De las zapatillas y el tiempo

No dejan de sorprender las tendencias en moda. Ni soy experto en el asunto ni lo pretendo ni me interesa en exceso, que lo del "torpe aliño indumentario" aplicado a mi persona resuena en las cercanías del halago. Pese a todo, esta mañana me he sorprendido mirando los pies de un buen número de personas de mi entorno cercano y, sin querer, una idea llevando a otra, he acabado meditando un buen rato sobre el calzado deportivo y llegando a la conclusión de que dos son las prioridades en este tipo de prendas: comodidad y seguridad. Sin embargo, resulta llamativo el uso que de las zapatillas deportivas hacen ciertas personas en aras de la consecución de un estilo casual perfectamente medido, casi aritmético. Resulta inquietante.

Antes que nada quisiera anotar como con paso firme han regresado a la primera línea de la moda diaria las zapatillas de lona con cordones. Parecen haber robado el protagonismo a inventos tan increíbles como el velcro, a materiales tan nobles como el cuero y tan vanguardistas como los sintéticos, con o sin cámara de aire. Sea por lo que fuere, muchas personas han vuelto a enfundar sus pies en humildes bambas o en botas tobilleras de esas que tanto nos gustaban cuando éramos felices, indocumentados y estábamos corroídos por una envidia cochina nacida de un desajuste social todavía no superado a finales de la década de los sesenta. Recuerdo aún con lágrimas en los ojos cuánto deseé en aquellos días calzar unas botas John Smith, así como la frustración y vergüenza que me inundaba al mirar mis pies envueltos en baratas imitaciones hispanas, restos de un país autárquico.

A causa de estos recuerdos, me gusta el regreso de la lona. Me tienta hoy volver a flotar sobre el suelo de manera similar a como un día lo deseé. Llámenme rencoroso si quieren, pero lo entiendo como un pequeño ajuste de cuentas con el pasado. No obstante, creo que al final no me decidiré a sumergirme en esta marea de moda por no quedar marcado con rotulador indeleble por quienes me rodean.

Y es que no me veo capacitado para anudar las zapatillas como al parecer hay que hacerlo, si es que se quiere seguir los dictados de la tendencia. Observando con atención a los nuevos usuarios percibirán con claridad que no puede en ningún caso ocuparse con los cordones la totalidad de los agujeros de la prenda en cuestión. De hecho, no sería correcto superar la mitad de los mismos, permitiendo así que la solapa protectora del pie adquiera una suave curvatura y muestre a quien observe con paciencia el envés de la pieza.

Convendrán conmigo que esta obligatoriedad dota de apariencia informal a quien usa el zapato, pero resta funcionalidad al mismo. Las propiedades que señalé al comienzo de estas líneas se ven seriamente comprometidas. El pie no queda sujeto firmemente y oscila de babor a estribor en movimiento acompasado que es consecuencia del andar. Queda expuesto a torceduras y también al extravío del propio calzado, con todo lo negativo que de ello pudiera derivarse.

Por otro lado, la comodidad, uno de los principales atractivos de estos borceguíes contemporáneos, prácticamente desaparece. No es posible calzar casi recién levantado de la cama, tirar de los extremos de los cordones, ajustar la solapilla para evitar incómodos roces y simplemente anudar. Se hace necesario medir, regularizar la porción de cordón que ha de mostrarse, ocultar la lazada y contrariar la naturaleza de la solapa para que se muestre ante el ojo curioso e indiscreto en su justa dimensión. Tanto cálculo exige tiempo, dedicación y unas gotas de arte. Además obliga a realizar tareas de mantenimiento, pues cada cierto número de pasos habrá de recomponerse la relación entre las piezas móviles de la zapatilla y el pantalón que sobre ellas recae.

Creo que estas esclavitudes impedirán a buen seguro la generalización de la tendencia, reservándola exclusivamente para aquellas personas decidida y filosóficamente comprometidas con una apariencia descuidada, aunque sutilmente calculada. Los menos atentos a estos clientelismos, en cambio, seguiremos anudando visiblemente, ocupando la totalidad de los orificios y vegetando en las fronteras de la moda. Llega un tiempo en la vida en que no se puede ya torcer el camino y se impone la perseverancia en las direcciones vitales escogidas. En mi caso, he de aceptar que las zapatillas de lona pertenecen ya a una infancia de deseos insatisfechos. No tiene sentido recuperarlas como símbolo de lo que desapareció, sobre todo si es a costa de la comodidad y seguridad ganadas con tanto esfuerzo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s