Malos tiempos para la lírica, para la épica… y para la fotografía

En el Ciberpaís de esta semana se anuncia que Nikon dejará de fabricar cámaras analógicas en 2006 para centrarse en las digitales. La noticia me tiene consternado.

No seré yo quien niegue que mi Pentax Optio S digital ha mejorado mis constumbres fotográficas. Gracias a ella ahora tomo más instantáneas, juego con ellas, las edito y envío a los amigos, las utilizo como apoyo en clase e, incluso, las publico por ahí, y todo con una tremenda comodidad. Pero creo que si disfruto tanto con mi Pentax es porque sé que, silenciosa y humilde, mi Nikon me aguarda en su bolsa a la espera de un día en que la tome, acaricie su objetivo, sienta el metal en mis dedos y manipule el foco, el diafragma y la velocidad de obturación para tomar fotografías reposadamente, sin urgencias, como quien hace algo importante o, al contrario, como quien hace algo sin la menor importancia y se dedica a emplear su tiempo en lo que la mayoría de las personas de este mundo consideran que no debe emplearse porque existen otras formas de llegar a un lugar equivalente. No sé, para mí es como decidir viajar por autovía o por carreteras secundarias; habitualmente me sirvo de las primeras, pero siempre soy consciente de que el placer me espera en las segundas para cuando esté preparado. Como tantas cosas en la vida.

Entiéndanme bien: no estoy hablando de hacer fotografía "artística", porque ni soy artista ni siquiera un aceptable fotógrafo. Estoy hablando de cómo tomarse la vida. Sé que para muchos de los que puedan leerme, la fotografía digital es tan válida como la química para comunicar una idea, un sentimiento o una técnica. Sé que puede manipularse la cámara igual que la otra. Sé que solamente cambia el soporte y que eso es algo que pudiéramos considerar accesorio… Pero aquel que haya visto aflorar una imagen en su cubeta, cómo de la nada blanca del papel surge el momento que quisimos reflejar, mejor o peor, sabrá comprenderme. Tendrá que comprenderme. No sé, ¿ya no recuerdan el temblor que recorría nuestro cuerpo cuando esperábamos los positivos de aquel primer carrete que tiramos con la cámara que nos regalaron en la Primera Comunión? ¿No recuerdan la emoción, la espera, la incertudumbre dilatada de los días hasta que llegaba el momento? El resultado era lo de menos porque habíamos disfrutado cada momento desde que abrimos la caja y apretamos por primera vez el disparador.

Ahora Nikon abandona el barco -otros lo han hecho antes y más lo harán después- y nos deja huérfanos. Ya sólo nos queda sacar la bolsa del armario en el que dormitaba, colgarla del hombro, salir a la calle, extraer la cámara, colocar el 50 mm y la película, pensar, mirar, seleccionar el motivo y situarnos en la posición y distancia necesaria, ajustar diafragma y velocidad, enfocar y disparar. Y disparar una y otra vez, aquí y allá, y darnos cuenta de que no hay prisa, de que tenemos todo el tiempo del mundo para sacar una instantánea. Y esperar.

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