Gusanos

En torno a las cuatro de la tarde el sol comienza a azotar con fuerza inmisericorde la ventana de la cocina e inflama toda la habitación en una fiesta salvaje de luz, calor y pereza. Los gusanos, que viven en el estrecho mundo de su caja, se remueven asfixiados por la repentina subida de temperatura y buscan en los ángulos sombreados el frescor que el centro les niega. No es momento para alimentarse con las hojas de morera jugosas que forman un pequeño montículo de sabrosos placeres. Se hace necesario huir del alimento, interrumpir el crecimiento y ponerse a refugio de un astro capaz de disolver los cuerpos en jugos amarillentos y pestilentes. Hay que aguantar el tipo un par de horas hasta que el rumbo solar vuelva a dejar en sombra el limitado universo y la alimentación desenfrenada que conduce a la metamorfosis y la muerte se convierta de nuevo en actividad frenética.

Esas horas eran las preferidas por ella para observar las pequeñas criaturas. Le gustaba mirarlas en su quietud, inmóviles en las pocas zonas en sombra mientras fumaba un cigarrillo tras otro. “Me relaja”, decía, “ver los gusanos, intentar sorprenderlos en su crecimiento. Es como contemplar el fluir del tiempo y el advenimiento de lo inevitable”.

Hacíamos bromas sobre su pequeña manía, le preguntábamos cada vez que nuestra actividad nos llevaba a la cocina: “¿Ya han mudado la piel? ¿Se mueven? ¿Han formado la crisálida?”. Ella siempre contestaba sin acritud, sin dar importancia a la ironía malintencionada de quienes no comprendíamos y despreciábamos las horas de observación paciente. Hoy se me hace evidente que no le importaban lo más mínimo nuestras opiniones, ya que ella se orientaba hacia horizontes que nos eran incomprensibles. Me arrepiento de no haber sido un observador paciente de quien escrutaba la vida de los gusanos. Quizás, si lo hubiese sido, habría entrevisto los signos del cambio que se operaban en su fisonomía y que no eran más que síntomas de una transformación espiritual más profunda inapreciable a simple vista. Solamente cuando dejó de hablar nos dimos cuenta de que algo había sucedido y que la razón de ser de dicho cambio estaba relacionada de una u otra manera con los gusanos de la caja de la cocina.

Pero entonces ya era demasiado tarde. Los acontecimientos se precipitaron y en pocas horas del silencio pasó a una inquietante inmovilidad. Anduvo un tiempo olisqueando rincones hasta que encontró el que, al parecer, cubría sus expectativas. Desde luego, yo no hubiera escogido el mismo, pero supongo que la cuestión de los rincones es tan personal como cualquier otra, y la luz que unos gusta a otros molesta.

Como decía, acabó recostándose en un rincón de la casa, el más umbrío y apartado, abrazándose las rodillas como quien se aferra al leño salvador del naufragio. La cabeza, sin embargo, no la hundió entre sus brazos, como cabría imaginar, sino que la mantuvo levantada, con los ojos bien abiertos en dirección a un invisible punto en la pared. Y allí quedó silenciosa e inmóvil.

Acepto que la historia resulta conocida. La similitud con el drama de Gregorio Samsa es evidente, pero ¿qué puedo hacer? ¿no contarla? ¿llevar en secreto nuestra pequeña tragedia? Durante algún tiempo tomé esa determinación; no obstante, el silencio y la ocultación eran como un bocado en el alma. Además, se me planteaba un problema de no fácil resolución: ¿cómo justificaría su ausencia?

Por ese motivo me he decidido a luchar contra mis vergüenzas literarias y me he sumergido en una inconexa y deficiente narración de los sucesos, arriesgándome a la burla del lector y exponiéndome al desprecio que todo plagiador merece. Sin embargo, pienso que no deben llevarse a engaño, pues este texto no es una vulgar copia de Kafka. ¡Ojalá fuese capaz de acercarme al menos a su capacidad para retratar ambientes opresivos! No, no soy capaz, reconozco mis deficiencias. Este relato no es un plagio, sino rigurosa verdad, acta de unos días extraños que cambiaron nuestras vidas sumiéndolas en la incertidumbre.

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