma o un gorrión: “Niño, deja ya ese pájaro”, “Dios te castigará”.

Había poco con lo que entretenerse, una pelota desinflada, unas piedras, algún árbol al que subirse y muchos pájaros. Quizás éramos niños más libres que los de ahora; no sé si más felices, no sé si más crueles. Posiblemente éramos simples criaturas que pasaban las tardes en la calle, vigilados de lejos por la mirada de algún adulto, olvidados mientras crecíamos y nos hacíamos hombres y mujeres de provecho.

Algunas tardes de verano salíamos con algún dinero para comprar un helado en la tienda de ultramarinos. Los helados que vendían en mi calle eran de fresa, de vainilla o de chocolate. También había polos de nieve, de naranja o limón; pero los que más nos gustaban eran los cucuruchos de máquina, que tomábamos en un suspiro para que el calor de la tarde no derritiese y pringase nuestros dedos. Con ellos -bien separados del cuerpo, si no queríamos que la riña fuese monumental- paseábamos por la acera, entrábamos en los portales, en las pocas tiendas de la calle y nos acercábamos al kiosko. Nunca encontramos un cartel que prohibiera el acceso. Todo parecía estar a nuestro servicio y no sé qué hubiese sentido entonces si en la puerta de la papelería, por ejemplo, un cartel me hubiese hurtado del placer de acariciar el último número e la revista Mortadelo y de besar a la vez el frío embutido en un barquillo crujiente.

La tercera fotografía apunta hacia algunos años después. Acabada ya la primaria, un espacio de relativa libertad se abría en nuestras vidas de colegiales. De vez en cuando, la atracción de la calle nos forzaba a abandonar el aula y paseábamos de nuevo por las aceras, ocultándonos de los adultos que creíamos conocer. En esos momentos, los jardines cercanos se ofrecían como lugar de encuentro. Ocultos entre los árboles, armados de risas, algún cigarrillo y rotuladores, estampábamos en el banco del parque nuestro momento liberador: “Nos hemos escapado del colegio”. Y bajo el texto, una fecha que dejara constancia de nuestro acto de valor.

Ahora que ha llegado el final de esta entrada he encontrado, por fin, la conexión entre las tres imágenes. En ellas encuentro libertades y restricciones, placeres, niñez, una calle, un barrio, y a la ausencia de todo lo que un día fue, me temo.

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2 comentarios en “La ausencia, en imágenes

  1. ¡Qué cambios! Ayer escapados de clase y hoy dando parte de ausencias a los padres! ¿Qué nos pasaba mientras transitábamos enmedio?¿Adónde fueron aquellos momentos?

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