La subordinación en esquemas

Como recordatorio final del curso, os dejo unos esquemas sobre los distintos tipos de subordinación. Espero que os sirvan de ayuda.

Subordinación sustantiva

Sub. Sustantivas

Subordinación adjetiva

Sub. Adjetivas

Subordinación adverbial

Sub. Adverbiales

Otras subordinaciones

Otras subordinadas

El calvo de Chéjov

A estas alturas todos estamos habituados a la «pistola de Chéjov», conozcamos el término o no. Hagamos memoria con dos citas del escritor ruso:

«Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar. Está mal hacer promesas que no piensas cumplir.»

«Si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí.»

El autor parece incidir con el procedimiento en la simplicidad de la trama: solamente debe incluirse en ella aquello que es imprescindible. No obstante, la estrategia es, sobre todo, algo que refuerza la cohesión y coherencia del texto. En el siguiente video se explica muy bien:

Pero como la escritura —sea del tipo que sea— es ante todo un juego entre emisor y receptor, es normal que los autores utilicen la pistola de marras para otras finalidades, entre las cuales la creación de expectativas en el receptor se convierte en la más potente. Y aquí entra en juego el calvo, el calvo de Chéjov, en versión Veena Sud. Aviso que a partir de este momento voy a aludir a la trama de The Killing, la versión norteamericana de la ficción audiovisual danesa Forbrydelsen.

the_killing_4

La tercera temporada de The Killing se abre con un personaje nuevo. La pobre Sarah Linden ha explotado tras el desenlace del crimen de Rosie Larsen y ha decidido abandonar la policía de Seattle. Ahora vive lejos de la ciudad, con una nueva pareja y trabajo. Parece haber encontrado la paz interior que tanto necesitaba. Por su parte, Stephen Holder también parece haber reconducido su vida: ya no coquetea con las drogas, viste más convencionalmente y le han asignado un nuevo compañero, Carl Reddick, el calvo. El espectador se sorprende: ¿de qué me suena este calvo? Sí, es ese que sale en tantas series y películas, Gregg Henry, creo que se llama. Ostras, pues entonces tiene que ser importante, determinante, en la trama, ¿no?

tk3-ep3-reddick-325Y comienza la historia, pues: nuevo crimen con las señas de identidad de la serie: lluvia, opresión, colores fríos, sucesión de sospechosos que terminan por no conducir a nada, personajes fronterizos, referencias a casos anteriores, alusiones a la vida personal de los protagonistas, otro calvo menos conocido…

Pronto, el primer calvo, Reddick, se desdibuja, pasa a un segundo plano. Es raro —piensa el espectador— que los productores hayan invertido en una cara conocida para no aprovecharla narrativamente. La consecuencia es la lógica: será esencial para el desenlace de la temporada. ¿El asesino? Quizás, aunque resultaría tan evidente que el receptor duda. El «calvo de Chéjov» está haciendo de las suyas, generando suspense al margen del que ya de por sí aporta la trama. Así llegamos al último capítulo. Es doble, vaya por Dios. Al principio de él nuestro calvo pasa a primer término: las pistas le apuntan, está vinculado con una de las víctimas. Sin embargo, quedan por delante casi noventa minutos de ficción. Aunque la guionista se haya decidido por un desenlace anticlimático, es demasiado tiempo. En cualquier caso, la máxima de Chéjov se cumple: el calvo del primer acto cobra protagonismo en el último, justificando así la inversión de los productores y su presencia en el relato. Chéjov no dice que la pistola haya de ser el elemento fundamental del desenlace; simplemente debe ser utilizada. En este caso, el calvo es usado por partida doble: genera expectativas en el espectador habituado al mundo de la ficción audiovisual y sirve para despistarlo. Porque no olviden que hay otro calvo y la mirada del receptor puede bailar de uno al otro, en una especie de analogía visual. Uf, ahora que me fijo hay más calvos en la tercera temporada y, además, tampoco les falta tanto pelo. Habrá, incluso, quienes no los consideren calvos. La cosa se complica un poco, me temo.

Lope de Vega: El perro del hortelano

En 1996 se estrenó esta adaptación cinematográfica dirigida por Pilar Miró. El amor y el honor, los celos, la situación de la mujer en la España del XVII, el destino, el libre albedrío, los enredos y engaños, las referencias mitológicas… En fin, Lope en estado puro.

Y para acercarse al autor, un capítulo de la serie El ministerio del tiempo, que algo aporta a la figura de Lope de Vega.

Tiempo de gloria

«Plutarquismo» machadiano

«Estos días azules
y este sol de la infancia»
Antonio Machado (Collioure, febrero de 1939)

Mañana, 22 de febrero, se cumplirán setenta y siete años de la muerte de Antonio Machado. Buen momento, pues, para recordarlo, aunque las modas de hoy no favorezcan su obra. También, creo, es oportuno recordar al hermano, a Manuel, pese a que las modas tampoco estén de su parte. ¿A favor de quién están las modas, caramba?

En 1971 Ricardo Gullón publicaba un libro esencial, Direcciones del Modernismo. En él, acababa el crítico con la artificial distinción entre Modernismo y Generación o Grupo del 98. Cuarenta y cinco años después —¡Ay, el tiempo!— los libros de texto al uso siguen abordando la cuestión como si de dos fenómenos perfectamente distinguibles se tratase. Es luchar contra molinos de viento. Incluso quienes estamos convencidos de que 98 y Modernismo son la misma cosa acabamos traicionándonos y dedicándoles espacios separados en nuestras humildes aportaciones, cuando debiéramos armarnos para la batalla y tratar el periodo como lo que es, la contribución hispánica a la crisis que puso fin al siglo XIX y abrió las puertas del XX. Nada más y nada menos. Pero no, seguimos erre que erre con el esteticismo modernista y la reflexión noventayochista; con la brillantez verbal de unos y la sobriedad de los otros; con la tendencia a la evasión de los primeros y el compromiso de los segundos. Relegamos constantemente lo que tienen en común, así como los matices y evoluciones personales que niegan tozudamente la existencia de un Modernismo enfrentado a un Grupo del 98.

El caso es que en un panorama divulgador tan simplificador, los hermanos Machado suelen emplearse como un argumento de primer orden para sancionar la diferencia. Manuel es el poeta del Modernismo, esteticista, frívolo, tendente a la evasión en cuanto puede, ideológicamente conservador; Antonio, en cambio, es el hombre del 98, sobrio y reflexivo, comprometido y progresista. «El mundo está bien hecho», que diría Jorge Guillén: dos hermanos nacidos con un año de diferencia; dos poetas que representan los dos movimientos de principios de siglo. Asunto resuelto. Pasemos a otro tema, que queda mucho contenido por delante y poco tiempo.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas, obviamente. Una lectura superficial de sus poemas puede sembrar muchas dudas en nuestro planteamiento. Resulta que en la obra de ambos escritores pueden encontrarse las mismas influencias (Bécquer, Verlaine, el flamenco, Rubén), unos temas equivalentes (Andalucía, Castilla, la melancolía y soledad), algún proyecto común (las obras teatrales escritas mano a mano), incluso el tratamiento de los mismos subgéneros líricos (el retrato modernista, la saeta flamenca). Es más, si atendemos a sus biografías podría comprobarse cómo los dos hermanos compartieron experiencias similares (la Institución Libre de Enseñanza, viajes a París, vida bohemia, serenidad vital tras el matrimonio, impacto de los azares de la guerra civil). Dejaré a continuación un esquema a modo de resumen:

Los hermanos Machado: vidas (no tan) paralelas

A la luz de estas coincidencias podríamos recuperar el ejemplo de Plutarco y trazar unas vidas paralelas de los hermanos Machado. Evidentemente, en ese recorrido encontraríamos diferencias de tono, distintas ópticas desde las cuales ambos poetas se enfrentaron a una columna vertebral de cuestiones comunes. Pero quizás la principal diferencia la dejase escrita Manuel en un certero poema sobre sí mismo que poco tiene que ver con la adscripción a un determinado movimiento artístico:

Sensual, epicúreo, decadente
-amigo de gozar y «divertirse»,
como dice la gente-
he sabido poner en la alegría
el ajenjo de la melancolía,
y sé también sufrir alegremente.
Y… nada más. En mi conciencia inquieta
vigila el Bien. Espero,
sin saber qué. Y, en tanto,
me anego en risa, disimulo el llanto…
Y voy viviendo, mientras no me muero.

Con la intención de adentrarme en las coincidencias y diferencias vitales y creativas de los hermanos Machado, preparé hace algún tiempo una presentación Prezi para apoyar unas charlas que puede resultar útil. Se recorre en ella la vida de los autores y, sobre todo, se incluyen poemas; porque fundamentalmente debiera tratarse de eso, de leer sin ideas preconcebidas. La dejo a continuación.

Machado_paralelos

 

 

Salir en los papeles

Huye_VargasEsa sensación de ser único que en ocasiones nos asalta se diluye cuando nos vemos retratados en un párrafo ajeno. Buena cura de humildad. Muy recomendable. Quizás el único problema que plantea la terapia especular radique en la falta de empatía con el personaje de ficción en quien podemos vernos reflejado. Pero es riesgo que debe correrse, si de mantener la cordura se trata.

Pedanteces aparte. El caso es que mi esposa —que me quiere— afirma haberme visto en una novela. Bueno, no a mí en cuerpo y alma, sino a una de esas cosas que me pasan y que, incluso, me «definen como persona», me ha dicho con mirada maliciosa pendiente aún de valoración. Al parecer, estoy en un párrafo de Huye rápido, vete lejos, de Fred Vargas. Lo pongo, pues.

Aquello no lo había cogido por sorpresa. Joss comprendía desde hacía tiempo que las cosas están dotadas de una vida secreta y perniciosa. el mundo de las cosas estaba evidentemente repleto de una energía completamente concentrada en joder al hombre, a excepción quizás de algunas piezas del casco que no lo habían agredido nunca, según su memoria de marino bretón. El más mínimo error de manipulación provocaba a menudo toda una serie de calamidades en cadena, que podían ir del incidente desagradable a la tragedia, al ofrecerle a la cosa una libertad repentina, por mínima que fuese. El tapón que se escapa de los dedos constituye, en menor grado, un modelo básico. Porque un tapón suelto no viene rodando hasta los pies del hombre en modo alguno. Se ovilla tras la cocina, malamente, en busca de inaccesibilidad, como la araña, y desencadena para su depredador, el Hombre, una sucesión de pruebas variables: desplazamiento de la cocina, rotura del tubo de enganche, caída de utensilios, quemaduras. El caso de esta mañana había procedido de un desencadenamiento más complejo, inaugurado por un error benigno de lanzamiento que había provocado el debilitamiento de la bolsa de la basura, desplome lateral y desparramamiento del filtro del café por el suelo. así es como las cosas, animadas por un sentimiento de venganza legítimamente provocado por su condición de esclavas, consiguen a su vez, en momentos breves pero intensos, someter al hombre a su poder latente, hacen que se retuerza y se arrastre como un perro, y no se apiadan ni de mujeres ni de niños. No, Joss no confiaría en las cosas por nada en el mundo, como tampoco confiaba en los hombres ni en la mar. Las primeras os roban la razón, los segundos, el alma y la tercera, la vida.

Fred Vargas: Huye rápido, vete lejos. Siruela.

El yo y las cosas: la historia de mi vida… y de Joss, el marinero bretón que, en dique seco, se gana la vida de pregonero en París. ¿Es raro, verdad? Pues así son las novelas de la francesa Fred Vargas: novelas policiacas protagonizadas por un detective extraño, como solamente puede serlo un francés. Adamsberg se llama y viene acompañado de otros personajes de hondo calado: un inspector de memoria sideral que sirve de contrapunto a su desmemoriado e intuitivo jefe, una muchacha capaz de cualquier cosa, tres evangelistas —uno orientado hacia lo medieval, otro hacia lo prehistórico y otro hacia la I Guerra Mundial— que habitan un edificio junto a un viejo policía. También hay un gato y un sapo. Y más gente. Algunos buenos, otros malos; casi todos peculiares y «fronterizos». Pero no esperen investigaciones al uso. Acomódense en el sillón y prepárense para sumergirse en la historia y sus digresiones. Una cosa lleva a otra. Al final, es posible que se resuelva «el caso»; pero eso es lo de menos ya. Por supuesto, también es posible que se vean reflejados en algunas páginas o párrafos, en cuyo caso espero que sea para bien. Si no es así, siempre podrán volver a contemplarse en el espejo del baño y pensar que el mundo gira a su alrededor y que aquello que les sucede es algo único e intransferible.

Hace cien años…

En febrero de 1916 comenzó la batalla de Verdún, una de las más cruentas de la I Guerra Mundial: lodazal, trincheras, obcecación, muerte y hambre, pie de trinchera. La efemérides me da pie para recuperar un breve artículo que publiqué en 2014 en la revista Nebrija Digital, de la extinta Asociación Andaluza de Profesores de Español «Elio Antonio de Nebrija». En él repasaba el impacto de la I Guerra Mundial en las letras de aquellos años y quizás aún pueda ser de interés para alguien. Pulsen sobre el siguiente enlace, si es así:

1914: guerra de palabras.

Además de la importancia histórica, vivencial y literaria, la batalla de Verdún es también el marco en el que surgió una expresión de largo recorrido posterior. Se suele atribuir al general francés Robert Nivelle la acuñación del grito «¡No pasarán!», que después figurará en carteles propagandísticos franceses en la forma «On ne passe pas!»:

On_Ne_Passe_Pas_1918

Y ya en la II Guerra Mundial será el lema que los soldados galos destinados en la Línea Maginot portarán en las placas de sus uniformes.

Fuera de las fronteras francesas sabemos que el grito también ha triunfado. Nuestra Dolores Ibarruri lo pronunció en el discurso de arenga a los resistentes del Madrid sitiado durante la Guerra Civil Española y pronto se convirtió en emblema de la resistencia, como lo demuestra la siguiente fotografía tomada en 1937:

¡No_pasarán!_Madrid

El lema «¡No pasarán!» se convirtió pronto en núcleo significativo de mucha de la cartelería propagandística de la guerra, como se ve en el siguiente cartel de Ramón Puyol.

Ramón Puyol 1029 1937 100 X 70 Barcelona

Como no podía ser de otra manera, el bando franquista respondió al lema de Ibarruri, y lo hizo con un chotis interpretado por Celia Gámez:

Desde entonces, el lema ha sido empleado por distintos autores, especialmente por aquellos que se sitúan ideológicamente más hacia la izquierda política. Así puede encontrarse en una canción del nicaragüense Carlos Mejía Godoy…

… O en otra del grupo español Reincidentes:

 

Verano de 1843

De Historias fingidas,
obra original en prosa escrita por el agente de aduanas
José Simón González de la Serra y Villa
en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla.

Nota del editor

No se conoce la fecha exacta en que González de la Serra (1819-1902) compuso los textos que conforman sus Historias fingidas, aunque todo apunta a que fueron escritos a lo largo de su vida, a modo de reflexión sobre algún episodio vivido o como medio para combatir las nubes de la memoria que, según indican los testimonios de quienes lo conocieron, empañaron sus últimos años de existencia. Sea como fuere, lo cierto es que cada una de las breves narraciones incorporadas en la obra debió ser escrita en épocas diferentes, si nos dejamos llevar por la distinta naturaleza de las mismas y las peculiaridades del lenguaje y modalidad formal que presentan.

En el caso concreto del texto que nos ocupa, todo apunta a que la redacción pudo realizarse en los primeros meses de 1897. La razón de fechar tan concretamente el texto no deriva del contenido abordado, sino de la presencia entre las páginas de un recorte del Noticiero Sevillano del viernes 8 de enero de 1827 donde se da cuenta de los efectos del temporal que azotó la ciudad en esos días y en el que se encuentra rodeado con trazo de tinta apresurado una nota sobre la inundación en la Puerta de Carmona y la referencia «El lugar donde cayó Vicente. ¡Cuánto tiempo ya!». Es de creer que el impacto de la riada en un hombre senil despertase los mecanismos de la memoria y deseara recomponer un episodio olvidado de su existencia.

Por otra parte, se reproduce este relato sobre los acontecimientos de 1843 porque pueden observarse en él importantes diferencias con el tono general de la obra. La primera que salta a la vista es que el autor ha renunciado al uso del habitual narrador en tercera persona al que nos tiene acostumbrado. En esta ocasión, la narración se realiza en primerísima persona, pues el yo presente no se sitúa como mero testigo de los hechos, sino como partícipe de ellos, aunque en un discreto segundo plano que, en ocasiones, pasa a ocupar mayor protagonismo. Resulta curiosa, también, la presencia de un receptor implícito en el relato, un personaje silente e incorpóreo a quien se dirige la narración y del que esperamos una intervención en algún momento que nunca llega a producirse. Este esquema narrativo nunca había sido empleado por González de la Serra y resulta bastante moderno, si se tiene en cuenta la fecha en que probablemente se redactó la historia. La narrativa del siglo XX nos ofrece abundantes ejemplos del procedimiento —recordemos, sin ir más lejos, el espléndido relato «Acuérdate», del mexicano Juan Rulfo—; pero a fines del XIX era un uso aún lejano en nuestras letras y el lector fiel al contexto creativo no puede sino esperar la irrupción de quien escucha tan larga perorata.

La segunda «rareza» que hace destacar la historia de Vicente, el talabartero, es, precisamente, la ausencia de «rareza». Las restantes narraciones de Historias fingidas incorporan siempre un elemento sobrenatural o fantástico, algo que no es explicable desde los presupuestos realistas. No obstante, nada hay en «Verano de 1843» que no pueda ser justificable. Sí falta información, claro está; pero el lector puede aventurar una o varias hipótesis verosímiles que hagan razonable el comportamiento de los actores del relato.

Salvando las peculiaridades indicadas, el relato que se presenta a continuación responde a las líneas dominantes de Historias fingidas. Figuran en la historia el habitual trazado urbano de la ciudad del ochocientos —en esta ocasión circunscrito a las zonas norte y este de la ciudad de entonces—, así como un marco histórico de los acontecimientos que responde verazmente a unos hechos comprobables: el bombardeo de Sevilla de julio de 1843 llevado a cabo por Antonio Van Halen Garci y Baldomero Espartero. El autor renuncia, como en otros relatos, a profundizar en el hecho histórico, empleado solamente como encuadre del comportamiento y la vida de los personajes, para centrarse en el recorrido vital del protagonista, que es ofrecido de manera sucinta y con notable escasez de datos biográficos y físicos.

Probablemente no sea «Verano de 1843» uno de los relatos mejor acabados de la obra, aunque a nuestro juicio presenta el interés de ocuparse de algunos de los seres corrientes que conformaban la caleidoscópica sociedad sevillana de mediados del siglo XIX, sometida no sólo al fuego de la artillería, sino también a la obsesión por ascender socialmente desde la nada.

JMGS

Defensa_de_la_barricada_de_la_calle_Sevilla_(Segunda_parte_de_la_Guerra_Civil._Anales_desde_1843_hasta_el_fallecimiento_de_don_Alfonso_XII)

Verano de 1843

No sé si te acuerdas del talabartero de aquí mismo, de la Feria. Sí, hombre, que tenía la tienda un poco más allá de la quincallería del asturiano. Era un hombre corto de estatura y arrastraba un poco la pierna izquierda. Por eso se libró de entrar en quintas y pudo continuar ayudando en los coloniales del padre. Tienes que recordarlo, hombre, que no ha pasado tanto tiempo. La mujer era una morena guapa, algo entrada en carnes, que se paseaba arriba y abajo de la calle envuelta en un pañolón largo hasta la rabadilla. Cargaba siempre con dos chiquillos, uno sucio y harapiento, y otro pequeño y llorón que le duró poco, lo que quisieron unas malas fiebres que le entraron por derecho. ¡Ay, el talabartero! Desde zagal lo conocía. Corríamos como diablos por los alrededores del mercado, inventando mil trapacerías en una competición secreta. Un día, el muy canalla se coló en el convento del Espíritu Santo, no me preguntes cómo, y arrambló con un saco repleto de magdalenas, rosquillas de vino, buñuelos de azúcar, pan de leche y qué sé yo más. Pero lo mejor fue el hábito completo con que se presentó ante nosotros y que las pobres monjas habían puesto a secar en el patio trasero. Imagino los gritos que darían las urracas cuando lo vieron trepar por la tapia, con el saco de viandas terciado en la espalda y el ropón de monja colgado del brazo. Debieron reconocerlo, porque al llegar a casa esa noche el padre lo recibió a correazos, me dijo. Lo menos veinte le propinó, los suficientes para sacarle a tiras el pellejo de la espalda y tenerlo en cama casi una semana. Después de aquello ya no volvió a ser el mismo. Cuando lo veíamos por la calle abreviaba el paso y hundía la cabeza entre los hombros. En ocasiones conseguíamos cercarlo en una esquina apartada de San Basilio o en la trasera de Omnium Sanctorum, donde ni su padre ni gente conocida pudiera vernos, y le preguntábamos por el hábito robado, por su ausencia, por su extraño comportamiento. Nos miraba entonces con tristeza y decía tener prisa, porque lo esperaban en el puesto del mercado o tenía que llevar mantequilla a una casa respetable de la calle Arguijo. Continuaba su camino mientras le gritábamos picardías e improperios. Pronto comprendimos que lo mismo que a él le sucedía nos había de acontecer a todos. Ya no éramos unos niños corretones criados al amor de la calle y los padres comenzaron a reclamarnos más y más. Había que echar una mano a la familia y labrarse un futuro. Yo tuve suerte, puesto que por intercesión de un conocido de mi padre pude entrar al servicio del notario González de Andía, el de la plaza de San Juan de la Palma. Otros compañeros de aventuras, en cambio, hubieron de conformarse con labores de carga en el mercado y volvían a casa sucios de sangre de cerdo, malolientes, con los ojos empañados por la rabia. El talabartero del que te hablo, Vicente Herrera se llamaba, al menos tuvo la suerte de deslomarse por lo que ya era suyo, en vez de trabajar como un animal hasta el momento de servir a la patria. Ni Vicente ni yo tuvimos que pasar por el regimiento: él gracias a su cojera; yo por la fortuna de estar empleado con un hombre de bien que arregló no sé qué papeles para dejarme libre de cargas militares. Así que pudimos continuar con nuestras vidas. Vicente se había casado por aquel tiempo y la mujer estaba a preñada de su primer hijo. Vamos, como para que hubiera tenido el pobre que incorporarse a la infantería y lo hubieran enviado a Ceuta a que le pegaran tiros los de las cabilas. Cierto es que alguien tenía que ir; pero la ciudad estaba llena de muchachos sin oficio ni beneficio deseosos de construirse un futuro. ¡Qué locura la juventud! En esos años el talabartero hablaba mucho de política. ¿No te acuerdas del verano del 43? Claro, hombre de Dios, cuando la revuelta contra Espartero. Ahora que ya peinamos canas vemos aquello como una estafa más de las muchas que hemos sufridos los españoles; no obstante, al calor de los acontecimientos realmente creíamos que los liberales y la reina niña iban a sacarnos de la miseria económica y moral en que nos enfangábamos. Muchos fuimos a vitorear la Constitución el 11 de junio y algunos cayeron bajo los cascos de los caballos. Mi notario estuvo desde el principio del lado del consistorio, participando —y yo con él— en las tareas de defensa de la ciudad, porque nadie dudaba de que Espartero no toleraría que Sevilla se le enfrentase y aplicaría contra la capital la misma receta empleada contra Barcelona el año anterior. Durante el tiempo que duró la revuelta charlé a menudo con Vicente. Ambos teníamos miedo del curso que tomaban los acontecimientos, sobre todo desde el momento en que nos enteramos de la llegada de Van Halen a Alcalá a principios de julio. Teníamos mucho, muchísimo, que perder: una familia casi recién estrenada, en su caso; un trabajo que me había permitido estudiar leyes y establecer un círculo de amistades prometedoras, en el mío. Ya no éramos niños ni jóvenes; sino ciudadanos honrados que habían logrado sepultar sus orígenes quincalleros, de mozos de cuerda, artesanos de manos sucias y mujerucas que cantan sus penas de un balcón a otro de la calle Feria. La apuesta liberal y los derechos conculcados de la reina nos enardecían, qué duda cabe; aunque no tanto como para poner en riesgo las bendiciones del destino. Ese fue el motivo de que en los primeros días de julio, cuando la cosa se puso realmente fea, Vicente y yo dejásemos de asistir a reuniones subversivas y pasásemos de puntillas por lo corros que surgían espontáneamente en plena calle. Pero no era posible mantenerse al margen por completo. El 17 de julio, recuerdo que bebíamos vino en un tascón de la judería cuando se empezaron a escuchar vítores y estallido de salvas. Nos acercamos junto con otros parroquianos hasta la misma Puerta de Carmona, por donde desfilaba la columna del brigadier Moriones que al día siguiente combatiría bravamente en la Cruz del Campo contra la caballería de Van Halen. No sé si fue el vino o la exaltación revolucionaria, pero Vicente y yo participamos esa jornada en las tareas de defensa arrimando sacos terreros para proteger las naves de San Bernardo y la fábrica de cañones. Ya no vi a mi amigo el talabartero hasta seis días después, tumbado cara al cielo, en la calle San Esteban, con las piernas cortadas por una maldita bala rasa y el resto del cuerpo destrozado por esquirlas de metralla y lascas de ladrillo. No tenía rostro, el pobre Vicente, porque un balcón herido por un obús había caído sobre su cabeza. Según informaron los testigos del hecho, ya estaba muerto al ser sepultado por los escombros. ¿Te preguntarás cómo supe de su muerte en el maremagnum de aquel día? Lo cierto es que fue algo extraño. Poco antes de encontrarme con su cadáver, la esposa se había presentado en el gabinete del notario para solicitar mi ayuda: «Yo sé que usted tiene mano. Mi Vicente me tenía dicho que si alguna vez le ocurría algo que lo buscase a usted, porque eran conocidos de la infancia». Así me enteré de su muerte, pero no me preguntes cómo lo hizo la esposa. Al caer la tarde acompañé a la viuda hasta la Puerta de Carmona, pasamos el cordón de seguridad de las milicias gracias a una esquela que me entregó González de Andía y accedimos a la embocadura de la calle donde hacía varias horas que el bueno del talabartero dormía el sueño de los justos. Se oía el ruido sordo de los impactos de los obuses, gritos histéricos, maldiciones, llantos. Apremiados por un cabo de carabineros, cargamos el cuerpo del desdichado en un carro y nos alejamos de la línea de bombardeo. La mujer no derramó una lágrima y solamente repetía una y otra vez que le había pedido que no saliera hoy de casa. Vicente murió como uno más de los cientos que cayeron aquella tarde de julio del 43, verdaderos héroes que hicieron posible el destierro de Espartero; aunque de poco sirvió, que ya sabemos cómo el personaje no ha dejado de ser santo y seña de este país nuestro, pese a bombardearlo y masacrarlo a voluntad. El caso es que te cuento toda esta historia porque hará una semana se presentó Vicente Herrera en mi despacho. Sí, el mismo talabartero que di por muerto en julio de 1843. Venía acompañado de una mujer negra, grande, y de tres críos del color del chocolate que parloteaban sin parar en una lengua rítmica capaz de alegrar la más triste de las conversaciones. Aunque estaba viejo, como yo mismo me veo cada mañana en el espejo, con el rostro surcado de arrugas, no me cupo la menor duda de quién era. Así lo atestigüé en el documento que me solicitaba para hacer valer sus derechos de herencia. No quiso el hombre contarme su historia ni falta que hacía, pues los signos visibles dejaban bien a las claras lo vivido. Sin embargo, he de reconocer que me reconcome el deseo de conocer las razones por las que desapareció sin más en 1843, por las que abandonó a mujer e hijos para lanzarse a la aventura caribeña. No soy chismoso y me niego a adentrarme en vidas ajenas, sobre todo cuando nada ha de cambiar por conocer las motivaciones que llevan a los seres humanos a dar un giro brutal a sus existencias. Tan sólo me dijo que había vuelto por lo que era suyo, ahora que el malhombre de su padre yacía enterrado y que Florentina, su hermana pequeña, había profesado en el convento de Santa Inés. Ni una palabra escuché sobre la esposa que había recogido el cuerpo de Dios sabe quién aquella tarde de julio de 1843. ¿Sabes lo que te digo? Que me alegro de no saber, amigo. Mejor es no revolver demasiado las cosas de otro tiempo.