Hace cien años…

En febrero de 1916 comenzó la batalla de Verdún, una de las más cruentas de la I Guerra Mundial: lodazal, trincheras, obcecación, muerte y hambre, pie de trinchera. La efemérides me da pie para recuperar un breve artículo que publiqué en 2014 en la revista Nebrija Digital, de la extinta Asociación Andaluza de Profesores de Español «Elio Antonio de Nebrija». En él repasaba el impacto de la I Guerra Mundial en las letras de aquellos años y quizás aún pueda ser de interés para alguien. Pulsen sobre el siguiente enlace, si es así:

1914: guerra de palabras.

Además de la importancia histórica, vivencial y literaria, la batalla de Verdún es también el marco en el que surgió una expresión de largo recorrido posterior. Se suele atribuir al general francés Robert Nivelle la acuñación del grito «¡No pasarán!», que después figurará en carteles propagandísticos franceses en la forma «On ne passe pas!»:

On_Ne_Passe_Pas_1918

Y ya en la II Guerra Mundial será el lema que los soldados galos destinados en la Línea Maginot portarán en las placas de sus uniformes.

Fuera de las fronteras francesas sabemos que el grito también ha triunfado. Nuestra Dolores Ibarruri lo pronunció en el discurso de arenga a los resistentes del Madrid sitiado durante la Guerra Civil Española y pronto se convirtió en emblema de la resistencia, como lo demuestra la siguiente fotografía tomada en 1937:

¡No_pasarán!_Madrid

El lema «¡No pasarán!» se convirtió pronto en núcleo significativo de mucha de la cartelería propagandística de la guerra, como se ve en el siguiente cartel de Ramón Puyol.

Ramón Puyol 1029 1937 100 X 70 Barcelona

Como no podía ser de otra manera, el bando franquista respondió al lema de Ibarruri, y lo hizo con un chotis interpretado por Celia Gámez:

Desde entonces, el lema ha sido empleado por distintos autores, especialmente por aquellos que se sitúan ideológicamente más hacia la izquierda política. Así puede encontrarse en una canción del nicaragüense Carlos Mejía Godoy…

… O en otra del grupo español Reincidentes:

 

Verano de 1843

De Historias fingidas,
obra original en prosa escrita por el agente de aduanas
José Simón González de la Serra y Villa
en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla.

Nota del editor

No se conoce la fecha exacta en que González de la Serra (1819-1902) compuso los textos que conforman sus Historias fingidas, aunque todo apunta a que fueron escritos a lo largo de su vida, a modo de reflexión sobre algún episodio vivido o como medio para combatir las nubes de la memoria que, según indican los testimonios de quienes lo conocieron, empañaron sus últimos años de existencia. Sea como fuere, lo cierto es que cada una de las breves narraciones incorporadas en la obra debió ser escrita en épocas diferentes, si nos dejamos llevar por la distinta naturaleza de las mismas y las peculiaridades del lenguaje y modalidad formal que presentan.

En el caso concreto del texto que nos ocupa, todo apunta a que la redacción pudo realizarse en los primeros meses de 1897. La razón de fechar tan concretamente el texto no deriva del contenido abordado, sino de la presencia entre las páginas de un recorte del Noticiero Sevillano del viernes 8 de enero de 1827 donde se da cuenta de los efectos del temporal que azotó la ciudad en esos días y en el que se encuentra rodeado con trazo de tinta apresurado una nota sobre la inundación en la Puerta de Carmona y la referencia «El lugar donde cayó Vicente. ¡Cuánto tiempo ya!». Es de creer que el impacto de la riada en un hombre senil despertase los mecanismos de la memoria y deseara recomponer un episodio olvidado de su existencia.

Por otra parte, se reproduce este relato sobre los acontecimientos de 1843 porque pueden observarse en él importantes diferencias con el tono general de la obra. La primera que salta a la vista es que el autor ha renunciado al uso del habitual narrador en tercera persona al que nos tiene acostumbrado. En esta ocasión, la narración se realiza en primerísima persona, pues el yo presente no se sitúa como mero testigo de los hechos, sino como partícipe de ellos, aunque en un discreto segundo plano que, en ocasiones, pasa a ocupar mayor protagonismo. Resulta curiosa, también, la presencia de un receptor implícito en el relato, un personaje silente e incorpóreo a quien se dirige la narración y del que esperamos una intervención en algún momento que nunca llega a producirse. Este esquema narrativo nunca había sido empleado por González de la Serra y resulta bastante moderno, si se tiene en cuenta la fecha en que probablemente se redactó la historia. La narrativa del siglo XX nos ofrece abundantes ejemplos del procedimiento —recordemos, sin ir más lejos, el espléndido relato «Acuérdate», del mexicano Juan Rulfo—; pero a fines del XIX era un uso aún lejano en nuestras letras y el lector fiel al contexto creativo no puede sino esperar la irrupción de quien escucha tan larga perorata.

La segunda «rareza» que hace destacar la historia de Vicente, el talabartero, es, precisamente, la ausencia de «rareza». Las restantes narraciones de Historias fingidas incorporan siempre un elemento sobrenatural o fantástico, algo que no es explicable desde los presupuestos realistas. No obstante, nada hay en «Verano de 1843» que no pueda ser justificable. Sí falta información, claro está; pero el lector puede aventurar una o varias hipótesis verosímiles que hagan razonable el comportamiento de los actores del relato.

Salvando las peculiaridades indicadas, el relato que se presenta a continuación responde a las líneas dominantes de Historias fingidas. Figuran en la historia el habitual trazado urbano de la ciudad del ochocientos —en esta ocasión circunscrito a las zonas norte y este de la ciudad de entonces—, así como un marco histórico de los acontecimientos que responde verazmente a unos hechos comprobables: el bombardeo de Sevilla de julio de 1843 llevado a cabo por Antonio Van Halen Garci y Baldomero Espartero. El autor renuncia, como en otros relatos, a profundizar en el hecho histórico, empleado solamente como encuadre del comportamiento y la vida de los personajes, para centrarse en el recorrido vital del protagonista, que es ofrecido de manera sucinta y con notable escasez de datos biográficos y físicos.

Probablemente no sea «Verano de 1843» uno de los relatos mejor acabados de la obra, aunque a nuestro juicio presenta el interés de ocuparse de algunos de los seres corrientes que conformaban la caleidoscópica sociedad sevillana de mediados del siglo XIX, sometida no sólo al fuego de la artillería, sino también a la obsesión por ascender socialmente desde la nada.

JMGS

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Verano de 1843

No sé si te acuerdas del talabartero de aquí mismo, de la Feria. Sí, hombre, que tenía la tienda un poco más allá de la quincallería del asturiano. Era un hombre corto de estatura y arrastraba un poco la pierna izquierda. Por eso se libró de entrar en quintas y pudo continuar ayudando en los coloniales del padre. Tienes que recordarlo, hombre, que no ha pasado tanto tiempo. La mujer era una morena guapa, algo entrada en carnes, que se paseaba arriba y abajo de la calle envuelta en un pañolón largo hasta la rabadilla. Cargaba siempre con dos chiquillos, uno sucio y harapiento, y otro pequeño y llorón que le duró poco, lo que quisieron unas malas fiebres que le entraron por derecho. ¡Ay, el talabartero! Desde zagal lo conocía. Corríamos como diablos por los alrededores del mercado, inventando mil trapacerías en una competición secreta. Un día, el muy canalla se coló en el convento del Espíritu Santo, no me preguntes cómo, y arrambló con un saco repleto de magdalenas, rosquillas de vino, buñuelos de azúcar, pan de leche y qué sé yo más. Pero lo mejor fue el hábito completo con que se presentó ante nosotros y que las pobres monjas habían puesto a secar en el patio trasero. Imagino los gritos que darían las urracas cuando lo vieron trepar por la tapia, con el saco de viandas terciado en la espalda y el ropón de monja colgado del brazo. Debieron reconocerlo, porque al llegar a casa esa noche el padre lo recibió a correazos, me dijo. Lo menos veinte le propinó, los suficientes para sacarle a tiras el pellejo de la espalda y tenerlo en cama casi una semana. Después de aquello ya no volvió a ser el mismo. Cuando lo veíamos por la calle abreviaba el paso y hundía la cabeza entre los hombros. En ocasiones conseguíamos cercarlo en una esquina apartada de San Basilio o en la trasera de Omnium Sanctorum, donde ni su padre ni gente conocida pudiera vernos, y le preguntábamos por el hábito robado, por su ausencia, por su extraño comportamiento. Nos miraba entonces con tristeza y decía tener prisa, porque lo esperaban en el puesto del mercado o tenía que llevar mantequilla a una casa respetable de la calle Arguijo. Continuaba su camino mientras le gritábamos picardías e improperios. Pronto comprendimos que lo mismo que a él le sucedía nos había de acontecer a todos. Ya no éramos unos niños corretones criados al amor de la calle y los padres comenzaron a reclamarnos más y más. Había que echar una mano a la familia y labrarse un futuro. Yo tuve suerte, puesto que por intercesión de un conocido de mi padre pude entrar al servicio del notario González de Andía, el de la plaza de San Juan de la Palma. Otros compañeros de aventuras, en cambio, hubieron de conformarse con labores de carga en el mercado y volvían a casa sucios de sangre de cerdo, malolientes, con los ojos empañados por la rabia. El talabartero del que te hablo, Vicente Herrera se llamaba, al menos tuvo la suerte de deslomarse por lo que ya era suyo, en vez de trabajar como un animal hasta el momento de servir a la patria. Ni Vicente ni yo tuvimos que pasar por el regimiento: él gracias a su cojera; yo por la fortuna de estar empleado con un hombre de bien que arregló no sé qué papeles para dejarme libre de cargas militares. Así que pudimos continuar con nuestras vidas. Vicente se había casado por aquel tiempo y la mujer estaba a preñada de su primer hijo. Vamos, como para que hubiera tenido el pobre que incorporarse a la infantería y lo hubieran enviado a Ceuta a que le pegaran tiros los de las cabilas. Cierto es que alguien tenía que ir; pero la ciudad estaba llena de muchachos sin oficio ni beneficio deseosos de construirse un futuro. ¡Qué locura la juventud! En esos años el talabartero hablaba mucho de política. ¿No te acuerdas del verano del 43? Claro, hombre de Dios, cuando la revuelta contra Espartero. Ahora que ya peinamos canas vemos aquello como una estafa más de las muchas que hemos sufridos los españoles; no obstante, al calor de los acontecimientos realmente creíamos que los liberales y la reina niña iban a sacarnos de la miseria económica y moral en que nos enfangábamos. Muchos fuimos a vitorear la Constitución el 11 de junio y algunos cayeron bajo los cascos de los caballos. Mi notario estuvo desde el principio del lado del consistorio, participando —y yo con él— en las tareas de defensa de la ciudad, porque nadie dudaba de que Espartero no toleraría que Sevilla se le enfrentase y aplicaría contra la capital la misma receta empleada contra Barcelona el año anterior. Durante el tiempo que duró la revuelta charlé a menudo con Vicente. Ambos teníamos miedo del curso que tomaban los acontecimientos, sobre todo desde el momento en que nos enteramos de la llegada de Van Halen a Alcalá a principios de julio. Teníamos mucho, muchísimo, que perder: una familia casi recién estrenada, en su caso; un trabajo que me había permitido estudiar leyes y establecer un círculo de amistades prometedoras, en el mío. Ya no éramos niños ni jóvenes; sino ciudadanos honrados que habían logrado sepultar sus orígenes quincalleros, de mozos de cuerda, artesanos de manos sucias y mujerucas que cantan sus penas de un balcón a otro de la calle Feria. La apuesta liberal y los derechos conculcados de la reina nos enardecían, qué duda cabe; aunque no tanto como para poner en riesgo las bendiciones del destino. Ese fue el motivo de que en los primeros días de julio, cuando la cosa se puso realmente fea, Vicente y yo dejásemos de asistir a reuniones subversivas y pasásemos de puntillas por lo corros que surgían espontáneamente en plena calle. Pero no era posible mantenerse al margen por completo. El 17 de julio, recuerdo que bebíamos vino en un tascón de la judería cuando se empezaron a escuchar vítores y estallido de salvas. Nos acercamos junto con otros parroquianos hasta la misma Puerta de Carmona, por donde desfilaba la columna del brigadier Moriones que al día siguiente combatiría bravamente en la Cruz del Campo contra la caballería de Van Halen. No sé si fue el vino o la exaltación revolucionaria, pero Vicente y yo participamos esa jornada en las tareas de defensa arrimando sacos terreros para proteger las naves de San Bernardo y la fábrica de cañones. Ya no vi a mi amigo el talabartero hasta seis días después, tumbado cara al cielo, en la calle San Esteban, con las piernas cortadas por una maldita bala rasa y el resto del cuerpo destrozado por esquirlas de metralla y lascas de ladrillo. No tenía rostro, el pobre Vicente, porque un balcón herido por un obús había caído sobre su cabeza. Según informaron los testigos del hecho, ya estaba muerto al ser sepultado por los escombros. ¿Te preguntarás cómo supe de su muerte en el maremagnum de aquel día? Lo cierto es que fue algo extraño. Poco antes de encontrarme con su cadáver, la esposa se había presentado en el gabinete del notario para solicitar mi ayuda: «Yo sé que usted tiene mano. Mi Vicente me tenía dicho que si alguna vez le ocurría algo que lo buscase a usted, porque eran conocidos de la infancia». Así me enteré de su muerte, pero no me preguntes cómo lo hizo la esposa. Al caer la tarde acompañé a la viuda hasta la Puerta de Carmona, pasamos el cordón de seguridad de las milicias gracias a una esquela que me entregó González de Andía y accedimos a la embocadura de la calle donde hacía varias horas que el bueno del talabartero dormía el sueño de los justos. Se oía el ruido sordo de los impactos de los obuses, gritos histéricos, maldiciones, llantos. Apremiados por un cabo de carabineros, cargamos el cuerpo del desdichado en un carro y nos alejamos de la línea de bombardeo. La mujer no derramó una lágrima y solamente repetía una y otra vez que le había pedido que no saliera hoy de casa. Vicente murió como uno más de los cientos que cayeron aquella tarde de julio del 43, verdaderos héroes que hicieron posible el destierro de Espartero; aunque de poco sirvió, que ya sabemos cómo el personaje no ha dejado de ser santo y seña de este país nuestro, pese a bombardearlo y masacrarlo a voluntad. El caso es que te cuento toda esta historia porque hará una semana se presentó Vicente Herrera en mi despacho. Sí, el mismo talabartero que di por muerto en julio de 1843. Venía acompañado de una mujer negra, grande, y de tres críos del color del chocolate que parloteaban sin parar en una lengua rítmica capaz de alegrar la más triste de las conversaciones. Aunque estaba viejo, como yo mismo me veo cada mañana en el espejo, con el rostro surcado de arrugas, no me cupo la menor duda de quién era. Así lo atestigüé en el documento que me solicitaba para hacer valer sus derechos de herencia. No quiso el hombre contarme su historia ni falta que hacía, pues los signos visibles dejaban bien a las claras lo vivido. Sin embargo, he de reconocer que me reconcome el deseo de conocer las razones por las que desapareció sin más en 1843, por las que abandonó a mujer e hijos para lanzarse a la aventura caribeña. No soy chismoso y me niego a adentrarme en vidas ajenas, sobre todo cuando nada ha de cambiar por conocer las motivaciones que llevan a los seres humanos a dar un giro brutal a sus existencias. Tan sólo me dijo que había vuelto por lo que era suyo, ahora que el malhombre de su padre yacía enterrado y que Florentina, su hermana pequeña, había profesado en el convento de Santa Inés. Ni una palabra escuché sobre la esposa que había recogido el cuerpo de Dios sabe quién aquella tarde de julio de 1843. ¿Sabes lo que te digo? Que me alegro de no saber, amigo. Mejor es no revolver demasiado las cosas de otro tiempo.

A vueltas con la geografía y las series de televisión

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Hace ya más de cinco años escribí una nota en este blog sobre el peso de la ubicación geográfica en la ficción televisiva. Me interesaba entonces por la geografía urbana, que es la más habitual en un producto que parece concebido para el consumo del público urbano. Sin embargo, las últimas series que he visto me hablan de otro mundo, uno rural o de pequeñas poblaciones donde pocas cosas son lo que parecen. Me resulta bastante curioso que algunos de los últimos productos televisivos americanos hayan optado, por ejemplo, por el medio oeste, en especial por la ubicación de los argumentos en las Dakota y Minnesota. Son historias que tratan sobre gentes corrientes que a menudo viven encerradas en sí mismas, sometidas a pasiones primarias y en constante lucha con una naturaleza y climatología que gobiernan sus existencias. La soledad, la violencia, la irracionalidad de los comportamientos, la dificultad para establecer relaciones humanas, una cierta «bobería» de carácter, la incultura son caracteres que definen a los personajes de las series ambientadas en este espacio.

La ficción televisiva norteamericana sitúa en unos pocos cientos de kilómetros cuadrados historias tan impactantes como las de Deadwood, el fabuloso western emitido entre 2004 y 2006, o las dos temporadas de Fargo, ese western contemporáneo en el que violencia e invierno casan a la perfección con el talante de unos personajes definidos por su marejada interior. De Luverne, en Minnesota, a Sioux Falls o el propio Deadwood, en Dakota del Sur; de ahí a Fargo, en la Dakota del Norte, sin perder la lejana referencia de las Black Hills, casi en la frontera con Wyoming, desde cuya capital, Cheyenne, se dirige el trazado del ferrocarril de Infierno sobre ruedas. Es la América profunda, esa que no puede ser controlada ni por las mafias altamente profesionalizadas de Kansas City ni por los elegantes agentes del FBI. En esos lugares la ley se impone cara a cara y nunca es fruto de la aplicación mecánica del documento escrito. El orden que subyace en el desorden se mantiene gracias a la personalidad arrolladora de los Bullock, Bohannon, Swearengen, Lou y Molly Solverson. A veces una placa justifica sus actos, otras lo basan en el revólver o en la habilidad para ver en el interior de las personas.

Todas estas series juegan abiertamente con la realidad y la ficción, hasta el punto de sorprender al espectador. En Deadwood parece narrarse una historia de ficción más y, sin embargo, casi todos los personajes con protagonismo en el relato son auténticos; Fargo, en cambio, afirma en cada cabecera de capítulo la autenticidad de los hechos; pero todo es pura ficción; Infierno sobre ruedas, finalmente, equilibra los dos polos, recurriendo a personajes documentados por la historia que conviven con seres de ficción para construir una narración verosímil sobre el tendido del ferrocarril Union Pacific. Nada es completamente cierto ni falso, pero todo guarda una coherencia interna a la que contribuye la ubicación geográfica y, sobre todo, la idea tópica que los televidentes urbanitas tenemos de aquellos lugares. Si en algún lugar del mundo puede desmandarse la violencia hasta lo surrealista, es en las Dakota y, acaso, en la fría Minnesota de los apellidos escandinavos. Allí —no lo olviden— también es posible avistar sospechosas luces en el cielo; aunque quizás estas no sean visibles más que en el mundo interior de los personajes, el mismo interior en el que no parece mala idea deshacerse de un cadáver pasándolo por la picadora de carne o echándolo como alimento para los cerdos.

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Vicente Aleixandre está en la plaza

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En 1982 no había oído hablar aún de Vicente Aleixandre. Yo tenía dieciocho añitos y mis lecturas líricas se reducían a Bécquer, obviamente, y los poetas que habíamos estudiado en clase el año anterior: Manrique, Garcilaso, Fray Luis, San Juan, Quevedo, Lope y Góngora. Fin.

Entonces el cura Blas, el de Literatura, se puso a hablar de la diseminación-recolección. Se refirió a Góngora, al «goza cuello, cabello, labio y frente» y, después, a Vicente Aleixandre —sevillano como vosotros, dijo, premio Nobel, continuó, solitario entre la gente, terminó—, de quien nos leyó un poema:

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

Vicente Aleixandre, La destrucción o el amor (1935).

¡Magia! No entendí casi nada, salvo que se querían como yo imaginaba que habría de quererse, de día y de noche, en el mar o en la tierra, con los labios. Quedé atrapado por la última estrofa, esclavizado por la última frase: «Se querían, sabedlo». El poeta parecía contemplar el amor de otros, no el propio; el poeta deseaba que todo el mundo conociese ese amor. Había que poner el amor en la plaza, compartirlo para que fuera auténtico y completo. Nada de sentimientos escondidos, sino todo a la luz, presumiendo, haciendo alarde. Era imperioso que se supiera.

Pero el cura Blas siguió hablándonos de Aleixandre en otras clases. Porque el poeta no se había quedado en la mera contemplación, sino que años después decidió salir de la cueva y confundirse con todos en la plaza.

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor,  en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

Vicente Aleixandre, Historia del corazón (1954).

Decía el cura que ahí estaba la verdad, mirando cara a cara a la gente y no contemplando la imagen propia en un espejo. Todos sabíamos por entonces de qué pie cojeaba el cura, con sus pantalones de pana raídos, la chaqueta vaquera, las barbas descuidadas y los ojos diminutos que brillaban detrás de los cristales de un grosor imposible. Inmediatamente quise lanzarme a la plaza para buscarme entre los otros y comprender que no era nadie especial, tan sólo una más —nada menos— de los paseantes.

Pero es verdad que en la plaza no hay solamente gentes de bien. Allí están todos, los alegres y los tristes, los buenos y los malos, los que no son ni una ni otra cosa. Vivir sería muy sencillo si los otros siempre fueran lo que queremos. Así son las plazas, lugares donde no se reserva el derecho de admisión. En ella, por ejemplo, puede encontrarse uno con el niño raro…

Aquel niño tenía extrañas manías.
Siempre jugábamos a que él era un general
que fusilaba a todos sus prisioneros.

Recuerdo aquella vez que me echó al estanque
Porque jugábamos a que yo era un pez colorado.

Qué viva fantasía la de sus juegos.
El era el lobo, el padre que pega, el león, el hombre del
Largo cuchillo.

Inventó el juego de los tranvías,
y yo era el niño a quien pasaban por encima las ruedas.

Mucho tiempo después supimos que, detrás de unas tapias
lejanas,
miraba a todos con ojos extraños.

Vicente Aleixandre, Historia del corazón (1954).

Los niños raros dan un poco de miedo porque juegan como adultos y siempre parecen ir  un paso más allá. Pronto supe que también compartía la plaza con el niño extraño. Allí sigue.

Chico rayo, chico listo

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Era rápido el tío. Con catorce años ya había escrito sobre golondrinas que volvían a colgar nidos de los balcones, las muy pesadas; con quince recién cumplidos la pasión era tan insoportable, que no le quedó más remedio que compararse con los Leandro y Werther que pueblan los universos adolescentes. Pronto, sin embargo, el golpe de la historia le abrió los ojos lo suficiente como para escribir el epitafio de su infancia —un poco tarde, quizá— y abrir la puerta a los vientos del pueblo. Corrían años propicios y acababa de leer el primer poema de los Cantos de vida y esperanza de Rubén al tiempo que escuchaba una y otra vez el «A galopar» de Paco Ibáñez. Extrañas mezclas, o no tanto.

Sí, era tan rápido, que apenas podía reparar en las miradas que le lanzábamos desde nuestros pupitres, entre montañas de ecuaciones y abstrusos párrafos en los que la existencia de Dios quedaba perfectamente demostrada por vía racional. Con dieciséis ya estaba de vuelta de casi todo. Etapa otoñal, la llamaba. Después estudió Derecho, creo. Por lo que he podido leer en su timeline, sé que hace poco pontificaba sobre pragmatismo. Ayer mismo —qué casualidad— lo encontré en la calle y me llamó naïf y buenista. Otra etapa, supongo.

Asignatura pendiente

Cierto es que se han publicado numerosos estudios sobre la literatura del exilio republicano en los últimos cuarenta años y que, de cuando en cuando, llega a las pantallas de televisión algún documental sobre estos escritores olvidados. Sin embargo, no podrá negarse que para el español de cultura media la literatura exiliada no ha existido. ¿Manuel Andújar? ¿Rosa Chacel? ¿León Felipe? ¿Juan Gil-Albert? ¿Max Aub? Quizás a alguien le suene Ramón J. Sender, por su Requiem por un campesino español o La tesis de Nancy o la serie de televisión Crónica del alba; o el hecho de que Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27 siguieron viviendo y escribiendo más allá de 1936. Es posible que alguno haya visto un montaje de La dama del alba, de Alejandro Casona o que tenga alguna idea de que un tal Francisco Ayala murió muy viejito hace no mucho tiempo. Quizás el nombre de María Zambrano perviva agazapado en un rincón de la memoria, junto a los de Américo Castro, Salvador de Madariaga o Sánchez Albornoz. Existe una posibilidad.

Cuarenta y un años después de la muerte del dictador todos estos nombres dicen poco al hombre de hoy. Al fin y al cabo eran unos pesados, todo el día enfrascados en una nostalgia enfermiza; siempre recordando esa guerra que les robó la tierra, la juventud y las ilusiones; fastidiando al lector con su desarraigo, con no sentirse parte de nada; tocando las narices de quienes los borraron de la faz de las letras. Sí, es verdad que eran buenos escritores, hondos, que decían cosas interesantes, que innovaron en las formas, que se abrieron a tendencias ajenas a nuestras sólidas fronteras morales, políticas y estéticas. Pero, ¿qué más, eh? ¿Bastaba con eso? Al parecer no, si se juzga por el espacio que se les dedica en los libros de texto actuales, en esas obras que ponen las bases de lo que un español de cultura media puede y debe conocer. ¿Están ahí? Quizás en un marginal; quizás algún nombre. Poco más, porque son el «agujero negro» de la letras españolas.

Y como en ocasiones resulta molesto tanto olvido, lanzo al viento un relato de Max Aub sobre el exiliado, sobre él mismo, quizás. Lean el texto hasta el final —que es corto, caramba— y díganme si no somos como el sobrino o, en el mejor de los casos, como las voces que dialogan y piensan que el testamento es lo único que hizo bien en su vida el pobre Remigio Salas.

— Nos quedamos de piedra. Porque, de veras, lo único que hizo bien aquel hombre durante su vida fue su testamento. Y cuando digo bien quiero decir algo que se saliera de lo ordinario. Porque bien ordinario fue aquel Remigio Salas, de Logroño, educado —si es que se puede decir— en Teruel. Comerciante en abonos, republicano porque lo fueron sus padres —al abuelo Andrés le quemaron los pies los carlistas, que llegó a sargento durante los treinta y tantos meses de nuestra guerra, que pasó íntegra en la milicia, sin herida. Lo evacuaron a Orán, estuvo unos días en Inglaterra, luego en Cuba y, desde fines de 1940, en México. Aquí entró en una casa de refacciones de coches —en Bucareli 287— donde trabajó hasta el día de su muerte, el 7 de julio de 1960. Le susurraban marica, pero no lo creo; indiferente, eso sí. Iba por el café, discutía poco. En 1950 trajo de España a un sobrino suyo, de Calatayud, al que pagó buen colegio y carrera. Acaba hoy la de veterinario, casado con una muchacha de Veracruz, muy guapa. El testamento nos sorprendió a todos, debió pensarIo mucho: lo dictó hace siete años a uno de esos notarios españoles refugiados que no pueden ejercer pero que de hecho lo hacen bajo el nombre prestado de un colega mexicano: Castellón, debe conocerlo: de Cuenca. Las últimas voluntades de Remigio Salas fueron más o menos éstas:

«Si muero en México, entiérreseme normalmente, es decir, acostado en un ataúd, cara arriba. Si muero en cualquier otro lugar de la tierra cuyo gobierno reconozca al de Franco, entiérreseme cara para abajo para no ver un mundo tan indecente. Si muero en España otra vez republicana, entiérreseme de pie. Si por casualidad, que no se puede prever, paso a mejor vida, en la que no creo, en la España de Franco, entiérreseme cabeza para abajo.»

— Lo de vuelto hacia la tierra no es nuevo. Lo pidieron algunos nobles del Franco Condado (otra vez el nombre de Franco) para no ver a su país dominado por Luis XIV: nostalgia de seguir siendo españoles.

— No creo que lo supiera el difunto.

— Claro que no.

— Dejó lo suficiente para que, en un caso dado, dieran vuelta o plantaran el ataúd, según las circunstancias.

— Por lo visto fue la ilusión de su vida.

— Nunca se sabe con quién se juega uno el dinero. Lo que sucedió fue que el sobrino, ignorando la existencia del testamento, lo hizo incinerar de buenas a primeras, siguiendo sus propios deseos. Ahí lo tiene, en la trastienda, un poco remordida la conciencia.»

Max Aub: Obras completas. Generalitat valenciana.

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1916: buena cosecha

Comienza el año. También el literario. Probablemente durante este 2016 todos los focos, citas, homenajes, atenciones y demás «movidas culturetas» se encaminarán hacia esos dos monstruos que decidieron morir el mismo año, como si uno no quisiera quedar por debajo del otro. Sí, cuatrocientos años de la muerte de William Shakespeare y de Miguel de Cervantes. Es digno de celebrar tamaño evento, qué duda cabe.

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Pero sería una lástima que las luces deslumbrantes impidieran otras conmemoraciones centenarias. Porque en este 2016 se cumplen cien años ya del nacimiento de Camilo José Cela, de Blas de Otero y de Antonio Buero Vallejo. ¿Los recuerdan?

Hubo un tiempo en que los tres conformaban la «tripleta atacante» de la educación literaria de los bachilleres españoles. Ahora, en cambio, apenas encuentran acogida en algunas líneas de los libros de texto. Sus obras ya no se proponen como referencia lectora, supongo que a causa de lo incómodos que resultan. Cela, por una vida demasiado cercana al régimen franquista que a ojos del lector poco avisado impide apreciar el torpedo dirigido a la línea de flotación de la dictadura que es La colmena. Un ejemplo: doña Rosa, la del café

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia leñe y nos ha merengao. Para doña Rosa el mundo es su café, y alrededor de su café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas. Fuma tabaco de noventa cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente y les cuenta el crimen de la calle de Bordadores o el del expreso de Andalucía.

Camilo José Cela, La colmena (1951).

Cierto es que en el fragmento no se nombra directamente al dictador ni a la represión ni se aborda con trazo grueso la España dividida en dos —o en tres o en cuatro— de la década de los cuarenta. El texto tan sólo describe a un personaje —doña Rosa— que ha salido triunfante del conflicto bélico, una «honrada» comerciante que bromea con sus clientes y a cuya verdad interior llegamos a través de modismos lingüísticos, el brillo de los ojos y los dudosos gustos artísticos y culinarios. La España triunfal en pocas palabras.

A Blas de Otero, por otra parte, nadie en su sano juicio lee ya. Hay quien dice que es necesario proponer a los jóvenes obras y textos con los que puedan conectar —¡qué horrible concepto este!—, así que basta con explorar el lirismo en las supremas letras del pop comercial o en la legión de «malotes» que pueblan el reguetón y el hip-hop. Quizás también valga algún poema de amor bien seleccionado, para que no les duela mucho la cabeza. Pero, desde luego, no tiene sentido enfrentarlos al horror de ser un ángel cargado con alas de cadenas

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
Al borde del abismo, estoy clamando
A Dios. Y su silencio, retumbando,
Ahoga mi voz en el vacío inerte.
Oh, Dios. Si he de morir, quiero tenerte
Despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
Oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
Solo. Arañando sombras para verte.
Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.
Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser –y no ser- eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

Blas de Otero, Ángel fieramente humano (1950).

Ni, por supuesto, hacerles creer que cuando todo parezca carecer de sentido siempre existirá el recurso a la palabra. ¡Valiente idiotez!

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
Lo que tiré, como un anillo, al agua,
Si he perdido la voz en la maleza,
Me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
Lo que era mío y resultó ser nada,
Si he segado las sombras en silencio,
Me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
Puro y terrible de mi patria,
Si abrí los labios hasta desgarrármelos,
Me queda la palabra.

Blas de Otero, Pido la paz y la palabra (1955).

No, no corren tiempos de blasdeoterismo, por eso debemos eliminarlo del horizonte de lecturas. El que llegue que lo haga por sus propios medios. Además, ¿para que sirve leer poesía pudiendo ver un capítulo de Juego de Tronos?

Y ya del bueno de Buero ni hablamos. Si acaso, Historia de una escalera que, como está ambientada en un bloque de pisos recuerda a La que se avecina o a Aquí no hay quien viva. Pero nada más allá, eh, nada de El concierto de San Ovidio con sus miserables ciegos, ni, por supuesto de El tragaluz, que la locura y la vejez y los deseos frustrados y cómo las ideas enfrentan a los seres humanos no son cosas sobre las que interese leer.

VICENTE. No es locura, es vejez. Una cosa muy corriente: arteriosclerosis. Ahora estará más sujeto en casa: les regalé la televisión el mes pasado. (Ríe.) Habrá que oír las cosas que dirá el viejo. (Tira una postal sobre la mesa.) Esta postal no le gustará. No se ve gente.
(Se abstrae. Se oye el ruido de un tren remoto, que arranca, pita y gana rápidamente velocidad. Su fragor crece y suena con fuerza durante unos segundos. Cuando se amortigua, el padre habla en el cuarto de estar. Poco después se extingue el ruido en una ilusoria lejanía.)
EL PADRE. (Exhibe un monigote que acaba de recortar.) Éste también puede subir.
(Mario interrumpe su trabajo y lo mira.)
MARIO. ¿A dónde?
EL PADRE. Al tren.
MARIO. ¿A qué tren?
EL PADRE. (Señala al frente.) A ése.
MARIO. Eso es un tragaluz.
EL PADRE. Tú que sabes…
(Hojea la revista.)
ENCARNA. (Desconcertada por el silencio de Vicente.) ¿No nos vamos?
(Abstraído, Vicente no contesta. Ella lo mira con curiosidad.)
MARIO. (Que no ha dejado de mirar a su padre.) Hoy vendrá Vicente.
EL PADRE. ¿Qué Vicente?
MARIO. ¿No tiene usted un hijo que se llama Vicente?
EL PADRE. Sí, el mayor. No sé si vive.
MARIO. Viene todos los meses.
EL PADRE. Y tú, ¿quién eres?
MARIO. Mario.
EL PADRE. Tú te llamas como mi hijo.
MARIO. Soy su hijo.
EL PADRE. Mario era más pequeño.
MARIO. He crecido.
EL PADRE. Entonces subirás mejor.
MARIO. ¿A dónde?
EL PADRE. Al tren.

Antonio Buero Vallejo, El tragaluz (1967).

En fin, que se cumplen cien años del nacimiento de estos tres escritores y mucho me temo que será difícil que alguien recuerde sus nombres. Pero hay que intentarlo, qué caramba.