¿Dónde está la frontera cronológica de la adaptación literaria?

Emilio Fontanilla es profesor de Secundaria y, actualmente, adaptador de clásicos de la editorial Anaya. En una interesante mesa redonda en la que participó ayer mismo en el seno del curso ¿Qué leer en Secundaria?, organizado por el CEP de Sevilla, nos planteaba las tres modificaciones que acomete o puede acometer el adaptador de clásicos: la modificación del léxico, la modificación morfosintáctica y, en algunas ocasiones en que el tamaño del texto original lo justifique, la modificación del enunciado, bien por selección de episodios, reducción de los mismos, reordenación o, incluso, recreación y ampliación del original, como después matizó Agustín Sánchez, adaptador de la editorial Vicens Vices. Sin lugar a dudas, la mesa redonda de los adaptadores de clásicos fue muy interesante, no sólo por lo que en ella se expuso, que ya es bastante que quienes consumimos adaptaciones nos enteremos del proceso de creación de las mismas, sino también porque lo expuesto provoca nuevas cuestiones y reflexiones.

Actualmente, pienso que son pocos los docentes que niegan la necesidad de adaptar las obras literarias anteriores al siglo XVIII. Si queremos que los alumnos de Secundaria entren en contacto con nuestros clásicos en una lectura personal y autónoma, sería iluso, pienso, y hasta poco profesional por nuestra parte, colocarlos frente a un texto original plagado de un refrente, léxico y construcción sintáctica que les son completamente ajenos. Por supuesto, debe entenderse que en clase, con la guía del profesor, el discente sí se puede acercar a dicho texto de mano de las antologías pertinentes.

El problema se me plantea con la literatura posterior al Siglo de las Luces. ¿Es lícito adaptar las Leyendas de Bécquer o La Regenta, por ejemplo? El lenguaje de estos textos no parece lo suficientemente alejado del actual como para necesitar de una adaptación léxica o morfosintáctica más allá de lo que puede resolver una nota bien colocada; sin embargo, las Leyendas de Bécquer, pongo por caso, causan algunos problemas de frustración lectora entre el alumnado. ¿Habría que adaptar su lenguaje? Sinceramente, no sé qué decir. En el asunto de la extensión creo que lo tengo algo más claro: me encantaría que existiera en español una adaptación por reducción de La Regenta que me permitiese proponer la novela de “Clarín” como lectura a mis alumnos de 4º de ESO y lo mismo digo de otras maravillosas (y voluminosas) novelas del XIX. En otras literaturas, esta tarea de la reducción se acomete sin sonrojo de los adaptadores ni rasgadura pública de vestiduras por parte del profesorado. Y no pasa nada. Bueno, sí pasa: un buen número de personas saben quién es Ahab y son capaces de encontrar, por ejemplo, la deuda que Hemingway contrae con Melville en El viejo y el mar. Me gustaría que mis alumnos sufrieran con el drama de una Ana Ozores zarandeada por unas gentes sin escrúpulos, pero no puedo -no soy capaz- hacerlos chocar contra seiscientas y pico páginas porque soldado que huye vale para otra guerra, quiero decir, lector no frustrado, sigue leyendo (quizás) otras cosas.

A veces pienso que en España somos demasiado puristas cuando en ciertas cuestiones debiéramos ser más pragmáticos, más anglosajones. Ya escribió Don Miguel de Unamuno que Robinson le había ganado la batalla a Don Quijote, pero poca gente quiso oírlo. Seguimos luchando contra molinos de viento, cosa que está muy bien y es heroica y excitante, pero es probable que en determinados contextos, como es la Educación Secundaria, debamos hacer como Robinson Crusoe y adaptarnos a las condiciones de nuestra isla para sobrevivir y poder un día salir de ella, volver a casa y llevar con nosotros a Viernes.

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4 comentarios en “¿Dónde está la frontera cronológica de la adaptación literaria?

  1. Quizá haya que hacer algo con los “mamotretos recientes”, como sugieres. La Regenta es un gustazo leérsela íntegra cuando uno tiene una cierta edad, ya sea para recrearse con la técnica o simplemente por ver el retrato que va haciendo según de qué cosas. De hecho, muchos de esos novelones fueron concebidos por entregas, lo que implica una lectura no intensiva, mientras que en clase tenemos que forzar una lectura más intensiva (y cuando nos sale bien, “intensa”)

  2. Por cierto, ya que hablamos de lecturas: en la polémica de las adaptaciones suelo echar de menos un punto de vista: el lector -digamos- “histórico” (para no meter por medio a la Escuela de Constanza). El tipo (a veces “tipa”)que se sentaba a leer el Quijote, y antes el Amadís o el Tirante era alguien que, tras la caza o la comida, echaba un rato casi “de televisión”. Si Cervantes me hubiera visto echar, el fin de semana pasado, la mitad de la noche en terminarne una novela de Pérez Reverte, le habría puesto a su hidalgo unos años menos y un poco de barriguita cuarentona.
    A lo que voy: si quiero conservar el sentido de la obra, y el lector cambia, ¿debería retocar la literalidad del texto? Ya me callo, que creo que te estoy usurpando el blog.

  3. Lo que planteas creo que trasciende la adaptación y se acerca más a la versión o actualización. No es que esté en desacuerdo, pero pienso que sería otra cosa ya, casi obra nueva.
    Respecto a lo de los novelones, tienes toda la razón: El Conde de Montecristo, por ejemplo, es una magnífica novela escrita y pensada para ser leída en dosis pequeñas y no para tener entre las manos el tochazo de no sé cuántas páginas que a cualquiera nos deja temblando, por no hablar de las agujetas en los brazos y manos.

  4. Los dos textos que citas son muy diferentes. La Regenta es un texto largo, que tolera bien los recortes que deben realizarse en un proceso de adaptación.

    Pero las Leyendas, textos individualmente mucho más breves, tan dependientes del estilo, de los artificios de lo fantástico, de la atmósfera… Dudo mucho que sea posible adaptarlas (para un nivel de Secundaria o Bachillerato, claro está), y que tal adaptación fuera legítima.

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