Amos Oz, La bicicleta de Sumji

Si tuviera que decir en una palabra de qué trata mi obra literaria, diría: familias. Si fuera en dos, diría: familias infelices. Si fuera en más de dos palabras, tendrían que leer mis obras.

Amos Oz.

Amos Oz

Este año 2007 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras fue concedido al escritor israelí Amos Oz. Como me suele suceder con casi todos los premiados, no había leído nada de él, hecho que comienza a preocuparme por la falta de actualización y selección de mis lecturas que supone. Pero en Literatura siempre es tiempo de ponerse al día, así que a principios de este verano visité a mi camello de libros y volví a casa con Una historia de amor y oscuridad y La bicicleta de Sumji. Ambas novelas -la primera más bien es una autobiografía- me han parecido deliciosas y han supuesto una fantástica experiencia lectora, pero fue la segunda la que más me interesó, no tanto por su importancia literaria, como por la rentabilidad que pudiera dar en el aula y la vinculación con mi propia experiencia personal.

Los profesores, creo, tenemos un terrible defecto que a veces nos lastra el disfrute completo de nuestras lecturas: pensamos constantemente en cómo podríamos llevar tal o cual obra al aula, en si un texto es idóneo para ser leido por adolescentes. La bicicleta de Sumji pienso que es una buena novela con la que presentarse en el arriesgado juego al combinar una lectura fácil y breve con unos mínimos de arte.

Se trata de una novela ambientada en el Jerusalem de los años cuarenta aún bajo Mandato británico. En ella, Amos Oz nos relata la breve historia de un episodio infantil en el que un niño va cambiando su bicicleta por otros objetos en una larga cadena.

Todo cambia. Mis amigos y conocidos, por ejemplo, cambian las cortinas del cuarto de estar como cambian de empleo, cambian de domicilio, cambian acciones ordinarias por bonos del Estado, o viceversa, y bicicletas por motos; truecan sellos, postales, monedas, los buenos días, ideas y opiniones; algunos intercambian también sonrisas.

El relato es todo un elogio del trueque, porque el intercambio -de objetos, de ideas, de emociones- es la base del funcionamiento social; o debería serlo, me atrevo a decir. La narración, es verdad, no atesora una acción trepidante ni una defensa explícita, clara e incontestable de valores recogidos en los diseños curriculares. Su interés reside, a mi juicio, en la mirada inocente del niño-personaje que no puede evitar cambiar sus posesiones en un espacio y un tiempo también cambiantes.

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