La terminal, de Steven Spielberg

Se está convirtiendo en un lugar común aludir al talante "capriano" de "La terminal", última película de Steven Spielberg por el momento. Qué duda cabe que el director ha utilizado en ella muchos de los lugares comunes de filmes como "¡Qué bello es vivir!" o "Juan Nadie", pero no es menos cierto que existe una distinción de fondo, probablemente como consecuencia de la diferente intención de los cineastas.

En los filmes de Frank Capra a los que aludíamos, el cineasta situaba al espectador ante un drama más o menos cotidiano del americano medio enfrentado a las superestructuras del estado o de la economía norteamericana. Se trataba de un nuevo enfrentamiento de David frente a Goliat del que el héroe lograba salir victorioso en última instancia como consecuencia del apoyo de otros americanos medios que, de alguna manera, se veían reflejados en el protagonista, puesto que éste no era más que uno de ellos -uno de los nuestros, uno de los buenos-. El relato de estas películas situaba al personaje ante situaciones límites de las que sólo podía escapar con la ayuda de un pueblo americano transformado en una suerte de nuevo deus ex machina que acababa contribuyendo a la resolución del conflicto con un canto a la solidaridad, la fraternidad, el amor entre los hombres.

Steven Spielberg hace algo parecido en "La terminal" al presentarnos a Viktor Novorski como un pobre hombre de clase media baja, como así lo demuestra su vestimenta y sus habilidades para la albañilería, que se ve envuelto en singular batalla con la burocracia estadounidense de fronteras. La victoria final de Novorski se producirá gracias al apoyo de otros miembros de su misma clase, encarnados en la figura de un indio, un hispano y un afroamericano. Precisamente en el origen racial de los ayudantes del héroe estriba la principal diferencia entre los filmes de Capra y el de Spielberg: ningún W.A.S.P. contribuye a la victoria final del héroe; antes bien, es un "(estupido) hombre blanco" el que encarna la férrea burocracia que impide a Viktor llevar a cabo su misión.

En las películas de Capra, el pueblo unido en torno a su héroe mediocre era blanco y, probablemente, protestante; ahora, ese pueblo americano blanco tiene miedo del que acabará convirtiéndose en su héroe, siente recelo ante el que es diferente, y solamente los que también son diferentes, el lumpen del aeropuerto, serán capaces de acercarse lo suficiente a Novorski para descubrir el drama de su situación. Novorski tendrá que comportarse como un verdadero héroe enfrentándose a Frank Dixon para lograr el apoyo del microcosmos del aeropuerto, en un final de película dominado por la explosión sentimental conseguido con un hábil movimiento de masas. Pero lo cierto es que la mayoría de la gente del aeropuerto, durante casi todo el filme, ven en Novorski más un estorbo que alguien digno de apoyo. Al fin y al cabo es alguien diferente que procede un país sospechoso de terrorismo.

¿A qué se debe esta diferencia entre un director y otro? Desde mi punto de vista, la razón habrá que buscarla en las intenciones de Spielberg con este filme. Capra pretendía hacer películas que versaran sobre la grandeza del pueblo americano, pese a que determinados problemas y situaciones puntuales fueran criticables; Spielberg no creo que nos quiera hablar de la sociedad norteamericana, o no exclusivamente de ella. La simple elección de un aeropuerto como espacio de la narración dota de universalidad a la historia y sirve al cineasta para referirse no ya al pueblo americano medio, sino a la humanidad media, en una manifestación más del mundo globalizado. La terminal es un símbolo de la aldea global en el que diferentes etnias, nacionalidades, religiones y pareceres entran en conflicto para explicitar sus diferencias, pero también sus semejanzas. Frente a la diferencia, las gentes comunes y corrientes deben unirse para vencer. La solidaridad entre los hombres permitirá acabar con la sinrazón de las superestructuras. Esta es la lectura final del filme, la misma que encontrábamos en las películas de Frank Capra, pero con un horizonte más amplio, y todo ello sin salir de los estrechos márgenes de la sala de tránsito internacional del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy.

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