Y, al fin, Bérgamo

Hay en Bérgamo un pequeño aeropuerto al que llegan riadas de turistas que viajan en vuelos de bajo coste. No muchos son los que se deciden a pasar unas horas en la ciudad. Lo habitual es que desde el mismo aeropuerto tomen los autobuses que llevan a Milán o Brescia. Pero quien renuncia a esta hermosa ciudad comete un serio error.

En primer lugar debe tenerse en cuenta que Bérgamo son dos ciudades. Una, la baja, es moderna, limpia y despejada, repleta de tiendas de moda, estilosa, se diría. La alta, en cambio, es medieval, tortuosa en sus callejones, hermosa como pocas, tranquila y pacífica: irrenunciable.

El autobús que lleva al aeropuerto dejará al viajero en la estación de ferrocarril. Desde allí puede pasearse por el Viale Papa Giovanni XXIII y seguir después por el Viale Vittorio Emmanuele II hasta llegar a la estación del funicular que conduce a la Cittá Alta.

A lo largo de este largo paseo (también hay autobuses que llevan directamente al funicular) se puede disfrutar del Bérgamo actual de las tiendas de lujo, como si se tratase de un Milán reducido y mucho más limpio; pero también de la ciudad del s. XIX y de las primeras décadas del XX: arquitectura modernista, plazas, jardines, museos y el teatro Donizzetti, una de las glorias bergamascas.

Pese al atractivo de la ciudad baja, lo más interesante de la localidad está más arriba. El funicular no solamente asciende a lo alto de un monte, sino que nos lleva en un viaje temporal que va de la actualidad a la Edad Media. En cuanto se desciende del vagón, se percibe que algo ha cambiado

Un reloj de sol recibe al viajero del tiempo para indicarle que, aunque pueda ver algún signo de contemporaneidad, lo cierto es que ya ha abandonado su época.

A partir de ese momento, el paseante, a buen seguro, se perderá entre callejuelas empedradas, portales de piedra y balcones llenos de flores hasta que el azar lo arroje a la plaza principal de la localidad, donde de nuevo el tiempo se convierte en protagonista por obra y gracia del reloj de la torre:

Desde esa plaza podremos acceder a la pequeña, aunque sorprendente catedral y a la capilla Colleoni, aneja a la misma.

La sorpresa exterior puede deslumbrar al viajero, pero no más que la explosión verde de la decoración interior del templo.

Las bóvedas decoradas no son las únicas sorpresas que la catedral de Bérgamo ofrece al turista. Si se rodea el templo, puede disfrutarse de la hermosura de su construcción románica.

Y al terminar la vuelta completa al edificio, otro nuevo salto temporal lleva más atrás en lo medieval por medio de una pequeña ermita que aguarda la visita de los escasos turistas que por aquellos lugares se dejan caer.

Embutida entre construcciones más recientes, la pequeña y antigua iglesia se yergue orgullosa para retar a la catedral contigua que quizás quiso acabar con ella. Hoy conviven en estrecho espacio; la más grande y joven oculta a la vieja, pero no ha podido hacerla desaparecer. La belleza de las piedras desnudas de sus paredes sigue compitiendo con el esplendor verde de la nueva, y esa simplicidad de formas las acaba igualando a los ojos del paseante.

Hay  más que ver y sentir en Bérgamo: el castillo que domina el valle y la ciudad toda, el monte de San Vigilio, donde las gentes adineradas han labrado sus palacios a lo largo de los años, los miradores, los campanarios que resuenan a lo largo de toda la jornada, la buena comida, las voces de los niños que corren como diablos por las calles empedradas. Pero la imagen que guardo de la ciudad siempre será de alguno de los lugares que están en el entorno de la catedral. Es tan poderosa la atracción del lugar, que quien esto escribe no pudo evitar detenerse un instante junto a a sus compañeros de viaje, a la caída de la tarde, para intentar componer unos versitos que hablasen del lugar. El resultado, estos sáficos:

En la llanura donde el verde sueña
una ciudad, una campana rompe
la tarde quieta sobre el monte umbrío:
Bérgamo duerme.

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