De aqueos, troyanos, ordenadores y confusiones

¿A quién se le ocurriría llamar ‘troyano’ a ese software que se aloja en los ordenadores con la intención de extraer información y, en definitiva, vencernos en nuestro propio hogar? Evidentemente se trata de un error. En inglés, el nombre que recibe el incómodo visitante es Trojan Horse, es decir, caballo de Troya; lo que es más lógico y coherente con el episodio mítico. Sin embargo, aquí, en nuestra tierra, nos dio por ahorrar esfuerzos y tomar solamente la primera palabra. Consecuencia: se le ha dado la vuelta a la historia. ¡Por si era poca la desgracia de los pobres troyanos, encima los hacemos culpables de su propia destrucción y, de paso, de la nuestra!

Me llamaréis tiquismiquis, pero estas cosas me dan mucho coraje. No cuesta demasiado trabajo tener algo de cuidado con el uso que damos a las palabras, me parece. Supongo que Cabanillas y la gente de Chirón se subirán por las paredes cada vez que sus antivirus informan de la llegada de troyanos. Alguno, incluso, es posible que pensase la primera vez que Héctor había revivido para mostrarle al usuario el verdadero camino de la heroicidad: enfrentarse con la tecnología y con la maldad de quienes se refugian en ella con aviesas intenciones. Sin embargo, pronto se darían cuenta de que la realidad era mucho más cruel. No eran más que aqueos ignorantes camuflados bajo un disfraz que la inercia lingüística ha consolidado. Timeo Danaos et dona ferentes.

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