Ser niño

¡Qué bueno es ser niño!

En tu mundo, en tu imaginación, no cabe la duda sobre aquello que te dicen. Simplemente aceptas, y crees sin mayor problema porque no hay experiencias negativas previas y todo el mundo, todo lo imaginable, está aún por descubrir.

Pero creces y, con el tiempo, el mundo, la imaginación, se llenan de sospechas y de incertidumbre y de búsquedas de tres pies a los gatos que el azar arroja al paso. Somos ya adultos asediados por donde más nos duele. En nuestro mundo, en nuestras realidades ciertas o imaginadas, que tanto da, solamente hay dudas y sospechas y miedo y absoluta, completa, falta de certeza.

Sin embargo, algunas veces -más de las que creemos- los acontecimientos nos abofetean cariñosamente y nos recuerdan que hubiera sido más oportuno seguir siendo un niño ingenuo de esos que escuchan, creen sin mayor problema y siguen en sus juegos, felices y ajenos, construyendo en su imaginación tan sólo castillos habitados por princesas y asaltados por dragones condenados a la conversión o a la derrota final a manos de un héroe misterioso surgido de un bosque extraño.

Y es que, aunque no podamos creerlo, vivimos en un pequeño claro de ese bosque extraño poblado de criaturas dispuestas a empuñar la espada encantada con la que dar muerte al mal en cualquiera de sus apariencias.

Soy consciente de que los párrafos anteriores rezuman cursilería, pero es que también quisiera ser niño para ser cursi sin sentirme culpable. Hoy lo he logrado: soy cursi, soy niño, el dragón parece vencido y la princesa podrá despertarse de su mal sueño.

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3 comentarios en “Ser niño

  1. De cursi, nada, pero sí creo que idealizas la infancia…

    Los niños sufren miedos atávicos, pueden ser muy crueles unos con otros, tienen distinta noción del tiempo y su lento transcurrir puede ser casi tan insoportable como la velocidad cada vez más acelerada con la que parecemos acercarnos al final, e incluso pueden sufrir depresión y estrés como los adultos.

    Y que conste que los niños me enternecen y no sufrí ningún trauma en mi infancia, pero no me gustaría volver a ser niña. Tampoco he perdido la fe en las certezas de entonces… ¿Seré un bicho raro?

  2. No sabe usted cuánto me alegro de que el dragón se haya quedado esta vez con dos palmos de narices.
    Porque, sin querer contradecir a Leonor, que dice bien, la intensidad del alivio que vive un niño es una experiencia profunda que más adelente se contamina de recelo.
    Y creo que nuestro blogger debe de haber tenido un fogonazo de alivio de los gordos, por lo que se le lee.
    Lo acompaño en el (buen) sentimiento.

  3. Yo sufro episodios del síndrome de Peter Pan. Los que hemos vivido una infancia feliz es lógico que idealicemos esta etapa de nuestra vida. Aquellos que además vivimos la vida por el filtro de la literatura es legítimo que la literaturicemos.

    ¡Qué bueno ser adulto y decidir por momentos volver a ser un niño!

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