Delirio

Wordle: Delirio
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delirio.

(Del lat. delirĭum).

1. m. Acción y efecto de delirar.

2. m. Despropósito, disparate.

3. m. Psicol. Confusión mental caracterizada por alucinaciones, reiteración de pensamientos absurdos e incoherencia.

Diccionario de la Real Academia.

Soy culpable de no prestar demasiada atención ni de mostrar el interés que se me supone por ciertas cuestiones educativas. Precisamente esos defectos me llevaron no ha mucho a darme de bruces, otra vez, con la discusión sobre el Programa de calidad y mejora de los rendimientos escolares en los centros docentes públicos andaluces (primera Orden y su posterior modificación; presentación aclaratoria).

Pero no se me asusten, que no vengo a dar la matraca con la defensa de mi postura; entre otras razones porque no creo tenerla. Y es que es muy difícil a estas edades contrariarse a uno mismo y convertirse en hombre claro y radical en sus principios. Si el discreto lector busca esa claridad, con total seguridad la encontrará en esta Red de todas las opiniones, en una línea y en su contraria. Lo mío, en cambio, es mirar el toro desde la barrera, no mojarme, si es posible, y evitar de ese modo un resfriado que con tanta gripe extraña puede complicarse.

Y con esas intenciones me planté en la reunión anual para votar la adhesión o no de mi Instituto al programa en cuestión. Fue interesante, qué duda cabe, porque ahora que la discusión y el debate han desaparecido de los claustros, son muy pocos los asuntos que enervan al personal y hacen brotar una chispa vital que parecía irremisiblemente perdida. Llamadme cínico si gustáis -aunque preferiría que me llamaseis Ismael, evidentemente-, pero nada más que por este efecto creo que debe ser bienvenido cada año el debate sobre la cuestión.

Entre los partidarios de una u otra postura creo ver actitudes cercanas al delirio, y cada año que pasa me parece percibir que se agudiza el disparate. El primero de esos delirios, sin lugar a dudas, es el hecho de que cada año deba votarse la adhesión al programa, caso de que no se haya aprobado en el pasado. Una y otra vez los claustros que se han negado a participar tienen que responder con un sí o un no. ¿Hasta cuándo? La repetición digna de Sísifo no me parecería incorrecta si se produjese también en el caso de respuesta afirmativa, pero no es así. Una vez alcanzado el sí, ya se puede descansar. Se dice que la razón de la votación anual se debe a que los claustros cambian, las personas evolucionan en sus ideas y todo fluye, en definitiva. Ese argumento es precisamente el que podría aplicarse en el caso de un centro que se hubiese acogido al Programa de marras y cuyos integrantes no estuviesen satisfechos con los resultados o con la marcha del proyecto. Sería estupendo que la Administración, tan atenta a la evolución de las conciencias, dejase una puerta abierta al arrepentimiento.

Un segundo delirio es el que se manifiesta en las condiciones de la votación. El Programa debe aprobarse por mayoría de dos tercios del total, como es obligado en un compromiso de tanta envergadura y calado. El problema se plantea después, ya que sólo participará el profesorado que se comprometa individualmente con el proyecto. Si es, por tanto, una decisión e implicación personal, ¿por qué se pide opinión a quienes pueden no estar interesados en su participación? ¿Por qué una minoría no dispuesta impone su opinión, en algún caso, a una mayoría? Sinceramente, no me parece lógico, por mucho que se argumente que un proyecto de tal enjundia pondrá de manifiesto las diferencias entre el profesorado de los centros. Ya somos mayorcitos para asumir las consecuencias de nuestras decisiones y no negarse a algo porque pondría en evidencia nuestra actitud.

La tercera situación delirante no es achacable a esta Orden, sino a la ley que rige las actuaciones del funcionariado: no está permitida la abstención ni el voto en blanco ni, evidentemente, el nulo; existe la obligatoriedad de tomar partido, hecho que me incomoda sobremanera. Parece como si el Legislador hubiera interiorizado de tal manera la obra lírica de Gabriel Celaya que quisiese traer a las aulas su terrible maldición

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Y la obligación de votar a favor o en contra lleva irremisiblemente a la fractura. Por un lado quienes se autoproclamaron en su día defensores de la dignidad docente y por otro los que, al parecer, son indignos profesores y profesoras por pensar que el Programa de Calidad podía o puede ser una opción tan válida como cualquier otra. ¿Es o no un delirio que alguien se sitúen en una posición de superioridad moral? Lo cierto es que me siento incapaz de valorar las razones de unos y otros, quizás a causa de la educación religiosa que uno lleva en su mochila: no juzguéis y no seréis juzgados.

Lo mío es lo del escribiente Bartleby: preferiría no hacerlo. Preferiría no votar; preferiría no opinar; preferiría que cada cual obrase según sus ideas y no según las que imponga la Administración o la Contra-Administración; preferiría no escuchar a nadie calificándose como más digno que otro. Sin embargo, no parece posible.

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2 comentarios en “Delirio

  1. Talibanes de una u otra postura te los encuentras en todos los claustros, y si bien es cierto que la contrapartida económica es una excusa perfecta para hacerse el digno, no menos lo es la excusa del progreso y del cambio frente al oscurantismo. Lo que pasa es que este último argumento fue manejado por los adalides de la “revolución (quise decir reforma) permanente”, ahora instalados en pingües destinos, y claro, cuela menos.
    En ambos frentes hay más hipócritas que fanáticos, y conste que tengo mi opinión bastante clara… hasta que me levante mañana.

  2. El proyecto Escuela 2.0, sobre el que tengo mis más y mis menos, ¿no crees que acabará con estas votaciones?

    ¿Será el delirio sustituido por la imposición? El horizonte es confuso.

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