El rock de los perdedores

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A mis alumnos ya no les gusta el rock. Hay excepciones, lo sé.

Habrá numerosas razones; pero así, a bote pronto, se me ocurren dos: la forma y el fondo. En última instancia todo se reduce a lo mismo: decir ciertas cosas de determinada manera.

Comencemos con la forma, que es donde más patino porque los dioses no me dotaron con el don del oído, ¡ay! Si se escuchan las canciones actuales que marcan tendencia se comprobará que en ellas ya no está presente “el punteo”, ese riff de guitarra que a los jóvenes de mi generación nos electrizaba. El paréntesis instrumental entre estrofas casi ha desaparecido y ahora los temas son más urgentes, progresa la letra aunque siempre se diga lo mismo. Parece como si el objetivo fuese no dar respiro al receptor, que no se pare a pensar un instante, que no se genere en él el suspense necesario para esperar lo que después llegará. Es evidente que esta no es la razón, pues no creo que las nuevas tendencias musicales formen parte de la gran conspiración cósmica para anular la personalidad; pero ahí queda el hecho. Ya no hay grandes temas instrumentales ni consigo recordar un paréntesis instrumental que me emocione como algunos de los clásicos. También es posible que escuche poca música actual. No desestimen esta posibilidad. Sea como fuere, no creo que el adolescente medio soporte aquellos “punteos” y para demostrármelo hace poco quise probar algo: les hice oír a mis alumnos de Secundaria más jóvenes “Thunderstruck”, de AC/DC, ese tema que comienza con un riff de casi un minuto, repetitivo, machacón, intenso…

No les gustó. Les parecía que la canción no empezaba nunca y que, una vez comenzada, no acababa nunca. Son tiempos de urgencia, creo, de canciones de un par de minutos. En fin, menos mal que no elegí “Hurricane”, de Bob Dylan, con sus casi nueve minutos.

Formas aparte, el contenido de las canciones rockeras tampoco ayuda mucho. Uno de los temas recurrentes es el del perdedor, un tipo especial de loser —como se dice ahora— que ha sido derrotado en varios frentes y, como mucho, se aferra a su guitarra para sobrevivir. Escuchen este clásico de Los Suaves:

Luis Pardao, el protagonista de la historia, está demasiado alejado de los modelos literarios que afirman su violenta virilidad y su yo megalómano en el reggaetón o en el hip-hop. La de Pardao no es una historia de éxito, como tampoco lo es la de Dolores, también de Los Suaves, ni la del yo que canta en “20 de abril”, de Celtas cortos. Tampoco son estos personajes similares a los que dan “penita” sensiblera en las canciones pop que ocupan buena parte de la programación radiofónica. Con estos últimos, el receptor más joven puede llegar a empatizar, se identifica con ellos en los momentos de “bajona”; pero es difícil que lo haga con aquellos que rebasaron la invisible frontera del horror contemporáneo.

La derrota no está de moda, y el rock se escora demasiado hacia ese lugar, hasta el punto de que algunos intérpretes han llegado a hacer de ella su emblema identificador. Piensen en Fito y sus Fitipaldis (“Soldadito marinero”, “Como pollo sin cabeza”), en Loquillo (“Cadillac solitario”) o en Joaquín Sabina, con sus mujeres deshechas (“Princesa”, “Barbie Superstar”), sus hombres oscuros (“¿Quién me ha robado el mes de abril?”) o el yo vencido por los acontecimientos (“Medias negras”, “¡Eh, Sabina!”) que se asemeja demasiado a lo que podría denominarse “postureo de la derrota”.

Ha sido tan grande el abuso de la cuestión del perdedor, que no resulta extraño que adolescentes educados en una cultura Disney del éxito se vean superados por tanto loser auténtico o estéticamente fingido y se lancen en los brazos de quienes proponen historias de éxito —directas, sin concesiones— o de malas rachas que sin duda acabarán siendo superadas. Porque ya se sabe que una mancha de mora otra la quita y que siempre hay una segunda oportunidad y que todo se consigue con esfuerzo. ¿O no es así?

Valores perdurables, o algo así

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Hace no mucho leía un tuit en el que un profesor se mofaba/indignaba por la propuesta de crear blogs de aula que se hacía en un reciente documento educativo. Daba a entender el docente que en esta carrera sin meta en que se ha convertido la comunicación electrónica el cultivo del blog era un sin sentido, pues la inmediatez de herramientas como Twitter u otras redes sociales habían dejado obsoletas las bitácoras. Seguramente no le falte razón al compañero. El problema es que dentro de no mucho las actuales redes dejarán de tener sentido también, barridas por un viento virtual que ríanse ustedes del que acabó con Macondo.

Y me ha pillado cansado, qué quieren que les diga. Tras pelear por los blogs, tras defender la necesidad de sistematizar una “poética” de la escritura en la Red, tras pensar —después— mucho en el microblogging y la comunicación en redes sociales, tras defender el poder del multicódigo, tras intentar estar a la última y siempre ser superado, creo que ha llegado el momento de parar y cultivar valores perdurables. Llámenme antiguo vuesas mercedes, pero ahora creo que pocas acciones son más potentes que leer en voz alta, sin mediación electrónica, cara a cara, gustándose, dando vida a la palabra, una vida nueva cada vez, siempre en presente. Recalco: sin mediación electrónica, sin enlatar la voz, sin enriquecerla con música de fondo ni secuencias de imágenes. Solamente la voz. Pura. Perdurable. Humana.

Evidentemente, no es para todos los días ni debe ser la única estrategia; porque lo auténtico ha de dosificarse, porque lo genuino debe ser deseado.

Cronología medieval

Mil años es mucho tiempo, sobre todo cuando suceden tantas cosas. Por eso puede ser útil simplificar un poco.

En la siguiente línea del tiempo se indican los nacimientos de los estados que conforman el panorama político de la Península Ibérica durante la Edad Media y, además, la ubicación aproximada de algunos de los principales motivos temáticos y autores de la literatura medieval castellana. Espero que sea de utilidad.

Cronología medieval
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Unas canciones para una semana

Si algo recuerdo de mis clases de inglés del Bachillerato es la guitarra del profesor. Por aquellos años el aprender el idioma no me importaba mucho. El inglés no entraba en la Selectividad de entonces y era, claramente, una “maría”. Pero el profesor tenía una guitarra y, consciente de lo poco que nos importaba la lengua de Shakespeare, se dejaba caer en clase con ella para “cantiñearse” un poco. Un día nos regaló “El partisano”, de Leonard Cohen. Los ojos como platos, amigos míos. Hasta hoy.

Desde aquel año ochenta no he dejado de escuchar al canadiense —serio, de gris y negro, tocado en los últimos tiempos con su sombrerito, la voz siempre rota— que cantaba sobre el amor, la religión, la tiranía, las relaciones humanas. Un poeta que se valía de la música, aunque haya puristas de la más pura pureza que discuten la entidad literaria de algunos cantautores. Con Leonard Cohen he sentido la tragedia de Janis Joplin en “Chelsea Hotel” o me he metido en la piel de quien tras tomar Manhattan se encamina hacia Berlín, he sido un David enamorado que grita aleluya ante la belleza humana y se siente culpable ante el mismo Dios, he comprendido lo que es ser un hombre. Esta semana se nos fue, aunque seguirá viviendo mientras alguien entone una de sus canciones.

La subordinación en esquemas

Como recordatorio final del curso, os dejo unos esquemas sobre los distintos tipos de subordinación. Espero que os sirvan de ayuda.

Subordinación sustantiva

Sub. Sustantivas

Subordinación adjetiva

Sub. Adjetivas

Subordinación adverbial

Sub. Adverbiales

Otras subordinaciones

Otras subordinadas

El calvo de Chéjov

A estas alturas todos estamos habituados a la «pistola de Chéjov», conozcamos el término o no. Hagamos memoria con dos citas del escritor ruso:

«Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar. Está mal hacer promesas que no piensas cumplir.»

«Si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí.»

El autor parece incidir con el procedimiento en la simplicidad de la trama: solamente debe incluirse en ella aquello que es imprescindible. No obstante, la estrategia es, sobre todo, algo que refuerza la cohesión y coherencia del texto. En el siguiente video se explica muy bien:

Pero como la escritura —sea del tipo que sea— es ante todo un juego entre emisor y receptor, es normal que los autores utilicen la pistola de marras para otras finalidades, entre las cuales la creación de expectativas en el receptor se convierte en la más potente. Y aquí entra en juego el calvo, el calvo de Chéjov, en versión Veena Sud. Aviso que a partir de este momento voy a aludir a la trama de The Killing, la versión norteamericana de la ficción audiovisual danesa Forbrydelsen.

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La tercera temporada de The Killing se abre con un personaje nuevo. La pobre Sarah Linden ha explotado tras el desenlace del crimen de Rosie Larsen y ha decidido abandonar la policía de Seattle. Ahora vive lejos de la ciudad, con una nueva pareja y trabajo. Parece haber encontrado la paz interior que tanto necesitaba. Por su parte, Stephen Holder también parece haber reconducido su vida: ya no coquetea con las drogas, viste más convencionalmente y le han asignado un nuevo compañero, Carl Reddick, el calvo. El espectador se sorprende: ¿de qué me suena este calvo? Sí, es ese que sale en tantas series y películas, Gregg Henry, creo que se llama. Ostras, pues entonces tiene que ser importante, determinante, en la trama, ¿no?

tk3-ep3-reddick-325Y comienza la historia, pues: nuevo crimen con las señas de identidad de la serie: lluvia, opresión, colores fríos, sucesión de sospechosos que terminan por no conducir a nada, personajes fronterizos, referencias a casos anteriores, alusiones a la vida personal de los protagonistas, otro calvo menos conocido…

Pronto, el primer calvo, Reddick, se desdibuja, pasa a un segundo plano. Es raro —piensa el espectador— que los productores hayan invertido en una cara conocida para no aprovecharla narrativamente. La consecuencia es la lógica: será esencial para el desenlace de la temporada. ¿El asesino? Quizás, aunque resultaría tan evidente que el receptor duda. El «calvo de Chéjov» está haciendo de las suyas, generando suspense al margen del que ya de por sí aporta la trama. Así llegamos al último capítulo. Es doble, vaya por Dios. Al principio de él nuestro calvo pasa a primer término: las pistas le apuntan, está vinculado con una de las víctimas. Sin embargo, quedan por delante casi noventa minutos de ficción. Aunque la guionista se haya decidido por un desenlace anticlimático, es demasiado tiempo. En cualquier caso, la máxima de Chéjov se cumple: el calvo del primer acto cobra protagonismo en el último, justificando así la inversión de los productores y su presencia en el relato. Chéjov no dice que la pistola haya de ser el elemento fundamental del desenlace; simplemente debe ser utilizada. En este caso, el calvo es usado por partida doble: genera expectativas en el espectador habituado al mundo de la ficción audiovisual y sirve para despistarlo. Porque no olviden que hay otro calvo y la mirada del receptor puede bailar de uno al otro, en una especie de analogía visual. Uf, ahora que me fijo hay más calvos en la tercera temporada y, además, tampoco les falta tanto pelo. Habrá, incluso, quienes no los consideren calvos. La cosa se complica un poco, me temo.

Lope de Vega: El perro del hortelano

En 1996 se estrenó esta adaptación cinematográfica dirigida por Pilar Miró. El amor y el honor, los celos, la situación de la mujer en la España del XVII, el destino, el libre albedrío, los enredos y engaños, las referencias mitológicas… En fin, Lope en estado puro.

Y para acercarse al autor, un capítulo de la serie El ministerio del tiempo, que algo aporta a la figura de Lope de Vega.

Tiempo de gloria