El lector

Cada mañana repetía el mismo circuito rutinario: despertador, baño, desayuno, cigarro, baño, ducha y cigarro. Todo medido, sopesado. Increíblemente, cada una de las actividades matinales ocupaba siempre el miso tiempo, de modo que a las siete y veinticinco minutos de la mañana de todos los días se encontraba en disposición de iniciar una jornada que le llevaría hasta las dos de la tarde y que, tras una breve siesta, continuaría hasta ya entrada la noche.

Era lector por convicción y vocación. A cambio de nada. No leía para una editorial, ni para un periódico o revista. Lo hacía para sí mismo: libros de viajes, historia, algo de literatura, temas sevillanos, arte. Lector por disfrute personal, pero también por condena. Condenado a leer y leer página tras página, guste o no guste, sin ningún objetivo, como si de una obsesión se tratase. Por sus manos y ojos igual pasaba la Nobleza de Andalucía de Argote que La ciudad automática de Julio Camba, El código Da Vinci que los Cantos de vida y esperanza del divino, vital y angustiado Rubén.

No discriminaba mucho, bien es cierto, porque tenía fe ciega en el libro como tal, al margen de su contenido. Decía que de todo se aprendía, que en el peor texto uno podía encontrar la respuesta a esa pregunta que martilleaba en las sienes, como un péndulo, de uno a otro lado, obsesiva e impertinente. Y citaba situaciones de su propia vida, ya larga: gracias a Fernández y González, decía, me surgió el interés por don Sebastián y eso me llevó a Camoens y, fíjate en lo que te digo, al Mensagem de Pessoa ¿A que no te lo podías imaginar? Por eso hay que leer El pastelero de Madrigal, para acabar sumergido en el Pessoa último; ese es el camino, pontificaba instantes antes de dar una gran bocanada de su cigarrillo. Al igual que ésta solía exponer muchas rutas de lectura, como las llamaba, vericuetos, atajos o rodeos por los que llegar a nodos indispensables, si es que en el mundo de la palabra hay algo que lo sea. Según su forma de ver las cosas, tan indispensable podía llegar a ser lo bueno como lo malo, Fernández y González como Pessoa, ya que ambos confluían de una u otra manera y, por supuesto, tenían un hueco reservado en la cabeza y el tiempo del Lector.

Amaba la poesía, aunque no toda. Le gustaba leer un poema, colocar después la mano sobre el mismo y levantar la mirada para fijarla en los árboles que intentaban volar por encima de la tapia del cuartel que había frente a su casa. Si estabas allí, leyendo o brujuleando entre sus libros, en silencio, y asistías a esa especie de trance poético, no podías sino imaginar que a través de sus manos seguía leyendo insistentemente el mismo poema, como si le penetrara el cuerpo por capilaridad. La situación duraba tan sólo unos segundos, pero eran tan intensos que deseabas ardientemente algún día ser capaz también de parar la lectura y el tiempo para seguir leyendo con las manos, tocar el poema y hacerlo tuyo.

He de reconocer que no compartía sus mismos gustos líricos; de hecho, muchos de los autores por él divinizados representaban para mí perfectos ejemplos de poetas vacíos, ajenos al hombre y sus circunstancias, sonámbulos de la palabra bien dicha, perfectamente esculpida. Hoy mi opinión ha cambiado y reconozco el valor, no ya técnico, sino incluso existencial, vivencial, de esos poemas disfrutados desde la mirada y el tacto. No sé si sabré explicarme, pero para mí representan como un oasis, un remanso en el que todo encaja por un instante, engarce perfecto de concepto y forma, ritmo. Son poemas que me hacen pensar no en lo que explícitamente se dice en ellos, sino en lo que implican, en cómo un hombre renuncia a todo cuanto le rodea para glosar, por ejemplo, el florecer de la madreselva o el broncíneo sonido de las campanas de San Clemente. Y por un momento, el que dura la lectura sumado al tiempo que puedes retenerla en la cabeza, el aroma de la madreselva te embriaga y hace perder sentido a las circunstancias, todo parece encontrar justificación en ese punto de olor.

Se me antoja que algo similar a lo descrito debía sucederle al Lector cuando entraba en sus estados de trance poético. También pienso que se sentiría como globo reventado al salir de los mismos: un claxon en la calle, un vecino moviendo una silla, alguna visita, antes silenciosa, que decidía dejar de serlo y comentar con él alguna vacuidad de esas que siempre tenemos en los labios dispuesta para romper situaciones que juzgamos embarazosas, el vuelo de un moscardón. Si lo interrumpías, nunca te hacía sentir culpable de la muerte del momento, sino que achacaba lo que llamaba ausencias a su vejez o a alguna vaga justificación médica de índole circulatoria. Lo cierto es que, ahora que pienso en sus comportamientos con más tranquilidad, era la suya una actitud de admirable sacrificio que yo no sé si sería capaz de imitar: por nada del mundo perdonaría a quien me robase un momento de placer como los que él disfrutaba, supongo. Por otra parte, me parece que no le importaba demasiado ser expulsado violentamente de sus trances lectores porque era consciente de que volvería a tener otras oportunidades, se conocía muy bien y sabía que no llegaba a ellos por azar, sino gracias a una técnica que dominaba a la perfección. Es una lástima que muriese sin explicarme los ejercicios necesarios para llegar a la lectura profunda.

Como habrán comprobado a estas alturas, no soy escritor y no poseo, por tanto, el secreto del orden y la gradación. Emborrono estas páginas para no olvidar ciertas cosas y para que los que me son cercanos las conozcan desde mi perspectiva. Este hecho es el que explica que vaya dando saltos de una idea a otra, de un momento a otro, para componer, espero, un retrato caleidoscópico del Lector, una imagen de su persona en la dimensión que mejor lo definió y que tanto tuvo que ver con su muerte. Mi decisión de presentar al personaje a través de fotos fijas tomadas con la cámara de las palabras me obliga a no agotar las impresiones, dejando en vuestras manos la posibilidad de ampliarlas, de extender el relato, si es que es tal, más allá de la frontera de estas páginas. Por este motivo, ruego perdonéis saltos en la redacción que pueden parecer desconcertantes a primera vista, pero que son fruto de la acumulación de imágenes que de la vida del Lector se me agolpan en la cabeza. Algunas de ellas provienen de la observación directa, mientras que otras tienen su origen en lo que he visto, oído e, incluso, imaginado a lo largo de mis años.

*****

El Lector gustaba, de vez en cuando, de presentar su biblioteca, que era su forma de denominar a hablarle a alguien de sus libros. Todavía recuerdo, siendo un imberbe estudiante de Filología, el día en que decidió llevarme al umbral de su mundo para acompañarme en los primeros pasos de la queste de los libros.

Me había presentado en su casa con la intención de charlar un rato con él sobre el loco Amaro y sus sermones, un interesantísimo personaje del Siglo de Oro sevillano sobre el que nos habían hablado días atrás en la Facultad, presentándolo como un ejemplo real del tópico del loco que dice verdades como puños que tanto juego había dado de Erasmo a Cervantes. En seguida, el Lector me sacó una edición reciente de los Sermones preparada por Carlos Ros y, como una cosa lleva a la otra y el tiempo entre libros parece que vuela y se detiene al mismo tiempo, acabó sacándome unas cajas llenas de sermones, opúsculos jocosos, pliegos de cordel, florestas líricas, material vario que había ido adquiriendo en puestos de viejo a lo largo de sus ya muchos años.

Yo me sorprendía ante cada nuevo papelote. En ocasiones, la sorpresa era verdadera y mis ojos, es de creer, lanzarían destellos de felicidad; pero he de reconocer también que en otros momentos la educación y el respeto debido a las canas era lo que me hacía maravillarme ante lo que me mostraba.

– ¿Nunca te he presentado a mi Biblioteca, verdad? -me dijo de pronto.

Le respondí que no había tenido aún el placer de una presentación formal, aunque bien era cierto que ya me había asomado a ella en numerosas ocasiones, espiándola con la intención de conocer sus secretos.

– Pues hay que solucionarlo. Y pronto, que ya tienes edad y conocimiento.

Acto seguido puso su mano en mi hombro y me empujó suavemente hacia el interior de las fauces del león dormido que era su habitación de libros. Despejó una bonita mesa de taracea que ocupaba el centro geométrico de la sala y me miró a los ojos.

– ¿Por dónde quieres comenzar?

Lo cierto es que no supe qué contestar y sus ojos pardos de miope se clavaron en los míos haciéndome sentir el hombre más culpable del mundo. No sabía por dónde empezar el viaje hacia los libros; no era capaz, siquiera, de establecer un rango de preferencias.

– Literatura o así. -Le contesté para salir del paso.

– ¡Pues no has dicho nada! -sonrió- ¡Literatura o así! ¡Qué lío!

Me dio la espalda y se dirigió hacia la primera de las estanterías, la más cercana a la boca de entrada. Se agachó y del primer anaquel, con mucho trabajo, extrajo un grueso volumen de gran tamaño que transportó hasta la mesa y abrió por su primera página.

– Caballero, le presento a don Orlando, hombre furioso donde los haya, héroe de acción.

Me acerqué lo más que pude al volumen, hasta que fui capaz de respirarlo, porque los libros viejos pueden leerse, sí, pero sobre todo pueden y deben tocarse y respirarse para hacerlos tuyos verdaderamente. No era una edición muy antigua, aunque entre sus bondades contaba con unas extraordinarias ilustraciones de Gustavo Doré que ampliaban significativamente el ya de por sí magnífico texto de Ariosto. Lo hojeé durante un buen rato, leí pasajes, me detuve en la recreación gráfica de la historia, escuché el crujir de sus páginas al pasar. Leí con la vista, con el tacto y con el oído. Mientras tanto, sinceramente, no sé qué hacía el Lector. Sé que seguía junto a mí, escorado hacia el lado de su pierna dañada, figurando ser uno de esos buques heridos mortalmente que consiguen escapar del epicentro de la batalla y buscan en puerto amparo a su precaria situación.

Al cabo de un buen rato, el Lector volvió a dar señales de vida y me preguntó si quería continuar con el rito y si ya tenía mas claro a quién deseaba conocer.

– Preséntame a Gustavo Doré. -Le solté casi sin pensar, entrando definitivamente en el juego.

El lector sonrió.

Esa tarde la pasé en compañía de Dante y de Milton, de Ariosto, de Esopo, Zorrilla, Cervantes. Fue una agotadora jornada de presentaciones librescas, de sensaciones, de tactos. Libro tras libro, disfrutándolos.

– Tengo que leerlos en estas ediciones. -Le hablé casi ordenando, sin poder apartar la mirada de las palabras.

– Por supuesto. -Me contestó.

El hombre escorado, el buque que había encontrado entre los estantes un puerto de refugio, sonrió de nuevo.

Días después volví a su casa con la intención de seguir conociendo los secretos de la habitación. El Lector me sorprendió diciendo que con una sesión de presentaciones era bastante y que yo solo me podía sumergir entre tanto papel y letra, que ya había aprendido la primera clave de la lectura. No supe muy bien a qué se refería, pero no me importó demasiado. Entré en el mar de libros apilados en anaqueles, sobre sillas viejas, formando pequeñas torres que se elevaban desde el suelo, y me dispuse a buscar, tocar y leer.

He repetido la visita en muchas ocasiones. Iba a la casa del Lector no ya a encontrar obras nuevas, sino más bien a leer las ya conocidas. Allí disfruté como nunca en mi vida con las aventuras de don Quijote y Sancho en una bellísima edición de 1905, allí asistí a la muerte de Concha y al dolor del Marqués de Bradomín en la edición de La Novela Semanal, reí con Fernández Flores, me salió el sevillano que llevo dentro, muy dentro, en los versos de Murube y Collantes. Creo que entre aquellos libros comencé a amar la Literatura por encima de todas las cosas, empecé a comprender a mi modo el verso de Blas de Otero: cuando todo lo haya perdido, cuando lo haya intentado todo y haya fracasado, en esa situación, aún me quedará la palabra, la mía y la de otros. Sobre todo la de otros. Los libros.

*****

No hace mucho que el Lector murió. Fue la suya una vida larga y tranquila hasta cierto punto. También triste, porque vio morir a demasiada gente a su alrededor: padres, hermanos, esposa, sobrinos, amigos. Es lo que tiene vivir muchos años, que tu mundo se desmorona y eres testigo de su ruina, aunque también es verdad que tienes la posibilidad de asistir al nacimiento de un orden nuevo. Aunque fueron muchos sus años, lo fueron aún más los vividos en su imaginación libresca, porque el tiempo se dilata para quien vive en otros, para quien lee.

Tras su muerte nos llegó el turno a los desmontadores. Había que vaciar la casa, preparar los objetos, sus cosas, para el reparto. Algo desagradable, sin duda, tener que partir en pedazos los signos de toda una vida. Desmontar, agrupar en lotes, repartir, suponía, en primer lugar, hurgar entre lo que guardó, lo que anotó y lo que compró. Y suponía también opinar sobre dichas acciones aunque no quisiéramos hacerlo. Es inevitable preguntarse por qué guarda una persona en una caja un montón de sobres vacíos de esos que envían los bancos con los últimos movimientos de la cuenta corriente, por ejemplo. Y opinas: que si estaba viejo, que si son restos de mezquindades propias de tiempos pasados.

No es justo que después de morir vengan tus parientes a husmear entre tus cosas. Pienso ahora en lo que es mi habitación, abarrotada de papelotes, libros, cuadernos en lo que escribo a veces cualquier cosa que pasa por mi cabeza y cazo al vuelo. ¿Qué derecho tiene nadie a meter sus narices en esos cuadernos? Pero a pesar de pensar de esta manera, husmeé en lo que quedaba de la vida del Lector como un hurón perfectamente adiestrado por la naturaleza. Revolví, cambié de sitio, clasifiqué e inventarié, diseccioné lo que todavía latía entre los objetos que le pertenecieron y, mientras lo hacía, casi me olvidé de su persona, casi me olvidé de que había muerto. Llegué incluso a enfadarme y a discutir con él porque no compartía su misma visión sobre algunos episodios capitales de su vida, como si tuviera derecho a enjuiciar a toro pasado aquello que otra persona había sufrido en sus propias carnes.

El Lector guardaba muchísimas fotos, todas ellas anotadas en su reverso con la fecha, lugar, personas y motivo de la misma. Con las anotaciones del Lector podríamos perfectamente hacernos una idea cabal de su visión del mundo en algunas cuestiones, ya que destilaban en pequeñas dosis una ideología que rara vez explicitaba.

En una instantánea en la que aparecía vestido de militar junto a un pequeño grupo de soldados anotó:

“Agosto de 1936. Movilizado con motivo de la revolución comunista.”

Es la percepción que una de las dos Españas tenía de los acontecimientos. Desconozco en qué momento escribió estas frases, pero poco importa. Más interesante me resulta, sin embargo, intentar comprender cómo encaja esa sencilla anotación con el pensamiento que subyace en su biblioteca. No es fácil entender a una persona que habla de revoluciones comunistas que nunca existieron y que guarda entre sus libros obras de Américo Castro, por ejemplo, o la primera edición que de los Sonetos del Amor Oscuro de Federico publicó el diario ABC en los primeros años ochenta.

Por otra parte, no creo haber escuchado nunca comentarios políticos en boca del Lector. Es cierto que en su casa podías encontrar un bustito de Franco confundido entre un sinnúmero de objetos, alguna banderita rojigualda, libros de Agustín de Foxá, fetichismo de ultraderecha variado, pero su verso, parafraseando a Machado, siempre brotaba de manantial sereno. El último tramo de su vida, que es en el que yo pude asomarme, fue una época en la que la política no era para él una prioridad, porque muchas otras cuestiones ocupaban su interés. Siempre he creído que la Guerra marcó un antes y un después en su vida como en la de todos los que la sufrieron, y que tras ella el Lector quiso olvidarla o, al menos, darle un tratamiento de objeto narrativo. Relataba sus experiencias como quien cuenta una historia de ficción sin haber sufrido en sus propias carnes la mordedura ardiente del metal. Su cuerpo, qué duda cabe, negaba esa impresión y, si eras capaz de salir del relato del rapsoda y mirabas al narrador, veías su cuerpo lacerado y escorado y caías en la cuenta de que el protagonista del hecho era el mismo que lo estaba narrando en ese momento.

Nunca he sabido cuál fue el orden real de los sucesos que narraba. A lo largo de muchos años le he oído hablar de un disparo que impactó en su pecho y de una moneda salvadora, le he escuchado contar y no parar sobre la dureza de la campaña de Ronda, de cuando fue herido en las cercanías de Pozoblanco, de un tiro de gracia que en verdad lo fue, porque no llegó a acabar con su vida por milagro. También he visto fotografías que me siento incapaz de ordenar en el tiempo, imágenes del oficial herido en silla de ruedas y del oficial a caballo con su compañía. Historias, anécdotas sin orden ni concierto: su vida en un caleidoscopio.

Ahora, tras su muerte, me encuentro con un cúmulo de rastros y fragmentos de vida que me siento incapaz de ubicar, una casa repleta hasta rebosar de restos de la Guerra, de la Exposición Iberoamericana del 29, de la Posguerra; llena de souvenires de viajes recientes que se confunden con expediciones de los años cincuenta, cuando el viajar era todavía una noble acción que se llevaba a cabo sin prisas, sin agobios, sin un programa de eventos estricto y prefijado. Una casa, en definitiva, que es toda una vida, registrada y etiquetada, guardada en sobres y pequeños paquetitos según una pauta que, por desgracia, solamente conocía el propio Lector.

*****

Páginas atrás he aludido al hecho de que su condición de lector tuvo bastante que ver con su muerte. No me refiero con ello a que fuese un hecho determinante, ni mucho menos, aunque sí lo suficientemente significativo desde mi punto de vista. Como dije al comenzar estas impresiones, el Lector leía cada día para sí mismo y sin ningún objetivo material. No opinaba explícitamente sobre sus lecturas, ni tan siquiera si le preguntabas directamente. A lo más que llegaba era a entregarte un libro, en el caso de que le pidieses algo para leer, o a decirte “ese no”, si escogías uno por tu propia cuenta y riesgo.

Tenías que estar muy pendiente de sus gestos para adivinar si la lectura que acababa de terminar le había satisfecho o no. Alguna que otra vez he asistido como espectador al pequeño rito de cierre de lectura. En ocasiones cerraba el libro con un breve golpe seco, chasqueaba la lengua de manera casi inaudible e, inmediatamente, se levantaba de la butaca para abandonar el ejemplar en algún lugar de su biblioteca. Otras veces, en cambio, su actitud era algo diferente: cerraba el libro despaciosamente, sin emitir el más mínimo ruido, y lo depositaba con cuidado sobre la mesa camilla del salón. Allí quedaba el volumen formando parte del mobiliario más cercano mientras el Lector lo contemplaba. Había disfrutado con su lectura y se resistía a arrojarlo al mar del olvido en que por obligación y necesidad se convierten los anaqueles.

Unos días antes de su muerte, justo cuando se desencadenó todo el proceso, fui a visitarlo. Hacía años que no entraba en su casa y me sorprendió que todo siguiera más o menos igual, como si no hubiera pasado tanto tiempo. Aquello parecía una especie de cápsula de tiempo si no fuera porque el Lector, ese día, apenas podía moverse y reposaba en su butaca con la mirada perdida en la pared del frente. No tenía un libro en las manos ni sobre la mesa. Se notaba claramente que hacía días que no entraba en la biblioteca, en la que se acumulaban sobres con correspondencia bancaria, paquetes si abrir con pedidos de libros, polvo y suciedad, bolsas de plástico caídas en el suelo. No sé cuántos días llevaría con la mirada atenta a la pared, pendiente de lo que por ella pasaba: luces y sombras, reflejos, proyecciones mentales. Es posible que os parezca una estupidez, pero recuerdo que pensé que el Lector estaba leyendo esa pared, que no quería perderse ni una palabra de un texto que solamente él podía ver.

Intenté hablarle, pero a duras penas pude arrancar de sus labios breves monosílabos. Así pasamos un rato. Me senté a su lado y lo estuve contemplando un rato, intentado también leer en su rostro una señal, algo que me indicase su estado, lo que pasaba por su cabeza. Al cabo de un buen rato, el Lector chasqueó la lengua, dio un pequeño golpe con su mano derecha en el brazo de la butaca, me miró y dijo:

– Ya está. El final lo conozco.

Sonreía.

A partir de ese momento todo se desencadenó. Llegó más ente a la casa y entre todos lo vestimos, lo metimos en un coche y lo llevamos al hospital. Murió a los pocos días sin decirme cuál era ese final que ya conocía. Lo cierto es que, a esa altura de la historia, ya era innecesario.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s